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Opinión | Mirando al abismo

Revisión de daños

El odio vive cada vez más libre entre nosotros. Se expresa sin pudor, se disfraza de opinión respetable y se legitima bajo la bandera de la ‘libertad de expresión’, aunque no haga sino señalar, excluir y deshumanizar

Imagen de la capaña 'El odio marca'

Imagen de la capaña 'El odio marca' / FAD Juventud

Hemos cambiado de año. El calendario ha pasado de página con la misma facilidad con la que deslizamos el dedo por la pantalla del móvil, y otra vez se nos invita a formular propósitos nuevos, brillantes y bien empaquetados: adelgazar, ir al gimnasio, aprender idiomas, sonreír más. Pero quizá este año, lejos de esa liturgia repetida que rara vez sobrevive a febrero, deberíamos hacer algo mucho más incómodo y necesario: una revisión de daños. Mirar atrás sin indulgencia y preguntarnos, de verdad, hacia dónde vamos.

Porque no todo lo que envejece con el año anterior merece ser celebrado ni olvidado. Hay procesos que no se detienen con las campanadas y uno de ellos es inquietante: el fascismo se acerca. No lo hace con botas y uniformes, ni siempre con discursos estridentes. Avanza despacio, con paso firme, normalizándose, colándose en conversaciones cotidianas, en tertulias, en comentarios de bar y en titulares que ya apenas nos escandalizan. Y lo más grave es que no está forzando la entrada: somos nosotros quienes, poco a poco, le abrimos la puerta. El odio vive cada vez más libre entre nosotros. Se expresa sin pudor, se disfraza de opinión respetable y se legitima bajo la bandera de la ‘libertad de expresión’, aunque no haga sino señalar, excluir y deshumanizar. Hemos aprendido a mirar hacia otro lado cuando el desprecio se dirige a quienes consideramos lejanos: migrantes, pobres, minorías, quienes sufren. Como si el dolor ajeno fuera un problema de otros, como si la hospitalidad fuera una debilidad y no un rasgo esencial de cualquier sociedad que aspire a llamarse humana. Cada vez somos menos hospitalarios, menos empáticos, menos capaces de ponernos en el lugar del otro. El miedo ha calado hondo: miedo a perder privilegios, a compartir, a que lo diferente altere una supuesta normalidad que, en realidad, nunca fue tan estable como nos contaron. Y desde ese miedo crece el rechazo. Rechazo a lo distinto, a lo que incomoda, a lo que nos obliga a replantearnos certezas. Nos cerramos como sociedad mientras levantamos muros simbólicos, y a veces muy reales, convencidos de que así estaremos más seguros.

Pero la historia ya nos ha enseñado que ese camino no conduce a la seguridad, sino a la degradación moral y democrática. El fascismo no triunfa solo por la fuerza de quienes lo promueven, sino por la pasividad de quienes lo toleran. Por el cansancio, por el ‘no es para tanto’, por el ‘a mí no me afecta’. Cada pequeño silencio, cada concesión, cada broma cruel aceptada sin réplica, es una rendija más por la que se cuela.

Tal vez este año nuevo no necesite propósitos individuales, sino compromisos colectivos. No promesas vacías, sino una revisión honesta de quiénes estamos siendo. Preguntarnos si queremos una sociedad más cerrada, más dura, más indiferente, o si aún estamos a tiempo de frenar, de resistir, de recuperar la hospitalidad y la compasión como valores políticos y humanos. Porque cambiar de año es inevitable, pero lo que hagamos con ese tiempo es cosa nuestra.

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