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Opinión | Tribuna

Liliana Arroyo

La otra cara del emprendimiento juvenil

El emprendimiento no es solo una opción profesional, sino una estrategia identitaria: una manera de dar sentido a la propia existencia en medio de un mundo líquido, acelerado e hipercompetitivo

Ambiente en el FYFN, el evento para ‘startups’ y emprendedores del Mobile World Congress

Ambiente en el FYFN, el evento para ‘startups’ y emprendedores del Mobile World Congress / Ferran Nadeu

Me admira el empuje de las generaciones que suben. Han crecido en un mundo donde las oportunidades parecen escasas, el futuro laboral es incierto y el proyecto de emancipación, truncado. Ante este horizonte, muchos jóvenes no esperan encontrar un trabajo: se lo inventan. Es la segunda vuelta de la mirada posmoderna: el sistema no los acoge y ellos ya no lo ven. Allá donde había un mercado laboral y un Estado del bienestar que prometían estabilidad y seguridad, ahora solo hay una carrera individual: trayectorias ascendentes, donde el valor ya no viene del reconocimiento colectivo sino de la marca personal. En este escenario, el emprendimiento no es solo una opción profesional, sino una estrategia identitaria: una manera de dar sentido a la propia existencia en medio de un mundo líquido, acelerado e hipercompetitivo.

Me admira también la asunción de que cualquier idea o necesidad puede ser proyecto. De alguna forma, han interiorizado que emprender es una manera de dar respuesta a sus necesidades, y en algunos casos quizás la consideran única. A menudo se dice que la juventud es la caja de resonancia del sistema. Me pregunto si es una de las derivadas del discurso neoliberal predominante, amplificado por las plataformas digitales habituales, que riegan la idea de las personas hechas a sí mismas. La combinación de marca personal, épica del esfuerzo y visibilidad configura un imaginario donde el éxito es individual y público a la vez. En las redes, entre tutoriales de autoayuda, historias de superación y reels motivacionales, se alimenta el gusanillo de la heroicidad emprendedora.

Con los datos en la mano, a un 40% de la población entre 15 y 34 años le gustaría montar su propio negocio. Según la encuesta de juventud más reciente (2022), las trabas son el riesgo que comporta, la carencia de habilidades o el acceso a la financiación. Las diferencias de género son notables (45% de chicos se plantean emprender, respecto al 36% de chicas). La franja de edad más atrevida es la de los 15 a los 19 años, y territorialmente destacan las comarcas gerundenses (45%) y la Catalunya Central (43%). El área metropolitana queda en tercer lugar, con un 41%.

Esta diferencia puede explicarse por factores sociológicos y económicos. Por un lado, las zonas más pequeñas o con un tejido productivo diverso y flexible tienden a fomentar el autoempleo, donde emprender se asocia a la continuidad de negocios familiares o a la creación de proyectos arraigados en el territorio. Del otro, en el área metropolitana, la densidad institucional y empresarial puede hacer que la idea de emprender se viva como un proyecto más exigente, a menudo asociado al ámbito tecnológico o corporativo, en forma de startup digital.

En síntesis, la voluntad de emprender crece donde las redes comunitarias apoyan la iniciativa, mientras que en entornos urbanos saturados y jerárquicos predomina una visión instrumental y estratégica del emprendimiento. Los datos del Observatori del Traball muestran hasta qué punto la precariedad, la rotación constante y la escasez de oportunidades estables configuran el mercado laboral juvenil. En este contexto, el emprendimiento emerge como una alternativa natural: una vía para recuperar la autonomía e imaginar un futuro propio allí donde el sistema no ofrece.

Me admira el empuje y me preocupan los datos sobre la forma desigual cómo se distribuye la posibilidad de emprender. Pero, sobre todo, me preocupan los relatos. Más allá del lenguaje de la autorrealización y de la construcción del propio futuro, emergen dos vías muy diferentes: emprender para transformar el mundo o emprender para conquistarlo.

De nuevo, hay una fractura de género evidente. Los referentes del héroe unicórnico continúan asociados a perfiles masculinos, individualistas y competitivos, mientras que la voluntad de mejorar el mundo resuena más entre proyectos corales y liderazgos femeninos, arraigados en el territorio o con vocación comunitaria. Dejemos de alimentar los mitos de los genios solitarios para fomentar proyectos de propósito compartido. Que cada proyecto sea una apuesta sobre el mundo que queremos.

Tendríamos que empezar a explicarles que el futuro no depende tanto de las ideas que generamos, sino de cómo decidimos cuidarlas, con quienes las hacemos crecer. Que emprender puede ser una manera de querer al mundo, si el objetivo no es destacar, sino hacerlo más habitable para todos.

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