Opinión | La vida moderna merma
El Heraldo que volvió para no marchar nunca más
En una sociedad donde casi todo es de plástico, que una ciudad volcada en agradar al de muy lejos sea capaz de decir «aquí estoy yo y éstas son mis tradiciones» es un logro

La figura desapareció a mitad del siglo pasado, quizá porque alguien decidió que ya no era moderna o necesaria. Nos han hecho pensar que creer es una debilidad, cando es una riqueza cultural, moral y humana / L.O.
Hubo un tiempo -no tan lejano como algunos creen, aunque sí lo suficientemente borroso como para que muchos lo den por inventado- en el que Málaga sabía esperar. Esperar de verdad. Sin prisas, sin hashtags, sin patrocinadores con vocación redentora ni coreografías imposibles. Esperar era entonces un arte y, como todo arte, tenía su liturgia. Entre ellas, la del Heraldo Real, aquel emisario de Sus Majestades de Oriente que llegaba a la ciudad para anunciar lo importante: que los Reyes venían. Que estaban en camino. Que tocaba preparar la casa, la ilusión y, si me apuran, también el alma.
La figura desapareció a mitad del siglo pasado, quizá porque alguien decidió que ya no era moderna, rentable, o necesaria. O incluso porque nadie pudo o supo mantenerla. Ya se sabe, cuando algo es bonito, sencillo y profundamente nuestro, suele estorbar en los planes de quienes confunden progreso con amnesia. El Heraldo se fue diluyendo hasta convertirse en un recuerdo de abuela, de postal sepia, de esas cosas que uno cree que existieron pero no termina de jurar ante notario.
Y entonces, hace no tantos años, llegaron los cofrades. Despacio. A pasito corto. Casi sin mecer y sin correr. Como hacen todo lo importante. Y como si no tuvieran nada que hacer -que tiene mérito- se metieron en la faena de recuperar la figura del Heraldo Real. No para reinventarlo, que esa manía contemporánea suele acabar en desastre, sino para devolverlo a su sitio: el de quien allana el camino, prepara el terreno y anuncia la llegada de los Reyes Magos a Málaga para dejar regalos en todas las casas. Todas. Las de los niños buenos, los malos y los regulares. Porque la tradición, cuando es de verdad, no necesita tuneos raros.
Y ocurrió algo extraordinario: funcionó. Año tras año. Sin aspavientos. Sin fuegos artificiales de feria internacional. El público respondió. Apostó. Se volcó. Porque Málaga, que presume de moderna cuando le conviene, es en realidad más rancia y clásica que un chotis cuando se pone seria. Y en las tradiciones eso se nota. Basta poner unos villancicos, unas bandas cofrades tocando música de la nuestra, muchos caramelos y papelillos. Nada más. Y nada menos.
Porque en una sociedad donde casi todo es de plástico, falso y hecho en China, que una ciudad volcada en agradar al de muy lejos sea capaz de decir «aquí estoy yo y estas son mis tradiciones» es un logro mayúsculo. Y también un alegato público y notorio de identidad. Somos andaluces. Somos católicos. Somos cofrades. Tres realidades que a más de uno le producen urticaria, sarpullido moral y ganas de reeducar al prójimo. Pues mira, tienen tres oportunidades magníficas para atragantarse y dejarnos en paz.
Celebro, y lo hago sin complejos, que el Heraldo haya vuelto. Celebro que El Corte Inglés eche un cable -porque sumar nunca fue pecado-. Celebro que los cofrades se vuelquen como saben hacerlo. Celebro incluso que encarnar al Heraldo se haya convertido en un caramelo para muchos, quizá más codiciado que ser Rey Mago. Comparar es un error, dicen. Pero también es cierto que de los expertos en sacar a la calle grandes aparatos devocionales conviene aprender. Y de eso, los cofrades saben tela.
Basta con asomarse a algunas cabalgatas modernas para entenderlo. Señoras bailando cosas raras, performances traídas de Badalona con menos sal que la sopa de un hospital, disfraces de dibujos animados que dejaron de emitirse cuando solo había dos canales en la tele y el UHF hacía milagros. Todo muy inclusivo, muy contemporáneo, muy vacío. Trajes extraños que no son de Reyes Magos. Reinas magas que parecen sacadas de una ilustración de Mariscal. Señoros que en vez de traer oro -que es malo y capitalista- a lo mejor le ofrecen al niñe Dios un lebrillo con Humus. En fin un desastre. Y uno no puede evitar preguntarse por qué no apuestan por lo sencillo y por lo de aquí, si es precisamente lo más bueno. Con caramelos, gente de la casa y alegría auténtica suele salir algo siempre acertado. Y, además, maravilloso.
Es momento de celebrar, sí. Pero también de invitar. De que los cofrades tiendan la mano. De que el Ayuntamiento y todo aquel que quiera sumar se acerque a esta tradición recuperada que viene pisando fuerte. Vivimos en un mundo cada vez más extraño, donde en nombre de lo mejor se hacen cosas que despersonalizan, uniforman y aburren soberanamente. Todo acaba pareciéndose a todo, y así no hay quien se emocione.
El Heraldo lo encarna un Hermano Mayor de una Cofradía o Hermandad. Es un hombre de Málaga. Con su gente. Con su equipo. Con capacidad para enriquecer lo que hace porque lo siente. Mientras tanto, en esta ciudad se eligen Reyes Magos que no saben hablar español, que están aquí de paso y que difícilmente pueden aportar nada a una tradición que desconocen y que incluso les da un poco igual. No es culpa suya. Es simple lógica. Un hombre sin raíces no es nada. Lo dijo Antonio Banderas en su pregón de Semana Santa y llevaba toda la razón del mundo.
No tengamos miedo a salir a la calle con lo que somos ni a participar, sin complejos, de nuestras tradiciones más bonitas. Que no nos dé vergüenza decir que creemos en los Reyes Magos, que celebramos que un Niño nació en un pesebre y que creemos en Dios, o que somos cristianos. Nos han hecho pensar que creer es una debilidad, cuando en realidad es una riqueza cultural, moral y humana que nos ha traído hasta aquí.
Quizá no seamos del todo conscientes de lo valiosas que son nuestras creencias hasta que alguien nos sugiere que las escondamos. Y con ellas, inevitablemente, se van también nuestras tradiciones más profundas. Porque un pueblo que deja de creer, de celebrar y de salir a la calle con lo que es, acaba perdiendo algo mucho más grave que una costumbre: pierde su alma.
Por eso el Heraldo no ha vuelto para irse en poco tiempo. Ha vuelto para quedarse. Para recordarnos que lo interesante, lo valioso y lo verdaderamente moderno es cuidar lo nuestro. Lo hecho por los nuestros. Porque solo desde ahí se construye algo que merezca la pena esperar. Como esperábamos antes. Como esta ciudad, que cuando quiere, todavía sabe convertir cualquier cosa normal en algo extraordinario.
Viva Málaga.
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