Opinión | Tribuna
Persecuciones o genocidios. El ser humano es lo esencial
La conciencia y el sufrimiento humano son y deben ser la clave que llame a resolver los problemas y que se debe ayudar a quien padece ataques injustificados

Iglesia católica. / l.o.
Cada cierto tiempo, tal vez porque no se entiende como noticia a pesar de su gravedad, aparece ante nosotros la existencia de la persecución, en algunos países, de cristianos por el mero hecho de ser cristianos. Un dato este relevante, aunque, obviamente, no es el único que se esconde detrás de cada persecución, que suele venir acompañada de conflictos económicos, territoriales o de diversa naturaleza. No hay genocidio en la historia en el que el fenómeno económico no sea una causa determinante. Así sucedió en la expulsión de los judíos y los moriscos de España y en el holocausto judío por los nazis. Y otros muchos casos hasta hoy. Lo determinante en todos ellos es que no sólo es el objetivo perseguido que se pretende el que se cumple de forma limitada, sino que ese objetivo se extiende a todo un grupo étnico o religioso.
Cuando este fenómeno se produce y son miles de personas las que sufren agravio por sus creencias, poco o nada tiene de relevante que califiquemos los hechos como genocidio o no. Un genocidio viene determinado por los cinco factores que la ONU, en la Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio, estableció en 1948, a saber: a) matanza de miembros del grupo; b) lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e) traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.
Se habla de genocidio cuando en un suceso coinciden todos o la mayor parte de ellos y no se hace lo propio con ataques en los que solo lo hace un número más reducido. La referencia desde la Convención de la ONU, téngase en cuenta, es el holocausto judío, situación extrema que dificulta englobar en el término a hechos que, aunque graves, no llegan al punto al que se llegó en aquel drama.
En todo caso, teniendo en cuenta que, como se ha dicho, ningún genocidio, matanza o masacre, se debe a la sola razón de la etnia o la religión, englobar lo que sucede con las comunidades cristianas en muchos países africanos o asiáticos en el término genocidio o hacerlo, como se ha dicho, en el de una persecución por motivos religiosos o en la que esos motivos poseen una importancia muy determinante, tiene una relevancia que poco o nada sirve para ayudar a los afectados o para resolver el problema si se infravalora la acción. Máxime si, como sucede, tal atributo es usado con gran generosidad o cicatería según quien lo utiliza y su posición ideológica en relación con su propia creencia o ideología. El relativismo es nota que caracteriza a quienes valoran cada hecho y situación. Y un relativismo que puede cegar en ambos sentidos cuando el respeto por una religión se hace elemento identificativo de una opción ideológica cayéndose en ocasiones en la contradicción del rechazo a la creencia propia de una civilización, aunque no se comparta y en la protección de la ajena que, mereciendo respeto, no puede ésta ser destacada a la par que el desconocimiento u ocultación de la propia se impulsa.
Todo renacimiento del cristianismo en el hoy es calificado inmediatamente como cristofascismo y similares. El anticlericalismo español resulta anacrónico y se enmarca en la memoria histórica que vale para un roto o un descosido cuando no es historia, sino instrumento en sí mismo para otros fines que desembocan, y no son conscientes, en la otra orilla de lo perseguido.
No soy partidario desde luego de la intervención militar en Nigeria bajo la excusa de un genocidio, como tampoco lo soy de los excesos en otros casos en los que el término se convierte en elemento identificativo en un mundo polarizado que no augura un futuro de moderación. La precipitación y la negación paralela no otorgan credibilidad alguna, antes al contrario, llevan a los ciudadanos a adscribirse a una posición de forma automática según la posición que se ocupa en el espectro político devaluado de principios y sobrecargado de pasión primaria. Creo que la conciencia y el sufrimiento humano son y deben ser la clave que llame a resolver los problemas y que se debe ayudar a quien padece ataques injustificados en todo caso y reprobar a quien los comete, sin olvidar en uno u otro, que nada es tan nítido como para valorar con simplicidad y ardor lo que viene acompañado de culpa propia. Todo genocidio es decisión de las élites que detentan el poder, pues los ciudadanos solo son receptores de los mensajes que crean monstruos o enemigos en el diferente. Y el odio florece cuando se alimenta o en el mismo se sustentan intereses o fines espurios.
Si hay persecución y miles de muertos por ser cristianos en algunas partes del mundo y esa persecución no solo se manifiesta en exterminio físico y expulsión, sino en negar por su creencia una plena integración social o derechos básicos, generándose pobreza en esas comunidades, la obligación de todos es evitarlo. Y lo mismo es predicable de cualquier tipo de discriminación que alcance a un colectivo por el motivo que sea. La inmigración es asunto delicado en el que se está sembrando odio y las motivaciones religiosas o étnicas están presentes. No son delincuentes los inmigrantes, ni los magrebíes en general, sino que hay inmigrantes, magrebíes y españoles delincuentes. Sembrar confusión aquí hacia un grupo o hacerlo allí hacia otro, es conducta similar frente a la que solo cabe una misma postura. No hacerlo es hipocresía. El mundo es más grande, las fronteras se difuminan y un ser humano no puede ser solo aceptado por su cualidad de mano de obra útil o inservible al servicio de otros.
El mundo no avanza por el camino esperanzador del respeto, sino que se pierde en la miseria humana más ancestral y empobrecedora. Todos tenemos nuestra razón única y absoluta y desposeemos a la contraria de verdad. De esa soberbia como regla de comportamiento, sembrada por políticos que juegan en negativo haciendo de su discurso contra el adversario su programa, nace esta sociedad cuyo futuro no se vislumbra pacífico. Y eso da miedo y provoca tristeza.
De todas formas, mis deseos de un feliz año 2026, que traiga la paz y se lleve a todos los que alientan la confrontación y desprecian la concordia.
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