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Opinión | De lo que hablamos los jóvenes

De la competición

«La comparación fomenta mejores resultados», dicen. Yo pienso que lo que fomentaría mejores resultados sería la colectividad y la ayuda, aprender de lo que los demás saben, enseñarles lo que uno sabe

Tendemos a vivir en competición. Si nos paramos un momento a pensarlo, habitamos cuerpos competidores en muchísimos aspectos, tanto que es sorprendente cuando alguien nos cede una mano. La competición se vive desde lugares de comparación, donde siempre va a haber un otro que sabe más, que tiene más, que ha hecho más, y nosotros, desde un lugar inferior en la pirámide de las posesiones, somos menos. Y cuando destaquemos en algo, trataremos a los demás desde el prisma con el que hemos sido tratados.

Está en lugares como los estudios, donde buscamos la nota más alta, la excelencia, ser quien sabe más y quien más rápido estudia, el alarde del aprobado frente al que ha suspendido. Un esfuerzo capital que debe tener un resultado concreto, que no observa el tiempo invertido en ello sino que sólo contempla el resultado final. Lo vemos en el trabajo, en quien gana más dinero, quien tiene el trabajo más «respetable», quien es más productivo, quien tiene más prestigio, más ascensos. Existe en las redes sociales, bebe mucho de ellas. Ser quien más viaja, quien más cosas tiene, quien mejor vida tiene, quien mejor está físicamente.

Y si pensabas que eso era todo lo que te atravesaba, de pronto aparecen otros dolores cuyo origen no encontrábamos. Aparecen las relaciones y, con ellas, la presión por ser el mejor de la familia, la comparación entre parientes; la validación del grupo de amigos, las cosas que no querías hacer pero que hiciste para ser aceptado, ser el mejor y más buen amigo. Aparece el sentirse insuficiente para alguien, querer ser el único poseedor del tiempo y amor de alguien, tener la relación romántica perfecta, ser quien más liga, quien más sufre…

«La comparación fomenta mejores resultados», dicen. Yo pienso que lo que fomentaría mejores resultados sería la colectividad y la ayuda, aprender de lo que los demás saben, enseñarles lo que uno sabe; no el esfuerzo por ser, únicamente, mejor que el otro. «La competición genera ganas de mejorar». ¿Sí? La competición genera un enorme sentimiento de insuficiencia cuando no somos los ganadores y un sentimiento de superioridad individual cuando sí lo somos. Si la mejora viene de la insuficiencia algo estamos haciendo mal, pues debería venir del acompañamiento dulce, la ayuda grupal y la solidaridad colectiva.

¿Cómo podría esto funcionar? ¿Cómo habitaríamos cuerpos no competidores y desde dónde aprenderíamos? Empecemos desde un lugar hermoso. Tengo una muy buena amiga con la que comparto herramientas de gestión emocional, escucho sus conflictos, y ella me aporta su gran capacidad de comprender el temario de la universidad. Cada una aporta lo que sabe y las dos nos nutrimos, nos aportamos lo que a la otra le cuesta.

El problema está en que queremos ser los mejores en todo, vivimos con unas ideas que nos impiden pedir ayuda, y renegar de darla. Queremos tener todo el mérito de las cosas, por lo que ni sostenemos ni aportamos al colectivo. Y es imposible saltar entre habitar un cuerpo competitivo y uno que no. Si observamos el mundo con ojos recelosos no podemos cambiar de golpe la forma en la que nos relacionamos con el entorno. Pero quiero pensar que aún podemos habitar esas corporalidades. Quiero pensar que todavía podemos encontrar esas miradas colectivas, apoyarnos en ellas y dejarnos moldear por esa visión.

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