Opinión
Fragilidad impostada en el quinto de abono
La interpretación de la Filarmónica de Málaga de la Cuarta Sinfonía de Mahler desvirtuó la reflexión sobre la muerte y el sufrimiento del compositor

Parte de la sección de viento metal de la Orquesta Filarmónica de Málaga / Álex Zea
Málaga. 12-12-2025
Teatro Cervantes
Solistas: Helge Antoni, piano y Yolanda Auyanet, soprano.
Dirección: José María Moreno.
Programa: Lamentate, de A. Pärt y Cuarta sinfonía en Sol Mayor, de G. Mahler.
Un siglo separa la redacción de las dos páginas que protagonizaron el quinto abono de la Orquesta Filarmónica de Málaga, con el pianista sueco Hegel Antoni en la primera parte del programa y la soprano canaria Yolanda Auyanet, que asumió la línea solista en el último capítulo de la Cuarta Sinfonía de G. Mahler. Programa ambicioso y esperado dentro de la temporada artística de la Filarmónica, aunque sencillamente no estuvo a la altura artística que cabría esperar de la primera orquesta. Nuevamente, la sensación de fragilidad se tradujo en lecturas inexpresivas, insustanciales y de dudoso rigor.
Veinte años después del estreno de Lamentate, la Filarmónica de Málaga ha querido protagonizar el estreno español de una partitura que trasciende la forma concertante para piano y ofrece una página libre, estructurada en diez movimientos de desigual extensión y lirismo. Estos vienen acompañados de una serie de textos espirituales —algunos inspirados en la tradición ortodoxa— que, lejos de aportar sentido y emoción, se tradujeron simplemente en una sucesión inconexa e inasumible de sonoridades huérfanas, incapaces siquiera de transmitir una mínima idea a la sala a pesar de la originalidad y profundidad de la partitura.
Afortunadamente, existen en distintas plataformas digitales versiones que ofrecen una visión más estructurada y trascendente que desenmascara lo que aconteció en el Cervantes, y que ponen en evidencia la lectura ofrecida tanto por el solista como por la batuta. La insoportable sensación de obstáculo a salvar por el conjunto dominó toda la interpretación, en la que faltó proyección y perspectiva. Ni siquiera los motivos camerísticos que atesoran las dos partituras del programa —y Lamentate en particular— sirvieron de espacio para el lucimiento de los atriles de los profesores de la OFM, sencillamente no tuvieron ni ocasión ni espacio.
Fue una lectura que desvirtuó la íntima reflexión del compositor sobre la muerte y el sufrimiento, en lo que debía ser un canto sin palabras capaz de crear el espacio espiritual y reflexivo de la inmensa sinfonía mahleriana a la que precedía. Todo ello se agravó con la irrelevancia y falta de sustancia del piano de H. Antoni, inconexo y sin concreción en la relación que A. Pärt establece entre el piano y la orquesta.
Cuesta medir y contener las palabras para definir la que será la versión menos concreta y transparente de la Sinfonía en sol Mayor de Mahler ofrecida por un director titular de la Filarmónica de Málaga, carente de toda idea o expresión. El adocenamiento meramente emitido de los materiales fue la constante de todo su desarrollo, que avanzó de forma plana y atropellada por la ausencia de una idea clara en los tempi, sin contrastes ni acentos, traducida en un sonido falto de sensibilidad tanto en el empaste como en la articulación y la consiguiente emisión.
Lectura, en pocas palabras, inasumible por artificiosa y grotesca, tan sólo redimida en parte por la participación solista de Yolanda Auyanet, que asumió por primera vez el reto de dibujar el ingenuo y tierno paraíso tal y como lo concibe Mahler. Sin embargo, el conjunto quedó como una representación en momentos cómica y desdibujada de la sinfonía que cierra el periplo de las cuatro primeras obras sinfónicas del compositor bohemio, en las que el oyente busca —sin hallarlo aquí— al yo, al héroe, la infancia o el paraíso perdido. Pero para que eso suceda es necesario entender el sinfonismo mahleriano como un itinerario humano: la verdadera dimensión de la Cuarta Sinfonía bebe directamente de una visión coherente y profunda de las ideas de vida, conflicto, redención y, finalmente, despedida.
Alejandro Fernández
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