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Opinión | 360 grados

Pudo más el miedo a las represalias rusas que la rusofobia de Merz

El Consejo Europeo desestimó la propuesta alemana de usar activos rusos congelados para un crédito a Ucrania, ante el temor a represalias económicas del Kremlin y turbulencias financieras

Ursula von der Leyen conversa con el presidente del Gobierno, Pedro Sanchez.

Ursula von der Leyen conversa con el presidente del Gobierno, Pedro Sanchez. / AP

Al final pudo más el miedo a las represalias económicas del Kremlin y a las posibles turbulencias financieras que la rusofobia del canciller federal Friedrich Merz y de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen.

En un claro varapalo a ambos cristianodemócratas alemanes, el Consejo Europeo desestimó finalmente la idea alemana de utilizar los 210.000 millones de activos rusos congelados en Europa para un crédito a Ucrania.

El Gobierno de Bélgica, donde está el grueso de ese dinero, concretamente en el depositario internacional de valores Euroclear, supo resistirse a las presiones de Berlín y de sus aliados como escandinavos, polacos y bálticos.

Los belgas habían exigido garantías del resto de los países de la UE para cubrir los riesgos que se derivasen de las demandas judiciales que presentaría sin duda Moscú, pero no las consiguió. La solidaridad europea tiene sus límites.

No es que la decisión finalmente adoptada, la emisión con idéntico fin de eurobonos por un total de 90.000 millones de euros sea tranquilizadora, puesto que Ucrania está en práctica bancarrota y será finalmente toda Europa la que apague pagando el pato en forma de recortes presupuestarios, que afectarán a las prestaciones sociales.

¿O es que alguien puede todavía creerse que el Gobierno de Kiev vaya a devolver ese dinero, como dice Bruselas, con las reparaciones que haya de pagarle Rusia una vez acabada la guerra.

¿Cuándo se ha visto que el país que gana una guerra se vea obligado a pagar daños y perjuicios a quien la perdió? Pero en Bruselas se vive, a lo que parece, de ilusiones.

La insistencia del canciller Merz en recurrir a los activos rusos para ese crédito multimillonario a un país en quiebra además de corrupto sólo se explica por el odio visceral de muchos alemanes, continuamente alimentado por los medios, al «autócrata» ruso, al que continuamente se compara con Hitler.

La misma noche de la cumbre de Bruselas escuché en un debate en la televisión alemana cómo dos destacados políticos del país, el ex líder socialdemócrata Sigmar Gabriel y el ex presidente de la CDU Armin Laschet, volvían a acusar a Putin de ambiciones «imperialistas».

Sólo el filósofo Richard David Precht ponía algo de racionalidad en la discusión al criticar que los dirigentes europeos se hubiesen negado sistemáticamente a dialogar con Putin para poner fin a la carnicería ucraniana y siguieran insistiendo aún hoy en prolongar la guerra.

Porque no hay que engañarse: los 90.000 millones que se prestarán a Ucrania no servirán para la reconstrucción del país, o lo que quede de él, cuando acabe el conflicto, sino para seguir comprando armas a EEUU y reforzando al mismo tiempo la industria armamentística europea, incluida la ucraniana.

La idea es que con ese dinero y el armamento que se le entregue para que siga atacando en nuestro nombre a Rusia, Ucrania logre resistir al menos los dos próximos años. Y es fácil deducir el porqué de ese plazo.

Dentro de dos años estarán más cerca las nuevas presidenciales de EEUU, y si las ganan los demócratas, con Donald Trump convertido ya en lo que allí llaman ‘un pato cojo’, existe la esperanza de que Washington vuelva a tirar de billetera para ayudar a Ucrania.

Que mientras tanto habrán muerto cientos de miles más de ucranianos y rusos, parece no importar a nadie: ni a los líderes europeos ni a los halcones al otro lado del Atlántico como el senador Lindsay Graham, para quien el dinero que invierta EEUU en esa guerra será siempre «una ganga» porque en ella no mueren «nuestros muchachos».

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