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Opinión | Tribuna

Tentarse la ropa

A uno se le abren las carnes pensando cuántos errores hubiéranse evitado de contar en el pasado con políticos llenos de sabiduría práctica -en griego ‘frónesis’- incapaces de tomar una decisión

Byung-Chul Han.

Byung-Chul Han. / agencias

El premio Princesa de Asturias de Humanidades ha recaído este año en el filósofo surcoreano Byung-Chul Han que, en su discurso de agradecimiento, comparó su trabajo de crítica social con el que Sócrates ejerció en la Atenas de su tiempo: espolearla como si se tratase de un caballo hermoso y corpulento pero, por esto mismo, poco dispuesto a correr.

Lástima que su intervención no hubiese durado algo más; nos hubiéramos enterado de por qué Sócrates acabó como acabó. Resulta que su amigo Querefonte acudió al templo de Apolo en Delfos y, a través de la médium, preguntó al dios si había en Atenas un hombre más sabio que Sócrates. Como la respuesta fuera negativa se le planteó a éste un curioso dilema: «Si el dios no puede engañar y por otra parte yo no tengo conciencia de ser sabio ¿qué puede significar este enigma?» «Y pasé mucho tiempo –sigue– sin conocer el sentido de las palabras del dios. Finalmente, me dediqué a descifrarlo del siguiente modo, muy a pesar mío».

«A pesar mío», dice, porque lo que se le ocurrió fue nada menos que entrevistar a políticos, artistas y artesanos, a todos cuantos eran tenidos o se tenían por sabios, y siempre se retiraba pensando para sus adentros: «yo soy más sabio que este hombre; es posible que ninguno de los dos sepamos cosa que valga la pena, pero él cree que sabe algo pese a no saberlo, mientras que yo, ni sé ni me lo creo».

Tanto interrogatorio «políticamente incorrecto» le malquistó con media Atenas, pero dejó resuelta la paradoja del dios en estos términos: «aquel de vosotros que haya caído en la cuenta de que no vale nada en lo tocante a sabiduría, es el más sabio».

Volviendo al laureado coreano: terminó éste sus palabras diciendo que toda sociedad necesita ser estimulada y criticada, «porque si no hay ese aguijón lo único que sucede es que siempre se repite lo mismo, y eso imposibilita el futuro». Y a uno se le abren las carnes pensando cuántos errores hubiéranse evitado de contar en el pasado con políticos con sabiduría práctica –en griego ‘frónesis’– incapaces de tomar una decisión (¿habrá que recordar el museo de los dólmenes, o el llamado palacio de muestras, o la estación de autobuses?), sin tentarse la ropa.

Hace dos mil quinientos años ya nos ponían en guardia contra las ocurrencias políticas, pues: «…sólo cuando se ha frecuentado durante largo tiempo un problema y cuando se ha convivido con él, brota repentinamente la verdad en el alma como de la chispa brota la luz» (Platón, carta VII).

¿Que ahora le toca a San Zoilo? Pues bien: convivid (plural) con el problema tanto tiempo como os sea necesario, pero ¡ojo al futuro!

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