Opinión | Tribuna
El chivo expiatorio de la juventud
Antes con un salario medio se podía alquilar un piso, formar un hogar y pensar en el futuro. Hoy ya no es así
Lo que suele ocupar y preocupar a la ciudadanía son los factores y retos que en positivo o negativo pueden afectar a nuestros contextos personales, familiares, económicos, sociales, cívicos, culturales, políticos. Y lo relevante es que tal índice de inquietud se concentra en porcentaje más significativo entre los segmentos medios/bajos de la sociedad porque implica el abandono casi definitivo de los estudios; y no tanto entre los segmentos sociales altos cuyo fracaso suele suponer un cambio radical. Se ha puesto de moda decir que los jóvenes ya no se esfuerzan, que no tienen aspiraciones y que solo piensan en un futuro fácil. Es el nuevo lugar común de tertulias y sobremesas. Pero culpar a la juventud no solo es erróneo, sino que sirve para evitar preguntarnos por el modelo social que entre todos hemos construido.
En la época de los «buenos tiempos», la educación y formación no inquietaba. El boom turístico e inmobiliario demandaba mano de obra intensiva cualificada o no. El acceso al trabajo era fácil; los salarios eran relativamente satisfactorios (se hacía referencia, con desprecio, a los mileuristas); era posible para los jóvenes independizarse de sus familias a través de acceso fácil a las hipotecas y a los créditos. Pero en 2007-2008, el cuento de hadas se esfumó. La actividad económica entra en crisis, el paro se convierte en norma, las entidades financieras cierran el grifo al crédito. El paro juvenil oscila entorno al 40%; un salario de mil euros es un éxito no frecuente; la emancipación es una utopía.
En torno al 2016-2019, se produjo una reactivación de la actividad turística, pero sin cambiar el modelo productivo. Actividad intensiva en los meses de temporada alta, con algunas iniciativas de prolongación, en base a cifras millonarias de clientes. La contratación del personal era (y sigue siendo) intensiva e inestable. Pero, a su vez, comienza a coger cierta relevancia la necesidad de formación y capacitación para obtener un puesto de trabajo menos inestable. ¿Una buena formación mejora las posibilidades de encontrar un puesto de trabajo?
Porque antes con un salario medio se podía alquilar un piso, formar un hogar y pensar en el futuro. Hoy ya no es así. En Baleares, para que una persona joven pueda alquilar un piso en solitario tendría que gastar en torno a un 120% de su sueldo. La tasa de emancipación juvenil ronda el 15% y el resto sigue viviendo con sus padres porque no puede permitirse otra cosa. Lo que falla, pues, no es la voluntad, es la estructura. Se ha roto el pacto implícito que sostenía la transición a la vida adulta. Antes, el esfuerzo tenía retorno. Hoy no. La realidad laboral de la juventud en España es clara: contratos temporales, sueldos bajos, jornadas parciales obligadas, prácticas no remuneradas, etc. Y, no nos engañemos, es muy difícil proyectar un futuro cuando no hay esperanza.
Este contexto es el caldo de cultivo ideal para la frustración. Una frustración que, de forma interesada, aprovecha la extrema derecha para avanzar en su agenda y en sus políticas. Frente a un futuro incierto, prometen que el pasado era mejor y, con un burdo revisionismo histórico, niegan las aberraciones que cometió la dictadura franquista. Frente a la pérdida de esperanza, se culpa al más vulnerable, se ensalza el miedo, el sálvese quien pueda. Se alimenta el odio al diferente, al migrante, al pobre, al feminismo, a los derechos. Se inocula el miedo a un «otro» que más pronto que tarde acaba siendo uno mismo, porque la historia, que es cabezota, nos ha enseñado que las políticas que promueve la extrema derecha nunca avanzan en derechos y en mejoras para la ciudadanía. Todo lo contrario.
En este escenario, lo que necesitamos es cambiar la narrativa, proyectar esperanza y empezar a trabajar con políticas y con hechos: vivienda asequible que permita la emancipación de los jóvenes, empleo digno que permita trayectorias laborales de calidad, redes y proyectos comunitarios que pongan en el centro el valor la solidaridad y no del individualismo y la competencia. Hay alternativas y funcionan. Pero, para ello, hace falta algo más que voluntad juvenil. Hace falta una apuesta política que se articule alrededor de una agenda de justicia social. Porque un país que trata a sus jóvenes como problema, no tiene futuro.
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