Opinión | Viento fresco
Un paseo con Bisbal
Garbeo matinal. Asisto al duelo en Larios entre un cantante callejero y los altavoces a toda pastilla que emiten un tema de Bisbal

Montaje de las luces de Navidad en la calle Larios / Álex Zea
A eso de las diez de la mañana mi cantante callejero favorito (sesenta años, delgado, recortadito, el mismo jersey siempre, cierta vocación de elegancia que va royendo el tiempo y el deshilache de los pantalones) entonaba cerca de la Plaza de la Marina una de esas canciones que son pegadizas e himnos generacionales. Los zapatos, impolutos. Unos metros más allá la música de la iluminación estaba siendo probada y los altavoces repartidos a lo largo de la calle emitían a toda mecha una canción de Bisbal. El héroe anónimo, desgañitado, contra Bisbal. Duelo de gargantas, duelo de destinos. Solo para tímpanos resistentes.
Me paré a echarle una moneda. Al cantante callejero, no a Bisbal. La gente grababa vídeos y se hacía selfies, con el gentío mirando las pruebas de luces y sonido y el abarrote inopinado. Supongo que todas las oficinas y viviendas de un par de kilómetros a la redonda, y a la cuadrada, no eran ajenas al ajetreo ni al ruido. Cuando es Navidad en la calle Larios es Navidad en todo el mundo. Por decreto. Le di unas monedas al cantante sin nombre que llevo viendo media vida por el Centro. Le debo algo. Una vez le dediqué un artículo un poco emotivo y eso me granjeó unas cuantas felicitaciones de gente muy diversa e interesante e incluso poco dada al elogio. Cada vez que lo veo me dan ganas de abrazarlo, de meterlo en la columna, de decirle que canta muy bien y de gritarle que no comprendo cómo la vida lo ha tratado tan mal. Y cómo ha tenido tan mala suerte. Seguramente él no necesita que yo le diga nada de eso ni que escriba sobre él. Lo que necesita son varios euros de unos cuantos viandantes para poder echarse al cuerpo un pitufo mixto y un café, aunque en esta ciudad de nuestros amores a veces por desayunar ya directamente te roban. No necesita nada de mí y que yo quiera decirle algo denota una condescendencia terrible por mi parte, un complejo de superioridad. Qué sabe nadie ni qué sé yo de su felicidad o futuro. Casi nada tiene y canta y alegra la vida y casi opaca a Bisbal. A lo mejor tiene por delante un lunes mucho más entretenido y feliz que el mío. Veo a alegres señoronas que van de compras ignorando el ruido de los altavoces y el ruido del cantante, a oficinistas que han salido a fumarse la mañana, niños sin romanizar que corretean, extranjeros que se han bajado de un crucero y exhiben su cara de aturdimiento por tanto ruido tratando de captar el ambiente mientras la dependienta de una tienda trata de captarlos a ellos para venderles una bufanda.
Los sones de mi cantante callejero favorito ya no son perceptibles a estas alturas de mi paseo. Lo imagino en bar. Implorando que la leche del café esté «muy calentita».
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