Opinión | El adarve
El indigente del pelo quemado
Me preocupa, me asombra, me indigna, me duele esta falta de compasión hacia las personas pobres, esta insensibilidad extrema

Un indigente duerme junto al muro de la comisaria de Málaga Norte, a pocos metros de la avenida de La Palmilla. / A.V.
Acabo de ver unas imágenes terribles. En ellas se puede ver por detrás la cabeza de un indigente, del que luego sabremos que es un mendigo que no tiene hogar. Se ve cómo alguien, coge un mechón de su pelo, enciende un mechero y lo quema. El espectador puede ver cómo brotan las llamas que el mendigo apaga con la mano. De forma reiterada la persona va quemando el pelo en diferentes partes de la corta melena.
Ya se sabe que la acción está protagonizada por dos jóvenes, uno quema y el otro graba. Uno de los jóvenes se hace pasar por policía y va diciendo alguna frase intimidatoria que hace suponer al indigente que las órdenes proceden de la Central de la policía.
La víctima, de forma llamativa, no se mueve de su posición. Se dedica a apagar los pequeños fuegos danto manotazos. Solamente dice en un momento:
- Tengo poco pelo (efectivamente, se puede observar una gran calva en la parte superior de la cabeza) y me quemáis el que me queda.
Es evidente que mientras una persona va quemando el pelo del indigente, hay otra que está grabando la escena. La policía ha localizado, cuando escribo, al indigente y a uno de los dos jóvenes protagonistas de la vejación..
La escena dura cuatro interminables minutos y tiene lugar en un parque de la ciudad sevillana de Benacazón. El vídeo se ha conocido porque los jóvenes subieron a las redes la grabación, exponiéndose a ser descubiertos por la policía. Y esta es una cuestión que tenemos que tener en cuenta. Lo publican porque se sienten orgullosos de su ‘hazaña’. Es curioso que alardeen de una iniciativa que está cargada de crueldad, de cobardía, de engaño y de perversidad. Es una diversión que humilla y hace sufrir a un indigente, a un sin hogar, a una persona solitaria e indefensa.
La escena se desarrolla en horas nocturnas, ya que se ve cómo las pequeñas llamas iluminan la oscuridad. Probablemente sería un lugar solitario porque es sorprendente que nadie llamase la atención a estos dos delincuentes mientras ejecutaban su felonía.
Hasta aquí los hechos que han propiciado la redacción de estas líneas. Ya sé que no se puede elevar un hecho aislado a la definición de la juventud de nuestros días. Hay miles y miles de actuaciones de jóvenes no solo generosas sino heroicas. Pero este es un hecho que nos obliga a la reflexión y a la revisión de las prácticas educativas de la familia y de la escuela
El hecho recorre todos los pasos de una acción repugnante: saña para seleccionar a la víctima, premeditación para elegir el lugar y la hora, perseverancia para dedicar cuatro minutos a la quema del cabello, grabación cuidadosa de las imágenes y difusión de las mismas en las redes. Hay que tener el corazón de piedra para ensañarse así durante tanto tiempo con alguien que debería despertar pena y no crueldad, compasión y no desprecio.
Se trata de un caso de aporofobia, palabra que procede del griego antiguo, combinando «áporos» (pobre, sin recursos, desvalido) y «phobos» (miedo, temor, aversión), y que significa odio al pobre y describe el rechazo, el miedo y la hostilidad hacia las personas sin recursos por el hecho de serlo. El término fue acuñado por la filósofa Adela Cortina en 1955.
La aporofobia surge de la creencia de que los pobres no tienen nada que ofrecer, se basa en prejuicios que los asocian con el fracaso o la falta de voluntad, y se ve alimentada por la disonancia cognitiva (incomodidad ante la pobreza), sesgos ideológicos (meritocracia), falta de contacto, discursos de odio en medios y redes, y un sistema que perpetúa la desigualdad, generando miedo a estar en esa situación y culpando al individuo en lugar de a la estructura.
Me preocupa, me asombra, me indigna, me duele esta falta de compasión hacia las personas pobres, esta insensibilidad extrema, esta tremenda crueldad que conduce a la ridiculización y al hostigamiento.
Hay tres sentimientos cuya ausencia es clamorosa en el comportamiento de estos chicos. El primero es el sentimiento de respeto. Mi querida amiga Karina Kaplan, que trabaja en la Universidad de Buenos Aires, me ha regalado y dedicado hace unos días su libro ‘La afectividad en la escuela’, un libro que he leído con avidez porque me interesa mucho el tema sobre el que trata. Dice la autora: «El sentimiento de respeto se conforma mediante una red de relaciones de reciprocidad. Respetarse, ser respetado y respetar son los hilos del tejido social. Cuando alguien se siente respetado logra gozar de miramiento, es decir hacerse ver, mostrarse en la esfera pública y ser considerado como un ser autónomo y, a la vez, como un miembro de un mundo común».
Y añade seguidamente: «Es evidente que en nuestras sociedades el respeto es un bien simbólico escaso y distribuido desigualmente conforme a la valoración que la sociedad otorga o quita a ciertos individuos o grupos. Es evidente que la estima social aparezca como una relación asimétrica».
Para estos jóvenes, el indigente al que queman el pelo entre risas no merece el más mínimo respeto. No tiene la condición de persona respetable. Un error garrafal porque ese hombre pobre (no por ello pobre hombre) goza de la misma dignidad que cualquier otro ser humano, sea Rey, Papa, ministro o Premio Nobel. ¿No lo saben los agresores? Puede que lo sepan, pero les importa un bledo.
El segundo sentimiento que brilla por su ausencia es el de empatía. El año 2017 tuve el honor de prologar el libro de Andrea Giráldez y Emma-Sue Ponce titulado ‘Habilidades para la vida. Aprender a ser y a convivir en la escuela’. Las autoras dedican el capítulo 6 a la empatía. El término fue acuñado en 1909 por Edward Titchener. Literalmente significa ser capaz de meterse en la piel del otro, de sentir lo que la otra persona siente.
«Cuando desarrollamos la empatía, dicen las autoras, podemos imaginarnos a nosotros mismos en los zapatos del otro, e incluso experimentar de manera vicaria sus emociones. Pero el ser empático va aun más allá, puesto que la empatía resulta de una compleja mezcla de emociones, tales como la curiosidad, el autocontrol, la sensibilidad, la conciencia, la vulnerabilidad, el respeto, el aprecio e incluso el amor».
No cabe duda de que los jóvenes agresores de David (así se llama la víctima) carecen de ese sentimiento. No es que no sean capaces de meterse en la piel de su víctima, es que esa posibilidad les parecería un ridiculez.
El tercer sentimiento del que carecen estos chicos es la compasión. José Antonio Marina y Marisa López Penas publicaron en el año 1999 un libro titulado ‘Diccionario de los sentimientos’. He acudido a él muchas veces para orientarme en ese complejo universo.
El sentimiento de compasión tiene como desencadenante el dolor de otra persona, el malestar que nos produce el sufrimiento ajeno.
«La persona cruel, dicen los autores, no solo es insensible al sufrimiento ajeno sino que además lo produce. Se puede ser cruel buscando la eficacia, sin complacerse en el dolor ajeno simplemente supeditándolo a otras finalidades: la venganza (saña), el escarmiento, el terror. La historia de la humanidad está llena de estas crueldades utilitarias. La crueldad presenta el refinamiento de la especie humana en la producción del dolor».
Es evidente que el comportamiento de los protagonistas de nuestra historia han mostrado una crueldad planificada y reiterada sobre una víctima que nada les había hecho y que, de forma más que evidente, mostraba signos de pobreza y de completa indefensión.
No había más utilidad en su acción que la diversión.
Cuando suceden hechos de esta naturaleza pienso que la educación ha fracasado. Sé que, además de la escuela, hay en la sociedad influencias perniciosas. Ya sé, además, que existe el libre albedrío y que las personas pueden, haciendo gala de su libérrima voluntad, desoír cualquier consejo, recomendación o mandato. Podemos encontrarnos con la sorpresa de que los dos jóvenes pirómanos sean hijos de personas sensibles y responsables y que en su escuela trabajen profesores comprometidos y ejemplares.
Pero no me gusta explicar estos hechos así. Porque el resultado de hacerlo conduciría al conformismo y a la resignación. Pienso que es preferible reflexionar sobre el fracaso que supone que nuestros hijos y alumnos se comporten de una manera cruel.
Prefiero pensar que podemos hacer otras cosas, entre las cuales estaría el desarrollo en las escuelas de un buen plan de educación emocional. Un plan ambicioso, colegiado y sistemático en el que trabajemos estratégicamente la formación de personas respetuosas, empáticas y compasivas.
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