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Opinión | La vida moderna merma

Meliá y el turismo que suma

Que abra un hotel en Málaga es, sencillamente, una buena noticia. Así, sin matices previos ni disculpas posteriores. Yo soy un firme defensor de los hoteles. Me gustan. Creo en ellos

Meliá y el turismo que suma

Meliá y el turismo que suma / L.O

La apertura de un hotel siempre debería celebrarse. Digo siempre y lo digo sin complejos, aunque alguno ya esté afilando el colmillo ideológico mientras lee estas líneas. En Málaga, además, parece casi un acto de rebeldía decirlo en voz alta. Vivimos tiempos en los que todo lo que huela a turismo se mira con sospecha, se señala con el dedo y se coloca directamente en la diana de todos los males: la vivienda, la gentrificación, la pérdida de identidad, el apocalipsis urbano y, si te descuidas un poquillo, hasta el cambio climático.

Por eso escribo hoy. Porque frente al ruido, conviene pararse a pensar. Y porque la reciente apertura del ME Málaga, de la cadena Meliá, en plena calle Victoria, en la Plaza de la Merced, es una noticia excelente. Y lo es por muchos motivos. Muchísimos. Tantos que cuesta entender por qué algunos se empeñan en leerla como si fuera una tragedia griega.

Empecemos por lo básico: que abra un hotel en Málaga es, sencillamente, una buena noticia. Así, sin matices previos ni disculpas posteriores. Yo soy un firme defensor de los hoteles. Me gustan. Creo en ellos. Y, más aún, creo que son el futuro de las ciudades que quieren convivir con el turismo sin morir en el intento. Frente al modelo desordenado -y a menudo injusto- de las viviendas turísticas, los hoteles juegan en otra liga. No “roban” viviendas a los ciudadanos, no convierten pisos familiares en alojamientos de quita y pon, no entran en conflicto directo con el parque residencial. Son otra cosa. Otra lógica. Otro modelo.

Ojo, que no demonizo las viviendas turísticas. Tienen derecho a existir, como lo tiene casi todo en una sociedad libre y bien regulada. Pero comparar su impacto urbano con el de un hotel es, como poco, intelectualmente deshonesto. El hotel nace para eso. Para alojar viajeros. No para competir con quien busca una vivienda para vivir. Y ese matiz, que parece menor, es en realidad fundamental.

Pero si además el hotel que abre es de cinco estrellas, el motivo de celebración se multiplica. Málaga es una ciudad top. Lo decimos mucho y lo creemos bastante. Cultura, gastronomía, museos, clima, calidad de vida, proyección internacional… Todo eso lo tenemos. Lo que no teníamos -o teníamos a cuentagotas- era una oferta hotelera de gran lujo acorde a ese relato. Durante años hemos sido una ciudad de primera con camas de segunda. Y eso, poco a poco, se está corrigiendo. Y cada nuevo cinco estrellas es un paso más en esa dirección.

Porque el turismo de alto nivel no es solo una cuestión de precios, sino de comportamientos. Llega un público más selecto, normalmente más educado, que gasta más dinero y, sobre todo, lo gasta mejor. Y aquí conviene aclarar algo y es que el dinero vale igual venga de quien venga, por supuesto. Pero no tiene el mismo impacto que se quede en la ciudad o que se evapore en grandes superficies. No es lo mismo desayunar en una cafetería que comprar el agua y las galletas en un hipermercado para consumirlas en el apartamento. Ambas opciones mueven euros, sí, pero solo una fortalece el tejido local.

Otro motivo de alegría es que el hotel sea de Meliá. Y esto no es postureo patriótico -o sí-, sino una constatación. Meliá es una firma con historia, con solera, con apellido propio. Una empresa de origen español que ha sabido construir una marca global sin perder su identidad. Por eso estoy totalmente convencido de que una compañía así apueste por Málaga no solo es una buena noticia económica, sino también simbólica. Es marca España bien entendida. De la buena. De la que no necesita banderas gigantes ni discursos huecos.

A mí, además, me gustan los Meliá. Especialmente el Hotel Colón Sevilla, que es una joya en todos los sentidos. Desconozco cómo es el ME Málaga por dentro; no he tenido el placer de pernoctar en él. Pero no me hace falta para tener claro que su presencia mejora la ciudad. Eleva el nivel, ordena el turismo, dignifica la oferta y manda un mensaje claro: Málaga juega en primera.

Y todo esto ocurre, además, en un entorno tan sensible y simbólico como la Plaza de la Merced. Un espacio que ha visto de todo, que ha pasado por muchas fases y que necesita, como tantos otros rincones del centro, proyectos sólidos, estables y bien pensados. Un hotel de estas características no es un parche ni una ocurrencia: es una inversión a largo plazo. Y eso, en una ciudad que a veces ha vivido demasiado del corto recorrido, se agradece.

Por eso, frente al discurso fácil y al eslogan incendiario, yo prefiero celebrar. Celebrar que Málaga crece, que mejora, y que se refina. Celebrar que el turismo puede ser compatible con la ciudad si se hace bien. Celebrar que haya empresas serias que apuesten por nosotros. Celebrar, en definitiva, que no todo lo nuevo es malo ni todo lo turístico es perverso.

Hay, además, una hipocresía bastante extendida -y poco señalada- en esta demonización casi militante del turismo y es que resulta curioso observar cómo algunos de los más airados críticos de la turistificación malagueña se convierten, al cruzar Despeñaperros o subirse a un avión low cost contaminante, en consumidores entusiastas de aquello mismo que aquí condenan. Protestan contra los apartamentos turísticos en su barrio, pero encadenan fines de semana en Lisboa, Roma o Berlín durmiendo, casualmente, en apartamentos turísticos.

Se indignan por la pérdida de identidad de Málaga mientras contribuyen con gusto a la de otras ciudades. Es una especie de turismo culpable, pero que solo en casa ajena. Como si el daño fuera siempre local y la responsabilidad, globalmente, de otro. Esa doble vara de medir no solo es injusta, sino profundamente cómoda: permite mantener intacta la superioridad moral sin renunciar a los placeres del viaje constante. Criticar el turismo mientras se vive viajando es fácil. Lo difícil es aceptar que el problema no es el turismo en sí, sino cómo se gestiona… y asumir que todos, también los que protestan con más vehemencia, forman parte del mismo fenómeno que dicen combatir.

Así que sí: pon un Meliá en tu vida. No cura todos los males, pero ayuda. Y, desde luego, no empeora ninguno. Aunque a algunos les fastidie no tener a quién culpar hoy.

Viva Málaga.

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