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Opinión | Tribuna

La construcción de la identidad colectiva

La versión de Guillermo del Toro mitiga el asco que generan los monstruos y el espacio por el que transitan los cuerpos desmembrados

Poetas y filósofos nos recuerdan a menudo que nuestra vida se asemeja a un viaje.

Poetas y filósofos nos recuerdan a menudo que nuestra vida se asemeja a un viaje. / l.o.

El sistema filosófico de G.W.F Hegel es un vehemente intento por hacer del pensamiento el refugio de la razón y de la libertad, superando una situación sociohistórica que carece de la libertad debida y en la que el ser humano está escindido, desgarrado, dividido, sumido en estériles antagonismos y dominado por un feroz individualismo. En particular, se trata de rebasar las limitaciones del concepto ilustrado de “nación dividida” de lo que finalmente sería Alemania. Para ello era preciso, de un lado, la realización del ideal de un pueblo bello, grande y unido, a partir de la reconstrucción interior de la convivencia humana dentro de una comunidad, de tal modo que la voluntad de todos sea común, compartida por cada voluntad individual. De otro lado, hay que llevar a término el ideal de la libertad, norte del que son modelo la Polis griega, el Cristianismo y la Revolución Francesa.

Las propuestas de Hegel suenan a cuento de hadas en nuestro presente, salvo que rasquemos un poco la costra totalitaria e individualista que nos invade y nos distanciemos de las miserias de la corrupción política y económica. Les pongo un ejemplo. Es fácil unir el nombre de mi suegro, Pablo Marcos González (1926-1990) al de su pueblo, San Martín de la Vega (Madrid) una localidad situada “entre Pinto y Valdemoro”, expresión del acervo popular que suele designar el limbo de la indefinición desde tiempos de Fernando III el Santo. Todos los que tuvimos el privilegio de conocer a Pablo, de recibir sus abrazos y palabras desde el más profundo respeto y el cariño más sincero, somos conscientes de que fue un ciudadano ejemplar, un empresario, un vecino, un amigo, un marido, un padre y abuelo sin dobleces, que contribuyó con sus actos a construir la identidad de un pueblo, de su pueblo, al que siempre quería regresar, sin darse cuenta de que era un auténtico ciudadano del mundo.

Pablo quería descansar en su pueblo, escuchar las idas y venidas de sus gentes, saludar con una sonrisa amplia a los transeúntes, compartir alegrías y calmar el dolor de los desfavorecidos, siempre con una voluntad de servicio desde el cariño, sin sombras. Creía, como Rousseau, en la bondad natural del ser humano, y sus firmes convicciones cristianas parecían un traje hecho a medida con el que se sentía cómodo y elegante. Aunque era consciente de que muchos podrían pensar que era demasiado ingenuo y confiado, no dudaba en fingir una sana inocencia pensando en el otro, haciéndonos ver, con claridad, las virtudes del compromiso solidario y ciudadano.

Si, como dice Jorge Luis Borges, en uno de sus poemas más celebrados, la memoria es un conjunto de cristales rotos, Pablo creó un adhesivo resistente capaz de sustentar con firmeza los modos de pensar, sentir y actuar de su pueblo desde una perspectiva humanista y fraternal, al margen de ideologías y con una disposición activa, dando una importancia irrenunciable a la educación y a los servicios públicos, mostrando a lo largo de su vida, un marcado interés por el bien común, el respeto a la pluralidad y los ideales de tolerancia y justicia. En este sentido, se podría decir que la obra no escrita de Pablo Marcos González encarna las virtudes públicas que señala con acierto la filósofa Victoria Camps (Virtudes Públicas, 1996): la solidaridad, la responsabilidad, la tolerancia y la profesionalidad (la virtud en el trabajo). Son estos, ejes imprescindibles para la vida democrática.

Poetas y filósofos nos recuerdan a menudo que nuestra vida se asemeja a un viaje. Pablo Marcos puso a disposición de los vecinos de San Martín de la Vega la línea de autobuses que heredó de sus padres. Compartió el viaje de la vida como uno de sus mejores capitanes, ya a los quince años de edad, al fallecer su padre y hacerse cargo del negocio familiar. Desde los años cuarenta hasta principios de los sesenta el único medio de transporte público entre San Martín de la Vega y Madrid fue “el coche de línea” de Pablo Marcos (Pablito), donde pudo dar rienda suelta a su generosidad. Como muchos de los viajeros no podían pagar su billete, Pablo se las apañaba para permitir que hicieran el trayecto gratis, pero sin que se sintieran incómodos o avergonzados por ello. El coche de línea fue, sin duda, una pieza clave para el desarrollo del pueblo, al vencer los problemas de aislamiento e incomunicación de la población. Como curiosidad, la carrocería del primer vehículo de este servicio fue una piel cosida con piezas y materiales diversos gracias al ingenio de los vecinos.

Pablo compartía los motivos por los que merece la pena vivir la vida, según Bertrand Russell: la búsqueda del amor, la pasión por el conocimiento y el sentimiento de piedad hacia los que sufren, desde el respeto y la dignidad humana. Este respeto es el que le hacía llamar a los vecinos de San Martín por su nombre y sus dos apellidos, evitando los motes. No es de extrañar que, después de treinta y seis años de su fallecimiento, su recuerdo siga despertando en los que lo conocimos una profunda y sincera emoción. Y como los vecinos sabían de su afán por estar bien informado y su valoración del mundo del conocimiento, mediaba no pocas veces en la glorieta, en el café de Amparo y Leandro, con los volúmenes de su enciclopedia en la mano.

Veía la vida con unos ojos llenos de ilusión y contagiaba su alegría de vivir, encontrándose como pez en el agua entre los niños que acudían a la plaza del Ayuntamiento para recibir su regalo de Reyes o al hacer de mago improvisado sacando monedas de sus orejas, riéndose a carcajadas de las ocurrencias infantiles. Dotado de un gran sentido del humor, no ocultó nunca su estoicismo, su pasión por el imperativo categórico kantiano, su capacidad de sacrificio, su respeto por los mayores y su disposición a colaborar en los proyectos colectivos. Todo ello, sin olvidar su discreción en los asuntos que le revelaban de modo confidencial, transmutando con gran naturalidad y desde el corazón, las vivencias negativas en una enseñanza y deseos de superación.

Una parte imprescindible de este optimismo impenitente hunde sus raíces en un profundo sentido de pertenencia a su pueblo. Solía agradecer la labor de los médicos o gestores obsequiándoles con productos de su tierra, llevaba a las visitas a contemplar cómo despuntaban los espárragos y a disfrutar de la belleza de la Iglesia. Generalmente, compraba en los comercios más humildes y si tomaba una caña en un bar, el café lo tomaba en otro lugar, para que todos tuvieran beneficio, con independencia de su origen, extracción social o creencias religiosas o políticas.

Fue responsable de Caritas parroquial, pero llevó a cabo durante toda su vida constantes labores solidarias desde el ámbito privado: desde poner giros postales a soldados destinados en África, comprar medicinas, hacer gratuitamente gestiones y trámites en organismos públicos en Madrid, como lo necesarios para obtener pensiones de jubilación, hasta poner su propio vehículo a disposición de la guardia civil para la persecución del delito, o para el traslado de parturientas y enfermos a los diferentes hospitales de la capital.

El historiador austrohúngaro Alois Riegl defendió con vehemencia el culto de los modernos a los monumentos, dado que estos esculpían la valía universal de los humanos cuyo destino pugna por vivificar la conciencia de las generaciones futuras. Este es el valor que tiene, la vocación ciudadana de Pablo, como la de tantos “héroes anónimos” de la geografía malagueña, un hombre de bien que fue capaz de trascender hegelianamente con sus actos el ámbito de lo particular, de lo cotidiano, para apuntar hacia lo universal, puesto que fue capaz de ir del yo al nosotros con la sinceridad de su mirada y el calor de sus actos. Por todo ello, felicito al Ayuntamiento de San Martín de la Vega por haberse hecho eco del sentir ciudadano en el pleno del pasado 26 de noviembre, al dedicarle una calle en el municipio –aunque Pablo vivió siempre ajeno a los honores mundanos-, honrando así públicamente la memoria de los virtuosos arquitectos de la identidad colectiva que no pueden ocultar su vocación cosmopolita.

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