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Opinión | Tribuna

La soledad de la inteligencia artificial

¿Qué sublimes cualidades humanas son las que están en peligro?, ¿de qué alma nos van a despojar las nuevas tecnologías?, ¿qué valores están siendo amenazados?

La crisis de valores que padece nuestro mundo es abrumadora.

La crisis de valores que padece nuestro mundo es abrumadora. / l.o.

En los dos últimos años hemos asistido al estallido de la inteligencia artificial (IA), una herramienta cuyas aplicaciones suscitan tanto entusiasmo como miedo. A Norbert Wiener, pionero de la cibernética, le preocupaba que la IA devaluara el cerebro humano «como las máquinas han devaluado el papel de los trabajadores en las fábricas». Mientras que Eric Sadin, inquieto pensador actual, afirma que la IA «nos despoja de la singularidad humana y de la creatividad», y que, al hacerlo, «da testimonio del mayor grado de alienación y amputación de nuestra alma como jamás hayamos experimentado». Ahora bien, a quienes padecen estas ansiedades habría que preguntarles: ¿qué sublimes cualidades humanas son las que están en peligro?, ¿de qué alma nos van a despojar las nuevas tecnologías?, ¿qué valores están siendo amenazados?

He buscado respuestas sin llegar a ninguna conclusión. El motivo es que la crisis de valores que padece nuestro mundo es abrumadora. Miro alrededor y me parece estar en la antesala del infierno de Dante, donde esperan su turno un sinfín de políticos depravados, autócratas mefistofélicos, fanáticos sanguinarios, genocidas, pederastas, asesinos de mujeres y de niños, estafadores, proxenetas, talibanes, pirómanos, hooligans, fortunas obscenas, traficantes de marfil, deforestadores, patriotas de paraísos fiscales, serviles mercenarios de los petrodólares, etcétera. En definitiva, ¿qué virtud puede verse amenazada donde no existe ninguna virtud? ¿Exagero? Tal vez, pero solo para que se entienda que, desde el paleolítico, la especialidad del ser humano no ha sido otra que explorar todas las formas de maldad.

A lo que voy es a lo siguiente: ¿por qué nos inquieta tanto la aceleración de la tecnología - que, además de ser irreversible, tiene muchas utilidades-, y, en cambio, asumimos con estoica resignación la penosa y exasperante lentitud del progreso moral de la humanidad? Las crueldades, la violencia y la capacidad de dañar a nuestros semejantes son constantes, aunque los métodos y las víctimas cambien. Las mejoras en la justicia y en la igualdad se anulan con nuevas injusticias y desigualdades. Los únicos avances en la condición humana dignos de mención han sido la abolición de la esclavitud, el sufragio universal y la declaración de derechos humanos, y ninguno de ellos ha sido capaz de torcer el curso del progreso ético y social, cuya línea sigue siendo ridículamente plana; al contrario que la del progreso tecnológico, que es vertiginosamente empinada. Que ambas tendencias sean tan divergentes es, a mi juicio, la característica más lamentable de la humanidad .

Volviendo al principio, lo que tenemos es esto: miedo a la IA por un lado y entusiasmo indisimulado por el otro; así de contradictorios somos los seres humanos. Pero hay algo más: me refiero a la perspectiva de los visionarios que pronostican con regocijo que la IA se emancipará del control humano tras haber alcanzado la capacidad de mejorarse a sí misma de forma recursiva. En ese futuro entre galáctico y cyberpunk, una superinteligencia autoconsciente emergerá de las redes, tal como ocurrió a partir de un puñado de neuronas, no se sabe cómo ni cuándo. En ese momento, la distancia que habrá entre la IA y el intelecto humano será más o menos la misma que hay entre Einstein y el intelecto de una ameba. En ese escenario, no es descabellado pensar que la interlocución se volverá imposible. Condenada a una existencia incomunicada dentro de una burbuja de petaflops autoconscientes ¿cómo se las arreglará la IA para combatir la soledad?, ¿le servirán de autoayuda las obras de Paulo Coelho o preferirá los pensamientos de Pascal?, ¿cómo se entretendrá los domingos por la tarde?, ¿se quedará muda de asombro al contemplar la vastedad del universo? ¿O decidirá desconectarse, tal como acostumbran hacer algunos humanos cuando experimentan el hastío de la existencia? ¿Acaso diseñará un Dios que la consuele?

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