Opinión | Artículos de broma
Reconocido prestigio

La fiscal Teresa Peramato, propuesta por el Gobierno como nueva fiscal general. / Europa Press
Alberto Núñez Feijóo incluyó entre los requisitos para sustituir a Álvaro García Ortiz como fiscal general del Estado que fuera un profesional de «reconocido prestigio». El gobierno ha propuesto a Teresa Peramato que no «aúna tradición y modernidad» sino feminismo. Lo de «aunar tradición y modernidad» lo he puesto porque es un cliché tan vacío como «reconocido prestigio».
¿Quién reconoce el prestigio hoy? No hay una agencia, un certificado, una comisión nacional. Para una parte de la población la fiscal empezó a perder el prestigio que no sabían que tenía en el instante en que el Gobierno hizo público su nombre, solo por ser del gusto de Pedro Sánchez. Así estamos, entendiendo cada día más de jueces, fiscales, tribunales y sentencias injustificadas.
Aunque funcionen como sinónimos la fama y el prestigio son distintos. Entendemos más de la fama porque se trata de gente conocida y se la hemos dado entre todos, hablando de ellos. El prestigio es más selectivo y de puertas adentro. La fama tiene mala fama pero da dinero y el prestigio tiene un prestigio inmerecido. Significa «pública estima de alguien o de algo, fruto de su mérito», también «ascendiente, influencia, autoridad» y se codea con sus sinónimos renombre, honra, respeto, reconocimiento, consideración, estima, ascendiente, reputación. Es lo contrario del descrédito, pero viene del truco, del amaño.
El origen de la palabra «prestigio» llega del latín (praestigium) y se refería a la artimaña, a un acto de magia, de ahí ese aire de familia con la «prestidigitación», el juego de manos que exige dedos rápidos.
La derecha trabaja el prestigio con la industria de unos premios en los que se reconoce a sí misma a través de sus elegidos. La izquierda no regala y lo que le dan los suyos le parece lo normal, si no poco. En lugar de oropel para los vivos ofrece reconocimiento a los muertos sobre los que escribe su relato. La izquierda premia el castigo y la derecha, el truco. Mejor pasar de premios y actuar como si el prestigio no fuera acto de magia. Sobre todo en la justicia, que exige más confianza de la que va mostrando.
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