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Opinión | Tribuna

Espiritrompas contra el todo

La reflexión sobre la película y el libro de Rivas plantea la necesidad de una "transvaloración de los valores" para superar el resentimiento y alcanzar una nueva humanidad

La lengua de las mariposas.

La lengua de las mariposas.

El fotograma de la película “La lengua de las mariposas” (1999), dirigida por José Luis Cuerda, con guion de Rafael Azcona, en el que Manuel Lozano Obispo, entonces un niño actor de nueve años, exhibe un gesto de odio blandiendo una piedra en su mano derecha es impactante. Como lo es la feliz adaptación fílmica de tres cuentos del escritor coruñés Manuel Rivas: La lengua de las mariposas, Un saxo en la niebla y Carmiña, todos ellos, parte de una colección de relatos que se publicó en mayo del año 2000 con el título ‘¿Qué me quieres, amor?’. El original en gallego es de 1995 y el contexto, los últimos días de la II República Española y los primeros momentos de la Guerra Civil en un pequeño pueblo de Galicia, en el invierno de 1936. Es una imagen turbadora, como lo son el odio y el resentimiento. También lo son sus causas y consecuencias, a la par que vergonzosas.

La mirada del joven actor es tan poderosa como la de la mitológica Medusa, que podía petrificar a quien tuviese la osadía o el infortunio de contemplarla. Es la mirada que rubrica ‘La cabeza de Medusa’, cuadro de Caravaggio (1597), que pasó del lienzo a una tabla de álamo con forma de escudo y el deseo de despertar en el espectador el asco y el miedo propios del terror. ¿Y si la amenaza de mineralización de nuestras vidas procediese del Todo, del Todo Social, por más señas? ¿Es la irresistible atracción del Todo, la tentación totalitarista, la que se apodera del niño Pardal –Moncho, en la película de Cuerda-, haciendo que abandone su condición de gorrión con sed de conocimiento y amor hacia el maestro ejemplar, es decir, su incipiente y versátil humanismo, para participar del fervor tribal que excitan la violencia colectiva y el sacrificio del individuo por los goces de la masa?

La Psicología académica recurre al término “condicionamiento social”, dentro del fenómeno del aprendizaje a la hora de explicar fenómenos tan llamativos como el paso del amor al odio del maestro ejemplar y nutritivo que, aparentemente, se produce finalmente en el niño Pardal como si de una posesión diabólica se tratase. Dicen los psicólogos que la sociedad moldea el comportamiento, los sistemas de creencias y las actitudes que adoptan sus miembros por medio de castigos, premios y normas con el noble fin de facilitar la cohesión social y la convivencia. Sus ejecutores son, fundamentalmente, la institución familiar (y los valores y papeles sociales que adjudica), la educación –que no solo transmite un conjunto de conocimientos teóricos, sino también orden, jerarquía y disciplina, y los medios de comunicación, así como las redes sociales que inundan el ciberespacio imponiendo modelos estéticos, éticos, económicos y de opinión pública, en general. Pero este condicionamiento tiene también un lado oscuro. Fundamentalmente, el deterioro de la autonomía individual que atribuimos a los agentes libres, así como la normalización de conductas inapropiadas que fomentan las desigualdades y los prejuicios epistemológicos y morales, principalmente. Por eso Carmen, mi compañera en la vida, se indigna y entristece a un tiempo al ver el fotograma y las consecuencias del condicionamiento social sobre la conciencia moral de Pardal, de un niño que no quiere verse excluido del Todo Social. Para volver a ver la película tengo que hacerlo casi a escondidas. La lectura es un goce solitario más discreto.

Filosóficamente, parece que este fenómeno tiene más caras o, al menos, se pone el énfasis en la adopción o bien el rechazo de una concepción del mundo en toda regla. Esta cosmovisión o Weltanschauung, como le gustaría decir al filósofo alemán del siglo XIX, Wilhelm Dilthey, tiene que ver con la conceptualización del resentimiento que efectuara, también en dicho siglo, Friedrich Nietzsche. ¿Qué papel pueden jugar las espiritrompas, las trompas enroscadas como el muelle de un reloj de cuerda que permiten a las abejas chupar los néctares azucarados de las flores, en una revolución en condiciones contra el totalitarismo y las actitudes totalitarias? Además, los recientes acontecimientos políticos y militares han resucitado un falso dilema: ¿libertad o seguridad?, así como las viejas consignas del imperialismo y la oposición al mismo que viví en mis tiempos mozos, tras la muerte del dictador. Tampoco podemos obviar el conservadurismo ideológico creciente que los medios atribuyen a un alto porcentaje de jóvenes en las democracias liberales. No es de extrañar que el propio Manuel Rivas se haga la siguiente pregunta en su libro ‘Con-tra todo esto. Un manifiesto rebelde’ Alfaguara, 2018): “¿Qué futuro dejaremos a nuestros antepasados?”, contraviniendo las reglas de la temporalidad más arraigada.

Las espiritrompas eran piezas cotizadas para mis ojos en el laboratorio de Biología del colegio de agustinos madrileño al que asistí cuando tenía catorce años. Mi profesor en aquellos tiempos, José Cañeque (un comprometido sindicalista, por cierto) contribuyó poderosamente a crear y fortalecer mi afición por el examen de la materia viva, al margen de las pulsiones eróticas de la adolescencia. El día de la semana que teníamos permiso para asomarnos a las lupas binoculares solía satisfacer mi pasión por los insectos, aunque rara vez teníamos acceso a los lepidópteros. ¿Cómo podían ser tan listos teniendo un sistema ganglionar en lugar de cerebro? ¿Cómo podrían ser tan bellos, tanto por fuera como en su interior? Lo cierto es que el proceso de enseñanza-aprendizaje se puede sentir placer (sin necesidad de abrazar ninguna peligrosa parafilia), ora como estudiante, ora como maestro. Y este placer por el conocimiento puede inmunizarnos frente al odio, el resentimiento, la vergüenza –propia o ajena-, sus causas y consecuencias.

La reflexión inicial con la que Manuel Rivas abre su cuento “La lengua de las mariposas” es magistral a este respecto: «“¿Qué hay, Pardal? Espero que por fin este año podamos ver la lengua de las mariposas.” El maestro aguardaba desde hacía tiempo que les enviasen un microscopio a los de la Instrucción Pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuviesen el efecto de poderosas lentes.» Esto lo he vivido yo, como alumno y como profesor, de lo que me alegro profundamente. Gracias a los prodigios de la técnica podemos acceder, en algunos casos, a lo que las cosas son en sí mismas, trascendiendo la contingencia de los fenómenos. Así es bastante sencilla –por la vía tecnocientífica, quiero decir- la labor de construir una cosmovisión ajustada a lo real y con ello, lograr una interesante autonomía epistemológica y moral. Otro tanto se podría decir de las pistas que nos proporcionan el arte, la literatura y las humanidades, en general. Y lo mejor de todo, es que estas vías no son incompatibles, salvo que nos empeñemos en seguir el peligroso camino de la irracionalidad, el terror, la violencia, el infantilismo, el victimismo y la estupidez, en general, sacrificando el conocimiento por el craso interés. Quien quiera explorar la historia del autoritarismo puede echar mano de las reflexiones de Hannah Arendt o sumergirse en El Asalto a la Razón de Lukácks.

Y cada vez resulta más urgente que tomemos conciencia de nuestra condición nietzscheana de “super-humanos”, de artífices de una nueva humanidad no gregaria alejada de los “animales de rebaño” que ostentan el récord mundial del resentimiento morboso”. Lo que teme o desconoce el rebaño humano es aquello que el resentimiento considera malo. Por eso es imprescindible “la transvaloración de los valores”. Según el filósofo alemán Max Scheler, el resentimiento es una represión de algo “normal” y su consecuencia principal no es reactiva, sino “una perversión en la valoración que efectuamos de la realidad” que implica un “envenenamiento moral” y contiene un agrio componente vengativo. Para Nietzsche y para Scheler, el vengativo afirma su superioridad moral sobre el fuerte y ofrece sus razonamientos y justificaciones desde la debilidad, la impotencia y pasividad, y desde la servidumbre propia de los que sufren una dominación. Hay que proclamar, por tanto, el fin de la “política de los buenos sentimientos”, del moralismo apocalíptico de tantos pensadores tristes que admiten ingenuamente la presencia del reino de la justicia en el mundo y que los oprimidos por cuestiones políticas tienen un privilegio moral sobre sus opresores, aunque nos cueste digerirlo.

En una cita de Schopenhauer muy bien traída por Fernando Savater en su Panfleto contra el Todo (Dopesa, 1978) se resume de maravilla la encrucijada de los usos políticos del resentimiento y de los profesionales de la “rumia” ideológica: «Uno son el torturador y el torturado. El torturador se equivoca, porque cree no participar en el sufrimiento; el torturado se equivoca, porque cree no participar en la culpa». En eso estamos en el contexto moral y político asociado al poder y las consecuencias de su ejercicio. No podemos hacer apología científica del anti-resentimiento, pero sí podemos aspirar a encender la llama de una revolución cuyo objetivo no sean sus gestores, sino el Todo y sus ideales seculares: la igualdad, la justicia, el bien común y la opinión pública, entre otros, como nos recuerda Savater. Simplemente debemos asumir que la última transformación de lo humano, como nos recuerda Nietzsche, es la de alcanzar la condición de niño –aunque sea gracias a la fascinación por las espiritrompas y los placeres de los sentidos, la imaginación y el entendimiento con un entusiasmo super-humano por el conocimiento-, desprendiéndonos previamente de las garras del león y la mansedumbre del camello. Para esta empresa no nos sirven ni los pusilánimes ni los violentos –sobre todo, en su versión imperialista.

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