Opinión | Tribuna
Un ‘peo’ enorme
Los tres objetivos básicos de Trump son obvios: acceder a los recursos energéticos y mineros de Venezuela; obligar a los intereses chinos y rusos a replegarse y abandonar una zona de influencia que los estadounidenses consideran suya; y contentar a sus votantes latinos

Fotografía de un dibujo realizado por la artista Jane Rosenberg donde aparece el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro (c), junto a su esposa,, Cilia Flores (d), compareciendo ante un tribunal federal este lunes, en Nueva York (EE.UU.). Tanto Maduro como su esposa se declararon no culpables de todos los cargos de los que les acusa y el mandatario afirmó que sigue siendo el presidente de Venezuela y que es "un prisionero de guerra" y ha sido "secuestrado". EFE/ Jane Rosenberg / Jane Rosenberg (EFE)
En el habla popular venezolana un peo es eso que ustedes pueden deducir, pero más habitualmente el coloquialismo se entiende como un lío mayúsculo, confuso, retorcido, incontrolable. Venezuela es ahora un soberano (o no) peo político. Un peo atemorizador e impredecible. El peo lo han montado Donald Trump y su gobierno de bestias unguladas trajeadas en Brooks Brothers y un sector del chavismo dispuesto a entregar a Nicolás Maduro y pactar con los yanquis por su propia supervivencia. Los tres objetivos básicos de Trump son obvios: acceder a los recursos energéticos y mineros de Venezuela, sin excluir las reservas de la franja del Orinoco; obligar a los intereses chinos y rusos a replegarse y abandonar una zona de influencia que los estadounidenses consideran suya; y contentar a sus votantes latinos –en especial, claro, los venezolanos – con la imagen de un Maduro engrilletado y encerrado en una cárcel en Nueva York.
Trump ha elegido un modelo de intervención en Venezuela bajo unas cuantas premisas: que no exigiera movimientos de tropas terrestres, que no costase a sus fuerzas armadas ni un sola vida y que destruyera muy selectivamente infraestructuras militares en Caracas y La Guaria sobre todo- Como en toda su trayectoria empresarial y política, sin embargo, el núcleo de su aventura venezolana no tiene espíritu militar, sino que se basa en su supuestamente infinita capacidad negociadora. Trump está negociando hace semanas con representantes de un Gobierno que él mismo ha calificado como «una dictadura comunista que ha hundido al país». Es la suya una apuesta arriesgada y potencialmente explosiva. Delcy Rodríguez, vicepresidenta y ahora juramentada (cumpliendo con la Constitución de 1999) jefa del Estado en sustitución de Maduro ha sido la elegida por el presidente estadounidense como interlocutora. Pero el régimen chavista no obedece a una estructura de mando vertical ni a las convenciones organizativas de los ministerios. El mapa del poder del chavismo obedece a una fragmentación tribal en el que información, instrumentos, presupuestos y personal orbitan alrededor de los líderes, casi como territorios feudales, y la fuerza armada venezolana y la poderosa inteligencia civil y militar está en las manos de Vladimir Padrino (ministro de Defensa) y Diosdado Cabello (ministro de Interior), Si Rodríguez no cuenta con la colaboración de al menos uno de ellos su condición de interlocutora con Estados Unidos y eventual procónsul en Caracas será efímera- Tanto Padrino como Cabello tienen procedimientos judiciales agraves abiertos en los Estados Unidos y muy poca inclinación a creer en la palabra de los gringos.
Carece de sentido suponer, al menos como al parecer lo piensa Trump, que los dirigentes chavistas estén dispuestos a suicidarse y dejar que sus familiares, compinches y subordinados vean sus vidas destrozadas para siempre. En Estados Unidos son los jueces, y no los secretarios de Estado, los que paralizan procesos o archivan causas. Pero más centralmente todavía, debe advertirse que los dirigentes y cuadros chavistas no saben gestionar los asuntos públicos. Jamás les ha interesado. Lo que les interesa es ordeñaros y aplicar todas las técnicas de control político y detección y combate contra la critica y la disidencia. En la España del posfranquismo, por ejemplo, la administración pública se sustentaba en funcionarios generalmente competentes y técnicos a menudo solventes. Nada de eso existe en Venezuela. Tampoco tiene la costumbre, sinceramente, de organizar y convocar elecciones democráticas. Delcy Rodríguez y las fuerzas chavistas que pueda aglutinar, en resumen, no están en condiciones de pilotar ninguna transición hacia nada decente.
La flamante presidenta –haya colaborado o no en la detención de Maduro – provocará muy probablemente un movimiento centrífugo en las facciones chavistas. Los riesgos de fragmentación y enfrentamientos son muy altos. El peo de Trump provoca estupefacción e intranquilidad y sí, también huele mal.
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