Opinión | Tribuna
Un atardeceren un banco
Los mensajes de amor y paz se reservan para los turrones. Más allá suenan hasta ridículos. Tanto, como los valores que aprendimos en la infancia

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Putin anuncia que está listo para una guerra contra Europa «ya mismo» y Trump amenaza a la UE y respalda a los partidos que siembran el odio. ¡Todos al suelo! Mientras, las luces navideñas adornan nuestras calles y los mensajes publicitarios nos hablan de paz, amor y «vuelve a casa por Navidad». Pronto, el problema será tener una casa a la que volver, pero ese es otro tema. El ambiente es, como mínimo, contradictorio. Entre un día a día que transcurre tan agridulce como siempre y unos titulares que nos sitúan en una película prebélica.
La industria armamentística, dominada ampliamente por EEUU (qué casualidad), dispara sus beneficios, los extremistas bailan sobre la tumba del diálogo, la ayuda humanitaria se desangra y el que dice la burrada más burra acapara titulares y honores. Los cachorros de la ultraderecha alardean de su hombría, sueñan con dominar el mundo o, como mínimo, a la esposa sumisa con la que fantasean. Demasiados sueños para entregarlos a quienes estarían dispuestos a convertirlos en carne de cañón.
Son tantas las bravuconadas y se pronuncian a tanta velocidad que una no sabe si llenar la despensa por si empiezan a sonar las sirenas o sentarse en un banco a ver el atardecer. Un poco de paz, por dios. Pero no hay paz para quienes la ansían. La guerra es el miedo de muchos con el que unos pocos mercadean.
Las bombas no estallan sobre nuestras calles, pero el futuro huele a desastre. La Tierra está harta de nosotros y, aún más, de repetirnos todo lo que se nos viene encima si no actuamos: clima cada vez más extremo, aumento de las catástrofes naturales, reducción dramática de las cosechas, hambrunas generalizadas, propagación de infecciones… Todo está avisado, todo está escrito, pero, ¡bah!, exageraciones. Cualquier advertencia es tachada de «fanatismo climático» por Trump y sus vasallos ideológicos, esos que tanto exaltan el pasado. Normal. Es lo que pasa cuando no se tienen planes para afrontar los desafíos del futuro ni ideas para el bienestar de todos. ¡Enriquezcámonos mientras haya un planeta que explotar!, aúllan los que juegan al Monopoly con la tierra de todos.
Los mensajes de amor y paz se reservan para los turrones. Más allá suenan extemporáneos, hasta ridículos. Tanto, como los valores que aprendimos en la infancia. Todo es extraño. No, todo lo sentimos extraño. Cada vez con menos ganas de entender lo que nos resulta ajeno. La mente distraída en un carrusel infinito de imágenes. Miramos lo que quieren que miremos, y ni siquiera tenemos muy claro quiénes son los que deciden por nosotros. Miramos y ansiamos algo que no sabemos. Miramos y nos invade una difusa sensación de pérdida, de desapego. Un alejamiento de nosotros mismos y de la propia humanidad. Europa se enfrenta a la «desaparición de su civilización», augura Trump, mientras exhibe su avaricia desmedida, su indigencia intelectual y su profunda deshonestidad. Que se detenga el mundo un instante. Parar y pensar. Pensar y hacer. Y ver un atardecer sentada en un banco.
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