Opinión | El ruido y la furia
Noche de invierno
El invierno llega con su noche más larga y un día breve, evocando la melancolía y el paso inexorable del tiempo, transformando la luz y el paisaje

Siempre he pensado que es mejor no creer en el invierno / l.o.
Llega, con su noche más larga, con su día tan chico, el invierno. Siempre hablo del invierno como de un extranjero. Sé que tiene la boca gris, como la piedad, y unas manos menudas de las que se cae la luz torpemente.
De niño no me parecían tan largos los inviernos. Cada sol era el umbral del verano y yo lo recibía cantando. Ahora parece que llueve dentro de todo, la luz toma color de agua profunda y me atiere.
Justo cuando había hecho raíces en la claridad se nos ha agotado el otoño. Ha dejado minúsculas marcas en lo que ha rozado, no sé si un cierto modo de silencio o una determinada templanza fácil de olvidar. Ha sido un otoño pequeño, en prosa, con una firme vocación de árbol náufrago que muere en la orilla. Y de pronto, como un poniente que ha olvidado la tarde y deshace en el mar los azules, los tactos, la esperanza, así, como una ceguera repentina, llega la primera noche del invierno, la del solsticio, la que “detiene el sol” para hacerse interminable, para recordarnos que todo ha de morir para poder renacer, así es el ciclo.
Siempre he pensado que es mejor no creer en el invierno. El invierno imita el dolor con su mano sobrecogida que todo lo abre al olvido, pero tiene la lengua fría y no conoce el nombre blanco del tiempo. Es mejor no creer en el invierno, en su copiosa forma de silencio. El invierno es un laberinto de vientos, de intimidades, una urna que guarda un cielo de tiza. Una luz que palpita sobre la lenta resaca del mar.
Conozco esa penumbra, como conozco también el dolor rojo del hierro y los relieves siena del tiempo. En la desgana de la tarde he visto cómo cada día cae al fondo de los días. Y sé también de la plenitud del olvido, y que acaso por eso en invierno pierde el mar la gracia del mar, y que la vida, cordial veneno, cree en la venganza.
En el amanecer del invierno me pregunto qué edad tiene esta luz, en qué mañana su latido cóncavo dio el primer latido al tiempo. Ahora mismo, mientras escribo, está construyendo el azul temprano, tímido aún, del mar, y tiembla, aterida, como un puñado de ceniza. Se hará vieja en otra parte, no volverá. En el umbral de otro invierno se hará sombra en otras manos.
Esta es toda mi herencia. Un reloj que no se distrae, unas viejas palabras, unos compases extraviados, una memoria azul, como solo algunos pájaros son azules, y el mar doliéndome en la piel, pegado a mí, recién estrenado el invierno.
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