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Opinión | La vida moderna merma

Franco 2025: marketing político para un dictador muerto

España vive un resurgir del franquismo como concepto pop. No el franquismo real sino una iconografía invertida alimentada por quienes, supuestamente, quieren evitar que eso vuelva.

Propaganda de la España franquista

Propaganda de la España franquista / L.O.

Hay escenas que, si uno las contempla desde lejos, podrían parecer casi parodias de sí mismas. Un «Viva Franco» pintarrajeado en una pared de Málaga coincidiendo con el 20-N del año 2025 es un fósil. Lo miras como quien observa un trasto viejo que nadie debería seguir escuchando salvo los muy nostálgicos de las bolas de alcanfor. Y, sin embargo, ahí está. No por su capacidad de provocar nada, sino por lo contrario. Porque su mera existencia demuestra que vivimos en un tiempo tan saturado de gestos simbólicos, de discursos vacíos y de dogmas oportunistas, que incluso los fantasmas vuelven cuando los invocan demasiado.

La pintada en sí no tiene importancia; lo relevante es lo que me hizo pensar. Y es que en Málaga, como en el resto de España, llevamos años contemplando un fenómeno que comienza a ser digno de estudio psiquiátrico colectivo: la capacidad de ciertos sectores políticos para resucitar problemas que o bien estaban enterrados o bien nunca existieron en el listado de grandes problemas con el fin de capitalizar un rédito que jamás llega. Y lo más llamativo es que no solo no logran su objetivo, sino que lo contrario: lo refuerzan.

Algo así como intentar apagar un fuego con gasolina porque en algún manual teórico pone que es lo correcto. Y los ejemplos abundan. Durante esta última década hemos asistido a una especie de campaña permanente y/o matraca constante sobre lenguaje inclusivo, las políticas de género, los conceptos reinventados, identidades performativas y demás fenómenos que, en teoría, venían a solucionar desigualdades ancestrales.

Y la realidad es que no ha resuelto absolutamente nada. Las mujeres siguen muriendo a manos de hombres en cifras insoportables; la desigualdad no se esfuma cambiando pronombres; y las legislaciones improvisadas, mal medidas y peor explicadas, han generado un rechazo creciente en sectores de la población que, en condiciones normales, apoyarían sin matices la igualdad real entre hombres y mujeres. Pero claro, cuando el problema se convierte en una bandera partidista y se usa como un martillo político y no como una causa moral, lo que se obtiene es hartazgo, recelo y distancia.

Y aquí viene la ironía: los aprovechados de siempre han conseguido el efecto contrario al pretendido. Lo que era una causa transversal se ha transformado en un campo de minas ideológico. Lo que debía unir, divide. Y lo que debería ser indiscutible se cuestiona porque demasiados han hecho negocio —político, económico y simbólico— del tema.

Lo mismo ocurre con el franquismo. Sí, el franquismo. Ese fantasma que parecía dormido en el fondo del museo de los horrores del siglo XX y que, de repente, se usa, se agita, se invoca y se exprime como si Franco estuviera vivo, afiliado a un club y pagando sus cuotas puntualmente.

Nunca pensé que tendría que escribir esto en 2025, pero aquí estamos: España vive un resurgir del franquismo como concepto pop. No el franquismo real —rudo, oscuro, gris, represivo— sino una especie de iconografía invertida alimentada por quienes, supuestamente, quieren evitar que eso vuelva.

Y así, entre unos que lo reivindican porque no les da la cabeza para más y otros que lo usan como arma arrojadiza diaria, han convertido a Franco en tendencia. Ni en sus mejores años —que fueron los peores de España— el dictador habría tenido una campaña de marketing más efectiva.

La paradoja es grotesca. El Gobierno central, obsesionado con encontrar franquistas debajo de cada alfombra, ha logrado lo impensable: crear empatía hacia el dictador entre quienes jamás la habían sentido. Y no porque la gente se haya vuelto loca o porque España esté al borde de un golpe de Estado, sino por algo mucho más simple: cuando al ciudadano medio le utilizas el franquismo como argumento para todo, cuando se le repite una y otra vez que el mal absoluto está escondido tras cada esquina, acaba desconectando. Y al desconectar, sucede algo aún más peligroso y es que banaliza. Si esto lo extrapoláramos al ámbito de la comunicación, podríamos decir, sin exagerar, que la mayor campaña publicitaria jamás realizada sobre la figura de Franco la ha pagado un partido democrático. Y es que han conseguido lo que ninguna asociación nostálgica, ningún grupúsculo residual y ningún revisionista de ultraderecha consiguió desde 1975: poner a Franco en la conversación diaria. Y claro, como este Gobierno genera rechazo en muchos ciudadanos, y usa el franquismo como referencia universal para demonizar al adversario, parte de la población ha llegado a un punto insólito: «Si éstos dicen que todo es franquismo… quizá Franco tampoco era tan terrible…». Es decir, se está abrazando un icono no por convicción, sino por reacción. El mundo al revés. El país que convierte al dictador en trending topic por exceso de uso.

Mientras tanto, en Málaga seguimos reinterpretando la historia con una amnesia selectiva bastante tierna. Quitamos calles porque llevan nombre de uno que pilotaba aviones de guerra de un bando, retiramos símbolos porque los suyos no eran los nuestros, eliminamos nombres de muertos porque es mejor no recordar que hace menos de un siglo —ayer por la tarde, históricamente hablando— en este país se mataban familias de parte y parte. Pero nada de eso ha servido para cerrar heridas.

De hecho, ni siquiera ha servido para comprenderlas.

España, siempre tan creativa, ha convertido al franquismo en contracultura.

Una muestra del fracaso absoluto de nuestra vida pública. Una prueba de que los extremos, cuando se necesitan, se retroalimentan hasta convertirse en caricaturas de sí mismos.

Quizá algún día entendamos que la mejor forma de dejar atrás el pasado es no usarlo como arma. Que la igualdad real no se alcanza con discursos prefabricados. Que el debate público necesita menos consignas y más verdad. Y mientras tanto, seguiremos encontrando pintadas de «Viva Franco». No porque el franquismo regrese, sino porque hay quien lo resucita para no tener que hablar de lo que importa de verdad. Y esa, lamentablemente, es la tragedia política de nuestros días. Viva Málaga.

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