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Opinión | El ruido y la furia

Los conocidos

Decía Josep Pla que había «amigos, conocidos y saludados». Es una escala inmejorable sobre las relaciones humanas la que nos dejó el viejo Pla, que siempre está vigente, sus palabras siguen frescas tantos años después, y acaso esa sea, ahora que se me ocurre, la definición perfecta de clásico.

Hemos de aceptar que las relaciones entre las personas son complejas, que están cargadas de máscaras (recordemos que ‘persona’ deriva de la idéntica voz latina que designaba la máscara del actor), de impostura, y que, como en aquella novela de Juan Bonilla, «nadie conoce a nadie», ni siquiera a sí mismo, por recordar el viejo aforismo atribuido a Sócrates.

Un clásico recomendaba «tener a los amigos probados, para cuando hagan falta», pero no dejó explicado el método de prueba. Sabemos desde antiguo que a las buenas todos son amigos incondicionales y que solo a las malas alcanzamos a ver la auténtica dimensión de su amistad. Hay un viejo cuento persa que suelo recordar cuando hablo de estas cosas. Una mañana un muchacho preguntó a su padre, un hombre ya anciano: ¿padre, tú cuántos amigos tienes? El viejo, después de recapacitar, respondió: creo que uno… Hace años que no nos vemos, vive en el pueblo del otro lado del río, pero sí, ese hombre es mi amigo. El muchacho, extrañado, comentó: no entiendo cómo has llegado a viejo con tan solo un amigo. Mírame, yo soy muy joven y tengo muchos amigos, todos los del pueblo son mis amigos. El padre lo miró con un poco de indulgencia y un poco de tristeza y le dijo: podemos comprobar eso que dices. Verás. Mataremos un cerdo, lo meteremos en un saco y después irás casa por casa de todos tus amigos diciendo que has matado a un hombre y que necesitas ayuda, a ver qué responden. El chico lo hizo y, a la tarde, regresó con el saco al hombro y cara de decepción: Nadie ha querido ayudarme, todos me decían que cómo se me ocurría comprometerles así y me cerraban la puerta en la cara. Entonces el padre le dijo: Vas a ir ahora al pueblo del otro lado del río. Buscarás a mi amigo y le pedirás ayuda, a ver qué hace. El joven fue al pueblo del otro lado del río, buscó al hombre, llamó a su puerta y, cuando un anciano le abrió la puerta, le dijo quién era y que había matado a un hombre, que lo llevaba en el saco y que necesitaba ayuda. El viejo no dijo nada. Cogió el saco, fue al patio trasero de su casa, cavó un hoyo y lo enterró. Cuando hubo terminado volvió donde el joven y le dijo: Que no se entere tu padre.

Supongo que entre la documentación que manejó Pedro Sánchez para escribir su ‘Manual de resistencia’ no figuraban los viejos cuentos persas.

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