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Opinión | Tribuna

Perdido en el bosque de la risa

Lo cierto es que la risa es indomable por su vinculación al lenguaje del cuerpo y se gesta en un ámbito amoral, «más allá del bien y del mal»

El «buen humorista», afirma Gamper, es más gracioso que el «humorista bueno».

El «buen humorista», afirma Gamper, es más gracioso que el «humorista bueno». / efe

Así es cómo me siento. Como el jockey perdido del cuadro de René Magritte de 1926 que simplificara en la versión de 1948. Cabalgando con su fusta entre una maraña descarnada de árboles esquemáticos con un tronco propio de figuras de ajedrez y pentagramas tatuados en su pálida piel. Curiosamente, es la risa y su naturaleza escurridiza, boscosa y poliédrica la causa de mi desazón conceptual.

Magritte se propuso «hacer visible el pensamiento», pensar con la pintura, porque «los objetos visibles pueden ser invisibles». Así sucede en su obra de 1965 -que me recuerda en algunas cosas el sello galante y elegante de Sandro Botticelli- titulada ‘Firma en blanco’. Aquí, una jinete «oculta los árboles, y los árboles la ocultan a ella», «Pero –añade el artista- nuestro intelecto comprende ambas cosas, lo visible y lo invisible».

¿Puede aclararnos algo la filosofía en este contexto para mitigar la sensación de pérdida? ¿Puede mediar en esta dura pugna entre la realidad y las apariencias en el bosque de la risa? Tal vez pueda tener un efecto terapéutico al «enseñar a la mosca la salida del mosquitero», como escribe el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein en el parágrafo 309 de sus ‘Investigaciones Filosóficas’. Quizá pueda reparar abolladuras del entendimiento, mostrar la salida, eliminar esos malentendidos que convierten el bosque luminoso y vivo en un escenario nocturno espectral, minado y pantanoso. Magritte opta por crear un mundo de ensoñación, en el que la noche se cierne sobre los espacios habitados que, habitualmente, disfrutan de la luz.

La reflexión sobre la risa, de la que me he ocupado ya en otros artículos, parece un asunto privado, tan enmarañado y difícil como la naturaleza de lo bello, pero trasciende este ámbito solitario cuando descubrimos que también tiene una dimensión social y es una fuente de conflicto moral. Por otra parte, como nos recuerda Hans Blumenberg en su libro ‘La risa de la muchacha Tracia: una protohistoria de la teoría’, la filosofía comienza su andadura histórica, precisamente, con un chiste sobre filósofos: Tales de Mileto camina mirando el cielo, intentando desentrañar sus secretos. Como no mira por dónde pisa cae en un pozo. La doncella tracia que acompaña a Tales en el paseo se ríe a carcajadas con la escena. Y es que, como dice Hegel, «el filósofo camina con la cabeza».

En esta historia, el efecto cómico se produce por la presencia de lo ridículo. Puede ser una persona, un artefacto, un ser natural no humano, una acción, una situación, creencias, ideas… La filósofa Agnes Heller se pregunta en ‘La comedia inmortal’ (2005), ¿quién o qué es ridículo en la historia de la caída de Tales? Hay tres combinaciones posibles: el filósofo, por estar pensando en cosas universales, sin ceñirse a lo particular; la doncella tracia, por burlarse de Tales, cuando ella es incapaz de ver otra cosa que no esté delante de sus ojos; pero la razón también se puede burlar de sí misma. Por otra parte, Aristóteles afirma que la burla se produce, por la aparente inferioridad de aquello de lo que nos reímos: lo ridículo es un error o deformidad «que no produce dolor o daño a otros» (Poética, V), como sucede con una máscara que esboce un gesto grotesco. Pero, ¿qué pasaría si lo que nos hace reír generase dolor o nos ofendiera a nosotros o a los demás? ¿habría que censurarlo? ¿en qué medida esta censura atenta contra nuestra libertad de expresión o pensamiento? ¿todas las ofensas son equiparables en intensidad, frecuencia y duración? Como pueden comprobar, el debate sobre los límites de lo cómico hunde sus raíces en reflexiones muy lejanas en el tiempo.

Voy a resucitarlas, con su permiso, de la mano de Daniel Gamper, profesor de Filosofía moral y política en la Universidad Autónoma de Barcelona, gracias a su libro ‘De qué te ríes. Beneficios y estragos de la broma’ (2023). Para Gamper, la risa tiene una función social, política y comunicativa, es un «juego del lenguaje». Es una experiencia en la que se funden cuerpo y alma y, al ser compartida, es capaz de generar opiáceos en nuestros cerebros sin necesidad del contacto físico, facilitando el orden social y hasta la paz en el comercio. ¿Cuáles son sus reglas? «La correcta ejecución de la sonrisa, la risa y la carcajada, la disposición a dejarse contagiar proporcionadamente por la risa ajena o la contención de sonrisas inadecuadas son hábitos ciudadanos de domesticación de la risa», afirma Gamper. Por otra parte, como suscribirían Wittgenstein o Milan Kundera, en ‘La broma’ (1967), el humor no es solo un estado de ánimo deseable, porque es fundamentalmente una actividad o forma de vida que entraña una concepción del mundo. Una cosmovisión que muere fácilmente a manos del fanatismo en los regímenes totalitarios o bajo el imperio del mercado y su banalización de los productos culturales. De ahí que el sueño de Salman Rushdie sea recuperar la «ligereza», la levedad, la flexibilidad de la que hablara, ya a principios del siglo XX, el filósofo francés Henri Bergson. Hay que hacer un esfuerzo para volver a reír tras los efectos devastadores de la estupidez y la violencia.

No obstante, muchos son los que siguen abogando por un férreo control de la risa y del humor, a pesar de que Occidente ha hecho de la libertad de expresión uno de sus estandartes históricos. Como lenguaje que es, la risa puede discriminar o ser insultante y hacer que se ofenda el que pisa la cáscara de plátano y cae al suelo. Puede producir «dolor o daño a otros». Entonces, ¿debemos prohibir la risa que nos provoca individualmente y que, en muchas ocasiones, compartimos con los demás? Aunque la educación intenta introducir disciplina en nuestras risas para evitar el escarnio de la víctima, señalándonos el camino de lo correcto, lo cierto es que la risa es indomable por su vinculación al lenguaje del cuerpo y se gesta en un ámbito amoral, «más allá del bien y del mal» o resulta incluso satánica, a decir de Baudelaire. En definitiva, el «buen humorista», afirma Gamper, es más gracioso que el «humorista bueno».

Freud y Darwin defienden que la risa auténtica, la que es indomable, es una manifestación involuntaria del cuerpo, espontánea, incontenible, próxima a la sexualidad, transgresora de la prudencia y la recta razón. Es una poderosa risa-pasión imposible de contener sin represión. No podemos obviar aquí la paradoja que encierra la vida social, según Freud. No debemos reprimir nuestras pulsiones, nuestras motivaciones indomables –como las que producen la risa-, si no queremos enfermar, pero la vida social exige, por otro lado, la represión de estas motivaciones inconscientes indiscriminadas para garantizar la convivencia. Por eso es fácil sentirse como el ‘jokey perdido’ del cuadro de Magritte.

Pero la risa también se puede desencadenar de modo voluntario, nos podemos reír porque queremos. Es un lenguaje que empleamos para significar algo de modo intencionado y por este motivo, podemos decidir no hacer uso de sus satánicos poderes cuando descubrimos que no resulte ser aceptable socialmente, por ejemplo, cuando convierte a los demás en víctimas. Podría suceder, como señalaba Bergson, que la risa sea un gesto social (que pretende intimidar humillando) y un mecanismo de adaptación, que revela la existencia en nuestra humana condición de un cierto fondo de maldad.

Y, por si fuera poco, la sonrisa está en venta, forma parte de un sofisticado entramado industrial. «Hoy, las pantallas siembran entretenimiento y cosechan carcajadas –escribe Gamper-. Estas risas masivas, electrónicamente difundidas, son melodías para cualquier ideología: ríen los fascistas y ríen los buenistas. La libertad de expresión es colonizada por lo provocativo y lo abyecto. El pensamiento se hace caricatura y se mercantilizan las bromas».

En cualquier caso, y a pesar de mi discurso ambivalente, les confieso que comparto con el autor de De qué te ríes y con Aristóteles, una especie de utopía de la risa libre, «en donde se alentaran solo burlas y chistes de los que todas las personas pudiesen reír, incluso si fuera ellas las ridiculizadas. Una risa horizontal que no excluyera a nadie: todos reirían y todos serán objeto de risa alternativamente». Frente a las risas virales o industriales, que son risas programadas, enlatadas, falsas e inconscientes, conviene saludar con cariño el advenimiento futuro de una risa horizontal, consciente, republicana y transformadora.

¿Quién o qué es ridículo en la historia de nuestros propios tropiezos en la vida? ¿El que desdeña su realidad inmediata por estar pensando en cosas universales? ¿Las doncellas o los zagales que se burlan de los que son incapaces de ver otra cosa que no esté delante de sus ojos? Lo cierto es que la razón también se puede burlar de sí misma, de lo visible y lo invisible.

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