Opinión | 360 GRADOS
El sistema del euro se desmorona rápidamente, advierte Varoufakis
El economista alerta sobre una "estampida" de capitales fuera de la eurozona, evidenciada por la fuga de 87.000 millones de euros de Países Bajos en el primer trimestre de 2025

Yanis Varoufakis. / l.o.
El sistema del euro se desmorona a cada vez mayor velocidad, advierte el economista y ex ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, quien, remitiéndose a datos estadísticos de la eurozona, habla incluso de “estampida” de capitales.
Los síntomas son cada vez más evidentes, explica Varoufakis, según el cual los Países Bajos, una de las economías más robustas de la eurozona, registró en el primer trimestre de 2025 la fuga de 87.000 millones de euros que buscaron refugio en el dólar, el franco suizo e incluso la libra británica.
Las aseguradoras alemanas han reducido en un 12 por ciento sus valores denominados en euros y los fondos de inversión franceses aceleran también su diversificación y se refugian en otros mercados, sobre todo EEUU y Asia.
Las viejas familias adineradas de Italia buscan también lugares más seguros para sus fortunas en Londres, Singapur o Dubái, y lo hacen a un ritmo que no se veía desde la última crisis.
La novedad de esta fuga de capitales es que no responde, como otras anteriores, a una crisis tan aguda como inesperada, sino que se trata de algo aún más peligroso, dice Varoufakis.
Y lo explica así: es una “evacuación sistemática y perfectamente calculada por parte de inversores muy sofisticados” que han llegado a la conclusión de que los riesgos de conservar su dinero en la eurozona supera los eventuales beneficios.
Varoufakis dice no ver “volatilidad” en lo que sucede, sino un “veredicto”: el dinero institucional, las viejas y grandes fortunas parecen haberse convencido de que el modelo económico europeo no tiene ya arreglo.
Y ello, explica el ex “enfant terrible” de los ministros de Finanzas europeos, no se debe a incompetencia o a la maldad de quienes idearon el sistema, sino a su propia arquitectura, que contiene una contradicción irresoluble.
“Cuando se crea una unión monetaria sin que ésta vaya acompañada de una unión fiscal, se está construyendo una estructura que sólo funciona bajo condiciones muy concretas”, dice Varoufakis.
Y esas condiciones son “niveles similares de productividad en todos los países miembros del sistema, ciclos económicos sincronizados, movilidad de la fuerza de trabajo y disposición de las regiones más ricas a transferir recursos de modo permanente a las más débiles”.
La UE está muy lejos de todo eso, y así, por ejemplo, la divergencia de productividad entre Alemania y Grecia es hoy mayor incluso que la que existía en 2001, cuando Grecia entró en la eurozona, señala Varoufakis.
Los ciclos económicos de los distintos países de la eurozona están aún más desincronizados que cuando se creó el euro, la movilidad laboral sigue limitada por el idioma, la cultura o las barreras regulatorias y la disposición de los países ricos a ayudar a los pobres mediante transferencias fiscales es casi nula, critica el griego.
El problema es que, dadas las muy diferentes situaciones económicas y del mercado laboral de los países del euro, en unos casos habría que aumentar los tipos de interés mientras que en otros habría que bajarlos para aumentar la competitividad o enfriar la economía, según las necesidades específicas de cada cual.
Pero el Banco Central Europeo no puede hacer otra cosa que buscar el término medio: elevar los tipos hasta un punto que preocupará a Grecia, pero no tanto como para controlar la inflación de Alemania. Y el resultado es el peor para todos.
No se trata pues de una “desalineación temporal”, sino de una “característica estructural de una unión monetaria sin la paralela unión fiscal”, y esa divergencia se está acelerando, advierte Varoufakis.
Los bonos alemanes a diez años tienen una rentabilidad del 2,4 por ciento mientras que la de los italianos es del 4,1 por ciento, lo que significa que los mercados calculan que la economía italiana es menos estable que la alemana pese a que ambos países comparten la misma moneda.
Y un empresario italiano tiene que pagar casi el doble que el alemán por un crédito, y no porque su negocio sea más arriesgado sino porque es prisionero de un sistema monetario que no se ajusta a sus necesidades económicas.
Lo cual crea un “círculo vicioso”: unos costos de financiación mayores frenan el crecimiento de Italia y hacen que su deuda sea menos sostenible, lo que vuelve aún más caro allí endeudarse.
Todos los instrumentos que podría utilizar Italia para aumentar su competitividad se los ha entregado a unas instituciones que no tienen precisamente como máxima prioridad atender las necesidades específicas de la economía italiana.
Y eso les pasa a todos los países del sur de Europa, que están atrapados en una dinámica similar de creciente endeudamiento, crecimiento económico limitado y costes de financiación cada vez mayores.
Los países del norte de Europa tienen el problema opuesto: demasiado dinero en busca de pocas inversiones productivas, lo que lleva a burbujas de activos que pueden estallar un día con consecuencias devastadoras, explica Varoufakis.
Los Países Bajos son un buen ejemplo: los precios de la vivienda en ese país se han incrementado en un 147 por ciento desde 2015 y no en términos nominales, sino ajustados por la inflación.
Y ello se debe sobre todo a que los tipos de interés fijados por el Banco Central Europeo para ayudar a la Europa mediterránea provocaron allí una “masiva expansión del crédito”.
Y las jóvenes familias neerlandesas tienen que ahorrar ahora hasta dieciocho años para poder pagar la entrada de una vivienda de precio medio, siete años más que lo que hacía falta en 2010.
En vista de tal panorama, Varoufakis predice un derrumbe del sistema del euro aunque habla de tres posibles escenarios: el primero sería su “disolución ordenada”: los distintos países negociarían su salida, reestructurarían su deuda y restablecerían su soberanía monetaria.
El segundo escenario sería “un desmoronamiento catastrófico” del sistema con impagos soberanos, convulsiones políticas y reacciones de pánico, como lo que ocurrió en Argentina o cuando se disolvió la URSS.
El tercer escenario lo califica Varoufakis de “autoritarismo burocrático”, y es el que, según él, prefieren las elites gobernantes europeas.
Se trataría de establecer desde Bruselas la unión fiscal con poder de imposición directa, control centralizado de los presupuestos nacionales y anulación de los procesos democráticos en nombre de la estabilidad monetaria. En resumen, un Leviatán burocrático. Da miedo.
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