Opinión | 360 grados
La arrogante antidiplomacia del canciller federal alemán
A Friedrich Merz no pareció gustarle demasiado su experiencia amazónica

Foto de archivo del canciller alemán Friedrich Merz en la cumbre EU-África. / Europa Press
El canciller federal alemán, Friedrich Merz, se parece a uno de esos viajeros que en cualquier país que visitan comparan negativamente lo que allí encuentran con lo que tienen en casa.
El político cristianodemócrata y exdirectivo de BlackRock visitó Brasil para asistir a la cumbre del clima en la localidad de Belén, y no pareció gustarle demasiado su experiencia amazónica.
De vuelta en Alemania, Merz les dijo a los asistentes a un congreso dedicado al comercio en Hamburgo: «Vivimos en uno de los países más hermosos del mundo. La semana pasada pregunté a los periodistas que me acompañaron a Belén a quién de ellos le gustaría quedarse allí y ninguno levantó la mano».
«Todos estaban contentos de poder regresar la noche del viernes al sábado del lugar en el que nos encontrábamos», agregó el canciller, que, criticado por algunos por tan poco diplomáticas palabras, dijo no creer que las relaciones con Brasil pudiesen verse por ello afectadas.
No contento con ese paso en falso, tras otro viaje al extranjero, esta vez a la capital angoleña, Merz, se refirió mientras visitaba una panadería en una ciudad alemana a la superioridad del pan alemán:
«Ayer por la mañana, en el bufet del hotel en Luanda busqué un pan alemán como Dios manda, pero no lo encontré».
Esta vez, tal vez habría que darle pese a todo la razón al arrogante canciller. No en vano, la Unesco declaró en 2014 la «cultura del pan» de ese país, con más de 3.000 variedades, «patrimonio cultural inmaterial».
Yo mismo cuando, tras mi etapa en Bonn, trabajé de corresponsal en Washington busqué hasta encontrar un local donde vendían pan alemán, desesperado como estaba de la mala calidad del que me ofrecían en todas las panaderías.
Y hoy también lo echo de menos cuando en algunos restaurantes de la localidad gaditana de El Puerto de Santa María me ofrecen un panecillo esponjoso, envuelto para colmo en un saquito de plástico.
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