Opinión | Las cuentas de la vida
Volver a empezar
Si vivimos en el periodo con mayor riqueza acumulada de la historia, ¿cómo es posible que no haya un amplio acceso a la vivienda en propiedad?

La burocracia dificulta el salto en la calidad de vida que permitiría una rápida aplicación de las nuevas tecnologías. / L.O.
En una carta de hace unos años que se ha vuelto viral, Peter Thiel advertía a Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, acerca de los riesgos de una globalización que concentrara sus beneficios en una pequeña élite y que a la vez afectara negativamente a una mayoría. Las palabras de Thiel –un ultralibertario tecnológico con ribetes apocalípticos– anunciaban profundos corrimientos de tierra ideológicos a izquierda y a derecha del mapa electoral, siempre que no se adoptaran medidas paliativas para favorecer el enriquecimiento general de la sociedad y crear unas nuevas clases medias. Si la realidad es ondulante -como solía decir Pla parafraseando a Montaigne–, lo es aún más en una época de crisis. Para los griegos, apocalipsis significaba precisamente revelación, desvelamiento, y, por tanto, tiempo de cambio.
La sociología no puede reducirse a cifras, como a veces pretenden los gobiernos y los expertos. Sin embargo, más allá de la mascarada del crecimiento económico, los datos subrayan el malestar social; sobre todo entre la juventud. Si vivimos en el periodo con mayor riqueza acumulada de la historia (y también, gracias a la tecnología, de mayor productividad), ¿cómo es posible que no haya un amplio acceso a la vivienda en propiedad? ¿O que las familias desaparezcan en gran medida empujadas por una presión salarial a la baja? ¿O que las políticas públicas de bienestar se muestren cada vez más incapaces de responder a las urgencias de la sociedad?
Se dirá, y seguramente con razón, que el problema reside sobre todo en la capacidad de gestión de la clase política. La burocracia dificulta el salto en la calidad de vida que permitiría una rápida aplicación de las nuevas tecnologías. La izquierda ha olvidado el discurso de clase, sustituyéndolo por reivindicaciones identitarias. La derecha gobierna para una élite. El nivel del debate público ha quedado secuestrado por los extremismos. Es probable, aunque quizás esta sea una explicación insuficiente. Nada se reduce a un solo factor. Y haríamos mal en olvidar que el poder crea corrientes de opinión, pero a la vez la política refleja la tensión y los anhelos de la ciudadanía en un camino de ida y vuelta. No es cuestión de culpar a unos u a otros, sino de pensar en común aquello que compartimos.
La carta de Thiel sirve como diagnóstico certero de la enfermedad de nuestro tiempo; sin embargo, las culturas no se regeneran exclusivamente mediante la denuncia, sino que es preciso movilizar la imaginación moral. La política, cuando renuncia a su vocación de servicio –y en España hemos tenido sobrados ejemplos de ello en estos últimos años–, degenera en pulsión tribal. El malestar actual no es una invención de los populismos, aunque estos lo utilicen para franquear el camino de la discordia. Quizás el verdadero reto consista en rescatar la virtud olvidada de la moderación para así levantar de nuevo las vigas maestras de una prosperidad compartida: viviendas asequibles, residencias públicas para nuestros mayores, educación, cultura y ciencia, salarios dignos y una industria competitiva. Un mundo futuro que pueda contemplarse con los ojos grandes da la esperanza y no con los ojos pequeños del pesimismo. Nunca es tarde para quien quiere empezar de nuevo.
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