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Opinión | Las cuentas de la vida

Anatomía de un giro

El giro político en España, iniciado con el 'procés', ha propiciado el despertar del nacionalismo español y la apropiación populista de la retórica por parte de la nueva derecha

La portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras.

La portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras. / DAVID ZORRAKINO

Las encuestas parecen dar por segura la llegada al poder en España de las llamadas derechas populistas. En política siempre resulta preferible analizar la realidad, entenderla desde adentro, perfilar sus rasgos y definir sus límites. Si observamos el éxito electoral de la derecha posliberal en buena parte del continente, se percibe de inmediato que procede en gran medida del malestar social. Es un descontento cuyo primer epicentro se manifiesta con un giro acelerado hacia la izquierda a raíz del crac económico de principios de siglo y que, paulatinamente, se irá desplazando hacia su opuesto en la década siguiente. La indignación puede tener una fuente real o puede estar provocada por la propaganda o puede derivarse de las dos actuando coordinadamente. Conviene recordar que tan importante como la realidad es conocer la textura de nuestras ideas y creencias.

Pienso que, en la política española, este giro empezó a darse como consecuencia del procés. Fue, por así decirlo, un despertar del nacionalismo español ante el choque soberanista. Hay algo especular en este proceso que haríamos mal en obviar. Si el independentismo forzaba las costuras del concepto mismo de democracia, la nueva derecha –aunque no sólo ella– se apropió de la retórica y de los usos del populismo. De repente, el constitucionalismo de corte parlamentario empezó a perder brillantez, es decir, capacidad de iluminar el presente y de guiarnos hacia el futuro. Hubo un cambio en la percepción de las ideas.

Pero el retorno del nacionalismo no fue la única consecuencia de la crisis del sentido liberal –algo, por cierto, que Pierre Manent predijo hace mucho tiempo–, sino que surgieron a la vez otros malestares. No menor entre ellos es el económico, lo cual tiene gran importancia. Ahí también una parte considerable de la ciudadanía, ajuste tras ajuste, se sintió engañada. Aquello que se consideraba garantizado en el pasado (una o dos viviendas en propiedad, una carrera profesional, unos estándares de bienestar) se evaporó a medida que las nuevas tecnologías y la globalización desplegaban sus efectos.

Y por supuesto también debido a las malas decisiones de las elites políticas, empresariales e intelectuales, medibles ahora ya con el paso del tiempo. De hecho, nada o casi nada de lo que, hace treinta o cuarenta años, se pensaba que iba a suceder ha sucedido. Todo aquel optimismo de la década de los noventa acabó en el cubo de los desechos.

El despertar de las corrientes políticas más identitarias también tuvo consecuencias imprevistas, acentuando el malestar a uno y otro lado de la balanza ideológica. Las dificultades para discrepar de la opinión dominante se convirtieron en un desafío abierto. El uso agresivo del humor como herramienta política se extendió a la nueva derecha e igualmente el hábil empleo de las redes sociales. El último factor fue la apertura masiva de fronteras en todo el continente, que generó ya fuertes tensiones hace una década en el seno de la Unión. La crudeza de la historia es su incertidumbre.

La única respuesta posible a los extremismos pasa por reconstruir la promesa material del liberalismo (salarios dignos y vivienda accesible, por ejemplo) sin la cual la libertad se vuelve abstracta. El resto (la demagogia y la irresponsabilidad, la intransigencia y el relativismo cínico, el uso político de la discordia y la ausencia de rigor) solo conduce a la polarización de la sociedad. Y de ahí nadie sabe cómo se sale.

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