Opinión | De buena tinta
No hay que ser geoestratega
Más allá de las simpatías o antipatías, el secuestro del presidente venezolano por parte de Estados Unidos es un episodio que cuestiona la validez del derecho internacional público

Personas transitan frente a un mural del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, este domingo en Caracas (Venezuela) / Ronald Peña R (EFE)
Como diría mi compadre Muriel, las barras de los bares y demás mentideros se vieron repletas de geoestrategas y expertos en derecho internacional a las pocas horas de que Estados Unidos, al más puro estilo Corcuera, diera la patada a la puerta venezolana. Pero es que así es España. Recuerden que, en tiempos de Fernando Alonso, todo hijo de vecino sabía cuándo había que parar en boxes y cuándo no. Y lo mismo en el marco de la trama del Prestige: cualquier cuñado de gama media entendía de salvamento marítimo y gestión ecológica. Y no es que yo sea de toros, pero bien es cierto, si se me permite la comparativa, que esta tierra de Caín se presta algo más que demasiado a opinar desde el burladero y, la mayoría de las veces, ‘a toro pasao’. Así somos.
Sin embargo, más allá de la cirugía jurídica y de los matices que los expertos y tertulianos de turno sepan justamente calibrar, me temo que hay más de una mosca rondando detrás de no pocas orejas con ganas hablar. Y es que si uno no pudiera opinar más que de aquello que conoce certeramente, difícilmente se podrían entablar conversaciones que nos llevaran a reflexionar desde el sentido común y a dotarnos de una postura, más plena o menos plena, que nos permita posicionarnos frente a las mil y una cuestiones de globo terráqueo.
Ni Maduro ni Trump caen bien a todo el mundo, ni a mí tampoco, eso lo saben hasta los turcos. Pero la cuestión de la patada norteamericana a la puerta venezolana, insisto, no puede dilucidarse poniendo sobre la mesa la baraja de las simpatías.
Independientemente de lo que Maduro y el chavismo signifiquen, asistimos a un episodio internacional de calado histórico en el que un gobierno secuestra in situ al presidente de otro país, pasándose el derecho internacional público por los ensombrecidos linderos, tan ajenos al sol, del ojo que no tiene niña.
Y a partir de aquí, insisto: más allá de que Maduro nos guste o no nos guste, las preguntas que genera este atropello jurídico son más que evidentes, y no hace falta ser ministro para darse cuenta: ¿Qué impide que lo ocurrido en Venezuela no suceda también en Groenlandia, Taiwán o Ucrania? ¿Qué valía conserva el derecho internacional público cuando la realidad visible nos demuestra que las relaciones internacionales se mueven consintiendo aquello que le plazca al sheriff de turno en su respectiva área geográfica de poder e influencia? Pregunta la opinión pública que qué opina la Unión Europea, pero yo me pregunto: ¿Qué opinan de esta situación los estadounidenses? ¿Acaso un país democrático puede guardar silencio ante un atropello que contraviene de manera tan clara la seguridad de los estados soberanos y los pueblos que los habitan? Porque la cuestión, repito, no es a quién se le ha hecho, sino lo que se ha hecho: si algo deja patente esta operación es que, hoy por hoy, si el poder está en tu mano, se puede planear por encima de la ley sin ni siquiera guardar las formas, como Steven Seagal.
Y es que, señoras y señores, el derecho internacional no es un concepto abstracto, sino una salvaguarda que todos hemos de proteger como directa defensa de lo propio y de lo colectivo: porque Trump habla de una transición adecuada, de mayor bienestar para los venezolanos; «vamos a dirigir el país», dice Trump, sin pudor alguno. Pero Trump no habla de legalidad ni de democracia ni de derecho.
Parafraseando a Churchill, insisto, seamos sinceros: nadie querría que, en mitad de la noche, tocara a su puerta alguien que no fuera el lechero. Por eso, nuestra constitución garantiza el principio de legalidad, no sólo para que suene bien, sino para fraguar en el más profundo tuétano de la soberanía popular que no sólo los ciudadanos, sino también los poderes públicos están sujetos al imperio del petróleo; perdón, de la Ley.
Sin duda alguna, el precedente será peligroso. Pero mucho más peligro tendrá, en su caso, la permisividad o la tibieza con la que el orden internacional consienta, porque ello dejaría bien claro que las Naciones Unidas se ha convertido en La casa de la pradera y que las reglas del juego, las que nos salvan de las patadas nocturnas a nuestras puertas, no son más que hojas secas barridas por el viento del Oeste.
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