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Opinión | Arte-fastos

Fred Friedrich, por cañadas oscuras

El escepticismo de Fred Friedrich ante la Iglesia Católica se manifiesta en su obra, donde conviven la crítica y el ensalzamiento, en busca de verdades últimas fuera de una religión

'Credo ergo sum', de Fred Friedrich.

'Credo ergo sum', de Fred Friedrich. / l.o.

Fiel a su consigna existencial basada en la interpretación libre del principio cartesiano Pienso, luego existo, Fred Friedrich (Kreuzberg, Berlín, 1943) considera la espiritualidad inherente a la naturaleza humana, de ahí la importancia que adquiere en buena parte de su obra multidisciplinar -en concreto, las instalaciones-, si bien se rige por un código propio: Believing as free religion (Creer como religión libre). Así, su escepticismo se torna dual para con la iglesia católica, en ocasiones ensalzada como luz y guía de millones de almas (Saul, warum verfolgst du mich [Saulo, ¿por qué me persigues?] 2015), y otras criticada por las debilidades surgidas en su seno (Exvotum, 2012). Friedrich es un ferviente descreído en pos de verdades últimas (la cosmología maya, las deidades sumerias, los misterios cristianos…), pero huérfano de una religión que colme su ansia de respuestas.

Este aparente desdén ante el hecho religioso no impide que, cada cierto tiempo, aflore esa inquietud vital, ese afán de conocimiento, aunque reniegue de él, y que consiste, según explica Mircea Eliade, en que «el hombre arreligioso desciende del homo religiosus, lo quiera o no, y conserva huellas de su comportamiento». Friedrich, que lo intuye, no evita caminar por «cañadas oscuras» (Sal 23,4), no esconde esa herencia con «mitologías camufladas y ritualismos degradados», sino que la afronta mediante amplias y elaboradas escenografías, tales como Credo ergo sum (Creo, luego existo), su obra más reciente, que puede verse en el Museo Fred Friedrich (Nueva Andalucía, Marbella).

La comisaria y directora artística Nely Friedrich plantea una compleja instalación cercana al concepto de gesamtkunstwerk (obra de arte total), que, nos dice, reclama del espectador «una exploración profunda de creencias, misticismo y trascendencia». El sincretismo es tan acusado que extrapola mitos y culturas, tanto que el espacio se articula como el ábside de un templo gótico cuyo ¿altar? acoge la eterna lucha entre el Bien y el Mal, resuelta en forma de calavera de un toro o macho cabrío iluminada en rojo, coronada por una figura andrógina alada, desnuda, con los brazos abiertos, aludiendo a cosmogonías ancestrales. Tras la girola, se despliegan cuatro grandes paneles rectangulares (impresión digital sobre lienzo) que recrean momentos concernientes a la historiografía religiosa, con ecos y consecuencias en el presente: pasajes de la Biblia, los tres niveles cósmicos, doctrinas monoteístas, lugares sagrados, conflictos de fe, luchas de poder, teofanías… Un friso monumental, ecuménico diríamos, reflejo de dudas existenciales que Fred Friedrich se niega a asumir; de ahí que persiga certezas y axiomas que, todavía, le son vedados. Ambiciosa tarea la suya, e impredecible, porque, como advertía santa Edith Stein, «quien busca la verdad, sea consciente o no, busca a Dios».

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