Opinión | El ruido y la furia
El fantasma
Un testimonio que revive el miedo franquista y alerta sobre el regreso del fantasma del autoritarismo en las nuevas generaciones

Acto en el cementerio de Mingorrubio, donde se encuentran los restos de Francisco Franco, en recuerdo del 50 aniversario de la muerte del dictador. / José Luis Roca
Sí, sí, yo también recuerdo aquel día, aquella primera mañana de España sin Franco. Sin saber muy bien aún qué era España, yo ya sabía quién, qué era Franco. Era, sencillamente, el hombre que estaba detrás del miedo.
A mis nueve años cumplidos, sin edad para saber, desgraciadamente ya sabía. Recuerdo nítidamente aquel momento en el portal de mi casa, aquella mañana extraña de asueto, un niño diciendo: «No hay colegio porque se ha muerto Franco», y yo alegrándome. Y recuerdo que otro, hijo de un policía, me reconvino: «Si te escucha mi padre te mete en la cárcel». Y otra vez el miedo franquista.
Pero cómo no iba a alegrarme. A esa edad yo ya había visto llegar a la policía franquista a mi casa y ponerla patas arriba buscando la propaganda que mi madre había quemado un rato antes con mi ayuda: «Juanito, corre, trae esos papeles, de prisa». A esa edad había visto a mi madre ir a la cárcel a ver a mi hermano, preso por organizar una huelga de albañiles. A esa edad había visto cómo llegaban buscando a Pepi, una de las amigas de mi hermano. Por suerte Pepi se había ido diez minutos antes y mi hermano, al que mi padre sacó bajo fianza empeñándose hasta los ojos, había huido y «estaba escondido», no sabíamos dónde (luego supe que en Barcelona, en casa de Jordi Solé Tura, quien acabaría siendo ministro de Cultura). Solé Tura era de ‘Bandera roja’, un ‘banderolo’, como mi hermano, que también era de Comisiones Obreras. ‘Bandera roja’ se disolvió, Pepi y mi hermano ya no están, pero queda su memoria para siempre en mi memoria. Y queda, también, el fantasma del franquismo.
Franco no es una reminiscencia, aunque debería serlo, unos capítulos en los libros de historia, algo cercano al olvido. Pero no lo es. Es un fantasma histórico, un espectro que sobrevuela nuestras vidas de tanto en tanto, que se aparece reencarnado ahora en el imaginario equivocado, desinformado, de esos jóvenes que, de pronto, ven admisible su dictadura y se declaran convencidos de que un poco de mano dura, un poco de autoritarismo, sería bueno en algunas ocasiones. Los nietos de aquellos que con valentía se jugaron el tipo por la libertad democrática cumplen el axioma de Erich Fromm y están dispuestos a entregarla con el mismo, idéntico entusiasmo, a cambio de nada.
Nunca pensé que acabaría, aterido, escribiendo de estas cosas, contando estas historias que no había contado por escrito. Nunca pensé que sería necesario volver a defender la libertad, lo evidente, lo que no debería tener más vuelta de hoja, la igualdad, la consecuente fraternidad. Nunca pensé que realmente existieran los fantasmas del pasado y que pudieran, cincuenta años después, seguir dando tanto miedo.
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