Opinión | Tribuna
Al abrigo de los clásicos
Lo más importante es tener buenos motivos para pensar, ya por la mañana, sacudiéndonos la basura onírica y dejando a un lado las tediosas preocupaciones

El cantante y compositor Robe Iniesta. / efe
Fue la última decisión del día. Exhausto, al constatar que mi cuerpo se asemeja actualmente al de un odre viejo tras un acertado tratamiento oncológico y que mis pellejos de Rocinante jubilado podrían atraer peligrosamente a un Blade Runner ocioso, falto de fuerzas tras limpiar concienzudamente las estanterías del salón en la que reposan mis libros y discos más queridos, y tras una cena frugal, pero nutritiva, estaba yo en la antesala del descanso que nos proporciona el reino de Hipnos, dulce hijo de la Noche. Y ahora, ¿qué leo antes de dormir? ¿Leen ustedes antes de dormir? Es escaso el tiempo que suelen durar estas lecturas, pero facilitan el reposo y me suelen obsequiar al despertar el regalo de iluminarme con motivos para pensar. Ya saben que soy muy raro y aficionado a aventuras sedentarias, pero «el mundo me hizo así», como cantaba Jeanette, aunque no me falten ni el amor ni la escucha de la amistad, como a la entonces joven rebelde.
Tampoco me faltaron en las tareas higiénicas ni las ‘Variaciones Enigma’ de Elgar, ni el ‘Stabat Mater’ de Pergolesi ni las canciones para bajo y piano de Shostakovich. Y es que el deber, a la sombra de los clásicos, parece pan comido. No olviden que Borges, el gran bardo argentino, dejó dicho, entre otras cosas: «la duda es uno de los nombres de la inteligencia» y «siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca». Cicerón apostilló, antes de tiempo, que nada nos faltaría si la biblioteca nos diera acceso a un jardín. Podemos encontrar en este entorno, susurraba Virginia Woolf, multitud de «tesoros hundidos». Por su parte, el filósofo Santiago Alba Rico proclamó en una lúcida conferencia que escuché en Málaga hace años, rodeado por el profesorado que, como yo, hacía funciones de bibliotecario en su centro de trabajo, que tenía un sillón en su casa de Túnez, a medio camino entre el despacho de escritor y el laboratorio de la cocina. En este sillón se dedicaba a leer, sin más pretensiones. Nos dijo que estaba leyendo en ese momento de mediación vital ‘El origen de las especies’ de Charles Darwin. Por puro placer, añado yo.
Lo más importante es tener buenos motivos para pensar, ya por la mañana, sacudiéndonos la basura onírica y dejando a un lado las tediosas preocupaciones. Estas últimas, nos suelen atrapar en un pasado o un futuro nada deseables, como las nuevas ocurrencias de Trump para controlarnos como si fuera Xi Jinping o Vladímir Putin en sus mejores horas o censurarnos por escribir con letra ‘Calibri’ por su cercanía al pensamiento woke. Además, no me gustaría que me espetaran, a estas alturas de la vida, tras un finísimo reconocimiento facial vía satélite, las palabras que cantaba Jorge Mª Martínez García (Jorge Ilegal): «Hola mamoncete, qué haces por aquí/ ¿Buscas algo que comprar? (…) Con su mano en el arma espera/ en la entrada del bar./ No le importa si es bueno o malo./ El mercado no da para más». Por el contrario, es bueno recordar lemas felices, como el del filósofo y escritor Fernando Savater: «piense usted lo que quiera, pero piénselo». Aquí está el secreto para una buena inmersión en busca de jugosos tesoros hundidos.
En mi mesita de noche me esperan, aparentemente, fruto del azar, el diálogo ‘Ión’ de Platón, el libro ‘Amores’ de Ovidio, los ‘Sonetos’, las ‘Canciones’ y las ‘Églogas’ de Garcilaso de la Vega, y la colección de ensayos breves ‘Instrucciones para olvidar el ‘Quijote’ de Fernando Savater. Platón ocupó en la mesita el lugar trágico de la ‘Electra’ de Sófocles, tras la llegada justiciera de Orestes, junto con Garcilaso, un compañero inesperado. ¿Inesperado? ¿Es que no está presente Platón en las páginas del poeta castellano amigo de Boscán?
¿Por qué estoy leyendo a Garcilaso? Sus versos me atraen por su musicalidad, por la línea melódica, más que por su contenido. Hay musicalidad de la buena también en los ‘Amores’ de Ovidio y su relato sobre el deseo contenido, la tristeza del desamor y la sublimación de los males de este valle de lágrimas a través de la pulsión amorosa también tiene mucho que ver con los versos de Garcilaso. Tanto, que estoy pensando convertir en un poema su línea argumental. ¿Será fruto de la ‘sincronicidad’ que menciona el psicoanalista Carl G. Jung e inspiró aquel colorido vinilo de los Police (1983)? A mi me gusta pensar que todo esto es fruto del crudo azar. Mientras tanto, me dejo seducir por la oposición entre el pensamiento racional (la inteligencia o noûs) y el arrebato o entusiasmo inspirado del poeta, abducido por el poder cósmico, gracias al diálogo juvenil de Platón. ¿Es verdad que el pensamiento racional supera al conocimiento que nos aporta la poesía?
Savater comparte actualmente la intimidad de mi dormitorio gracias a la generosidad de mi amigo, el filósofo, poeta, escritor, comisario artístico y gestor cultural Sebastián Gámez Millán, quien me regaló aquel libro lleno de ráfagas de perspicacia y ambición intelectual en 2022. Savater nos recuerda que ‘El Quijote’ es, sobre todo, un libro de humor. Lo que pasa es que ya no nos reímos igual que en el Siglo de Oro y se nos escapa el sentido de los chistes. Rescata asimismo el valor del testimonio de enciclopedistas libertinos como Diderot y las tribulaciones de Fausto, entre otras reflexiones rápidas pero profundas.
Por cierto, el libro de Sebastián Gámez ‘100 filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos’(2016) es, ante todo, una enorme «casa de citas». Nos ofrece una acertada selección de cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos, desde la antigüedad hasta el momento presente, a través de imágenes potentes de los protagonistas, una no menos acertada descripción minimalista de sus aportaciones en el título, una cita breve y significativa, en cursiva y certera, procedente de sus obras e intercalada en el centro del texto, y una exposición sintética, rigurosa, cercana y amable de la vida y milagros de cien arquitectos de la cultura hispánica procedentes del mundo de la filosofía, la ciencia y la literatura. Es una obra, sobre todo, para curiosos y mirones ilustrados, a la medida de Montaigne y a la altura de la mirada aristocrática y penetrante del poeta Octavio Paz. Se trata de un libro mosaico, a la vieja usanza, con ilustraciones. Y comparto el espíritu de aquellos que, como el profesor Gámez, siguen el imperativo de escribir libros con espíritu enciclopédico para que no se pierda lo que sabemos, para que la máquina y los artefactos no consigan borrar de un plumazo los latidos del humanista.
Para finalizar, me atrevo a derribar las barreras del verso para ofrecerles aquí el texto del poema ‘El tigre’ (1794), obra del genial artista romántico William Blake (en la versión castellana del poeta Luis Cernuda de 1929) como si se tratase de prosa poética. La trama de la serie televisiva con solera ‘El Mentalista’ (2008), testigo de mi cena como banda sonora y visual, tiene mucho que ver con el primero de sus versos, citado explícitamente por algunos de sus personajes. Para que vean que las pantallas no son siempre malignas y nos condenan sin piedad a la alienación o al olvido de los clásicos. ¿Seguimos inmersos en la tópica lucha entre el bien y el mal? ¿La acción del Creador incurre en contradicciones serias, visto el resultado final? ¿Dios es, en realidad, una proyección del ser humano? Dice así:
«¡Tigre, tigre, que ardes brillante en los bosques de la noche! ¿Qué mano u ojo inmortal pudo idear tu temible simetría? ¿En qué distantes abismos o cielos ardió el fuego de tus ojos? ¿Con qué alas osó elevarse? ¿Qué mano osó apoderarse de ese fuego? ¿Y qué hombro, y qué arte, pudo retorcer los nervios de tu corazón? Y cuando tu corazón comenzó a latir, ¿qué temible mano, qué temible pie? ¿Qué martillo? ¿Qué cadena? ¿En qué horno se forjó tu cerebro? ¿Qué yunque? ¿Qué temible presa osó sujetar tus terrores mortales? Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas y regaron el cielo con sus lágrimas, ¿sonrió al ver su obra?
¿Quien hizo al Cordero te hizo a ti? ¡Tigre, tigre, que ardes brillante en los bosques de la noche! ¿Qué mano u ojo inmortal osó idear tu temible simetría?»
Piensen lo que quieran sobre este poema, pero, sobre todo, que piensen. A ser posible, escuchando el estribillo de la canción ‘Cuarto Movimiento: la Realidad’ que cantaba Robe Iniesta con Extremoduro: «Buscando mi destino,/ viviendo en diferido,/ sin ser, ni oír, ni dar./ (…) Y a cobro revertido, quisiera hablar contigo/ y así, sintonizar». ¿O, tal vez, «sincronizar»? Y entonces, me dormí.
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