Opinión | El adarve
El globo del supuesto niño paquistaní
Aún nos queda un largo camino que recorrer para incorporar al sistema educativo profesionales preparados en aquellas competencias que son específicas de la profesión docente

Llegada de inmigrantes a las Islas Canarias. / agencias
Hace unos días viajé a la ciudad de Valencia para participar en unas interesantes jornada que organizaba el profesor Juan García Rubio, autor del libro “Disfrutar con plenitud de la profesión docente”, que he tenido el honor de prologar. Asistían a la jornada ciento cincuenta alumnos y alumnas del Máster que prepara pedagógicamente a los futuros profesores y profesoras de Secundaria.
Importante tarea la de este Máster ya que para ser un buen profesor no basta con dominar los conocimientos de la disciplina que se imparte, por muy importante que esto sea. Como es sabido, al terminar el Grado, algunos deciden dedicarse a la docencia y, para poder hacerlo, hoy es obligatorio cursar este Máster que tiene una parte teórica y otra práctica. Algo hemos avanzado porque antes tenían que realizar el CAP, que yo calificaba de curso de capación (no de capacitación) pedagógica. Alguien impartía una conferencia en la que se veía claramente cómo no había que proceder para enseñar algo. Creo que aún nos queda un largo camino que recorrer para incorporar al sistema educativo profesionales preparados en aquellas competencias que son específicas de la profesión docente.
Comenté en mi intervención, que llevaba por título “Enseñar o el oficio de aprender”, título a su vez de uno de mis libros, que había que desmontar algunos mitos y errores sobre la profesión docente: para enseñar basta tener conocimientos de la materia, la enseñanza causa el aprendizaje, el profesor nace y no se hace, los alumnos solo aprenden aquello que se les pretende enseñar, hay formas inequívocas de saber si el aprendizaje se ha conseguido, hay formas inequívocas de saber por qué el aprendizaje no se ha coproducido…… Hablé sobre la importancia de los motivos que les han impulsado a tomar la decisión de dedicarse a la docencia, sobre las competencias que debe tener quien se dedica a esta tarea, sobre las estrategias de mejora de la práctica y las dificultades institucionales y personales que dificultan esa mejora.
Defendí la necesidad de una formación exigente y de una selección que debería llevar a los mejores ciudadanos y ciudadanas de un país a realizar una tarea tan difícil, importante y arriesgada como es la educación de los adolescentes. Les hablé de algunas experiencias ejemplares. Pensé hablar de una de ellas en un libro que nunca llegué a publicar y que se iba a titular “Luces y sombras de la educación en Cuba”, después de pasar un mes en la isla estudiando el sistema educativo. Una de las luces era esta.
Un joven que desease ser profesor de Química, por ejemplo, debía encaminarse a la Facultad de Química pero, si su deseo era dedicarse a la enseñanza de la Química, debía inscribirse en el Instituto Pedagógico de Química. Allí aprendería Química, como es obvio, pero también Psicología del Aprendizaje, Sociología de la Educación, Evaluación Educativa, Pedagogía inclusiva… Y allí haría unas prácticas largas e intensas, cuyo último año exigiría hacerse cargo de un curso de estudiantes de Química, contando con la asesoría de un tutor del Instituto Pedagógico de Química y otro de la escuela donde estaba su aula. Y, lo que es más importante: para acceder a la Facultad de Química se exigen 92 puntos pero, para entrar en el Instituto Pedagógico hacía falta tener 98 puntos. Los mejores, a la enseñanza.
Cuando me desplazaba en taxi desde la Residencia Universitaria donde me alojaba hasta la Facultad de Formación del profesorado, entablé conversación con el taxista que llegó a recogerme. Me dijo que su nombre era Mohamed. Me gusta hablar con los taxistas. He aprendido muchas cosas en esas conversaciones. En el corto trayecto me contó que había llegado a España hacía catorce años desde Paquistán, que estaba afincado en Mislata, localidad en la que nació su hijo y que trabajaba en el taxi hacía ya muchos años.
Le pregunté qué pensaba sobre los planteamientos de Vox sobre la inmigración. Se sonrió de forma triste. Expresé mi discrepancia con los postulados de Vox sobre la inmigración y los inmigrantes. Le pedí perdón por la agresión infundada que supone identificar inmigración con delincuencia. Él era un magnífico caso de ciudadano ejemplar. Él realiza un trabajo, cotiza a la Seguridad Social, habla castellano con soltura, respeta las leyes de tráfico… ¿Por qué ese juicio tan gratuito? ¿Por qué ese rechazo tan irracional? ¿Por qué esa postura tan hostil? ¿Por qué ese odio?
En un momento de la historia en el que caen las fronteras y nos sentimos ciudadanos del mundo, ¿por qué algunos se empeñan en elevar muros y cerrar puertas? El mundo es de todos. Muchos inmigrantes vienen huyendo de la guerra, de la opresión, de la hambruna, arriesgando su vida en viajes llenos de miedo y de desesperación. Dejan atrás a sus familias, sus raíces, su cultura, su lengua, No vienen a quitarnos lo nuestro, vienen a compartirlo. A cambio de su trabajo, de su esfuerzo, de su angustia, de su soledad. Nadie lo hace por capricho, lo hace por necesidad. No vienen a delinquir, vienen a sobrevivir. Además, en este país, necesitamos millones de inmigrantes que realicen tareas en la agricultura, en la construcción, en la salud, en la enseñanza… Hace falta mano de obra para sacar adelante la economía.
Algunos cometen delitos, como sucede con las personas autóctonas. Y esos delitos son perseguidos y castigados. Eso no quiere decir que vengan a delinquir. ¿Quién es capaz de detectar esa actitud delictiva con el rigor necesario para prohibir a alguien la entrada en el país?
Mohamed me contó una historia que nunca olvidaré. Cuando se celebraron las últimas elecciones generales, los partidos políticos montaron en Mislata tiendas en las que repartían globos de diferentes colores. El PP repartía globos azules, el PSOE globos rojos y Vox entregaba globos amarillos. Da igual el color. El caso es que su hijo de cuatro años se acercó al puesto de Vox para pedir un globo y la persona que los repartía, al ver el color de su piel no se lo quiso dar. No le regaló un globo al supuesto niño inmigrante, aunque fuera un niño tan español como él. Me pareció un gesto tan cruel, tan miserable, tan injusto que le prometí que lo iba a contar en este espacio.
Hay que tener un corazón de piedra para negarle un globo a un niño que quiere jugar, a un niño que se acerca confiado a un adulto de su país que reparte globos. Ese niño no podría entender la explicación de por qué él no puede tener un globo como otros niños que lo reciben, de la misma manera que no podría entender por qué no pueden jugar las personas que reparten globos de diferentes colores, aunque sí pueden jugar quienes los reciben.
¿Qué pensaría ese niño de la negativa? Imagino su decepción, su desconsuelo, su tristeza. ¿Por qué no puedo yo recibir un globo? ¿He hecho algo malo? ¿No lo merezco? ¿Qué tienen los demás niños que yo no tenga? Dada la edad del niño, es probable que el padre le acompañase y que su presencia afianzase la decisión de la negativa. ¿Qué sentiría el padre ante la decepción de su pequeño? ¿Cómo vivió ese desprecio, esa crueldad, esa discriminación?
Me contó Mohamed que llevó a su niño a una tienda donde le compró globos de diferentes colores. Es probable que su hijo se fuese a jugar a la plaza donde se repartían los globos contaminados de la discriminación.
Si esto pasa con un globo, ¿qué sucederá cuando se trate de un trabajo, una ayuda, una visita médica, un pupitre escolar o el alquiler de un piso? Si ese niño no merece un globo, ¿cómo va a merecer otras cosas mucho más caras?
La xenofobia es una lacra de la sociedad.
Porque encierra odio, recelo, hostilidad y rechazo hacia los extranjeros. La palabra también suele utilizarse en forma extendida con la fobia hacia los grupos étnicos diferentes o hacia las personas cuya fisonomía social, cultural y política se desconoce. La xenofobia se nutre de la ignorancia. Me sorprende la obstinación de quienes se empeñan en considerar delincuentes a quienes llegan de otros países. Las estadísticas lo desmienten. A pesar de ello mantienen sus tesis insidiosas. La xenofobia tiene también componentes de odio, de animadversión, de rechazo, sin que esos sentimientos tengan una justificación lógica.
Les dije a los futuros profesores y profesoras de Secundaria que una de las competencias que deberían adquirir para desempeñar con éxito su decisivo oficio eran las competencias relacionadas con la ética, con la ejemplaridad, con el desarrollo emocional. Competencias que tienen que ver con los principios, los comportamientos y las actitudes que se necesitan para formar ciudadanos y ciudadanas capaces de construir una sociedad justa, solidaria, e inclusiva. Una sociedad en la que todas y todos podamos vivir felizmente.
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