Opinión | Tribuna
Nadie te recordará por ser CEO
Mi amigo y genio Francesc cree que las personas se dividen entre aquellas a las que visitas cuando están en una residencia y las que no

Imagen de la Bolsa de Madrid
No, no serás recordado por eso. Cuando te hayas ido de esta vida, la gente no se sentará alrededor de una mesa y hablará con nostalgia de lo rico que eras, de los cochazos que conducías, de los pisos que poseías, de los yates con los que navegabas por el Adriático y del poder que ostentabas. Nadie se acordará de tus cargos en los consejos de administración de empresas que cotizan en el Ibex35 y tampoco se comentará que volabas en un jet privado. No será importante que tuvieses un vestidor del tamaño de una vivienda unifamiliar repleto de vestidos y trajes prêt-à-porter, bolsos de piel de cocodrilo y zapatos Manolo Blahnik. Tu existencia a todo tren, el lujo y poderío que derrochas no trascenderá y no hará que te echen de menos.
Cuando mueras, no serás recordado por los títulos que tengas. Da igual que dispongas de dos, tres o de ninguna licenciatura. No importa si hablas idiomas nivel nativo, tengas un MBA o pasaras un tiempo en el MIT haciendo un Master de no sé qué. Es probable que nadie sonría evocando tu mano dura con profesionales productivos y eficientes. Todo eso queda resultón en tu curriculum vitae, en una presentación en PowerPoint o en las páginas salmón de la edición dominical de un periódico.
El columnista de The New York Times David Brooks publicó un artículo titulado 'The moral bucket list' donde reflexionaba sobre dos tipos de virtudes. Las asociadas a las competencias profesionales y las recogidas en un epitafio. Las primeras tienen que ver con el mercado laboral y las segundas se comentan en un funeral. Un poco más cerca y sin anglicismos de por medio, mi amigo y genio Francesc cree que las personas se dividen entre aquellas a las que visitas cuando están en una residencia y las que no. Ambas teorías están relacionadas y, desde luego, las dos dan chicha para pensar.
No te recordarán por ser CEO, pero sí por tu generosidad y por el tiempo de calidad que pasaste con las personas para quien eres importante. Seguro que tus amigos y familia brindarán por tu bondad, por tu capacidad de ponerte en la piel de otros, por sacar lo mejor de los demás y por tener presente su bienestar. Cuando piensen en ti, hablarán de tu sentido del humor, de tu habilidad para escuchar a los demás y de tu disposición para estar en lo bueno y en lo malo con tus amistades. Rememorarán las veces que visitaste o llamaste a alguien, la vez que reforzaste a un compañero en público, las comidas especiales que elaboraste para celebrar un cumpleaños y lo mucho que hacías reír. Me acuerdo de cuando mi abuela respondía con un «tuyo», cuando le preguntaba de quién era algo que me gustaba. O de cómo mi tía preparaba con amor y detalle la habitación donde me quedaba cuando la visitaba en Gran Canaria. O de cuando mi tío venía a verme nada más llegar a Mallorca, porque sabía que le echaba de menos. O del entusiasmo que invertía mi padre en hacernos creer a mis hermanos y a mí que la Nochebuena es mágica.
Plantearse seriamente por qué queremos ser recordados debería ser algo sencillo. Sería genial ponerse en ello.
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