Opinión | Mirando al abismo
El invierno
El aire pinza la piel con una humedad gélida que no recordabas, y la casa, que ayer era un refugio templado, hoy es una cueva que exige calor

Llegó por fin el frío / Eduardo Parra (EP)
Ha venido. No ha llamado a la puerta, no ha enviado un correo electrónico de aviso. Simplemente, una mañana cualquiera, te despiertas y el mundo ha cambiado. El aire pinza la piel con una humedad gélida que no recordabas, y la casa, que ayer era un refugio templado, hoy es una cueva que exige calor. Entonces empieza la carrera. La carrera de siempre: abrir el armario de lo invernal, esa cápsula del tiempo sellada en primavera con una fe quizás excesiva. Sacamos mantas que huelen a naftalina y recuerdos, buscamos a tientas esos calcetines gruesos que jurábamos haber dejado a mano, y rescatamos jerséis que, al probárnoslos, nos transportan a un yo del año pasado.
Este cambio de armario a toda prisa, casi un rito forzado, es la primera batalla contra lo inevitable. Siempre nos pilla desprevenidos. Aunque el calendario advierta del declive del otoño, nosotros, aferrados a la inercia del sol y las mangas cortas, nos resistimos a creerlo. Hasta que el frío se impone, tozudo y soberano, y nos obliga a reorganizar no solo las perchas, sino también el ánimo.
Y es en este punto de resignación y abrigo reconfortante donde, para mí, el frío revela su verdadero significado. No es un mero descenso térmico, es el heraldo de un nuevo año. Llegue en noviembre o se retrase hasta enero, su llegada marca un fin y, sobre todo, un comienzo. Tras el jaleo de buscar la ropa de invierno, se instala una calma peculiar. El mundo exterior se ralentiza, los días se acortan y la luz se hace más íntima. Es como si la naturaleza nos obligara a entrar en casa, no solo en la de cuatro paredes, sino en la de nosotros mismos.
Esta es la gran lección del frío: ordena a su manera la vida de los hombres. Mientras el calor determina una ruta extrovertida, de terrazas, ruido y cuerpos al descubierto, el frío traza un camino interior. Nos invita al recogimiento, a la sobremesa larga, a la lectura junto a la ventana por la que se ve llover. Es una época para la introspección, para hacer balance en la quietud.
Por eso, gracias al frío, se puede empezar un ciclo nuevo. Es el momento perfecto para superar las pérdidas del año que se apaga. El frío, en su crudeza, nos enseña a soltar lo que ya no nos abriga, a aceptar que algunas cosas deben quedarse atrás, congeladas en el pasado. Y, acto seguido, nos brinda la oportunidad de pasar a limpio la cuenta de lo pendiente. Es la estación de los proyectos germinando en silencio, de las semillas que aguardan bajo la tierra. Con una manta sobre las rodillas y una taza caliente entre las manos, el futuro se planea con más serenidad, con más honestidad.
Así que, bienvenido sea este frío que llega sin avisar. Bienvenida la prisa por encontrar el jersey grueso, porque es el prólogo necesario de la calma. Bienvenida esta pausa obligada que nos fuerza a mirar hacia adentro y a ordenar nuestros inviernos personales, a poner en su lugar las derrotas y a encontrar las ganas de afrontar otro año.
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