Opinión | El ruido y la furia
Mucho frío
Cuando tienes calor estás incómodo y ya, ahí se acaba todo, pero cuando pasas frío te asalta una profunda sensación de desamparo, te sientes frágil y abandonado

Y ahora ha llegado el frío como una metáfora de esta intemperie que nos ha tocado vivir. / Álex Zea
Ahora que se están poniendo tan de moda las invasiones, Siberia ha invadido Iberia con su General Invierno, el invicto. A través de la ventana veo cómo el Poniente ha soltado sus caballos en el mar. Aparecen sobre lo azul las huellas blancas de sus cascos y de pronto ya está todo el mundo hablando del frío y tiritando por las esquinas. A mí me gusta muy poco el frío, casi nada. Me agrada sólo en ocasiones muy contadas. Me molesta su habilidad para la puñalada a traición, para acobardarnos, para hacer que todo parezca viejo, de hace muchos años. Como buen meridional, soy más del calor y de su amable letargo. Existe una diferencia fundamental entre tener calor y tener frío. Cuando tienes calor estás incómodo y ya, ahí se acaba todo, pero cuando pasas frío te asalta una profunda sensación de desamparo, te sientes frágil y abandonado. Pocas cosas hay más tristes.
Y ahora ha llegado el frío como una metáfora de esta intemperie que nos ha tocado vivir, de este tiempo que se nos ha echado encima dejándonos helados. La mañana apenas atina a poner la luz donde debe porque ha salido sin guantes y está aterida, y aterida está también la espuma de las olas, y los gorriones, y las abuelas, y los niños que van al colegio tapados hasta los ojos.
No me gusta el frío porque es grosero, porque tiene aires de dictador, porque se impone y domina nuestras vidas y nos hace andar por las calles encorvados, como quien tiene miedo de algo terrible pero impreciso. No me gusta el frío porque cuando se te mete en el cuerpo te invade una terrible sensación de orfandad que te hace sentir frágil y desvalido. Si tienes frío tienes, inevitablemente, algo de niño abandonado por el que nadie pregunta, del que nadie se acuerda.
Tal vez solo sea una impresión mía, pero no recuerdo un invierno tan frío como este, aunque sepa que el invierno es uno y repetido y que todos los años viene a ser, poco más o menos, la misma cosa, el mismo paisaje y con las mismas nieves, siempre las nieves de antaño por las que se preguntaba Villón, el primer maldito, que como todo maldito seguro que pasó mucho frío y muchas intemperies.
Como a los jazmines, como a los poetas malditos, me cansan los inviernos, su luz menguada, su carácter arisco. Los días de frío los vivo incómodo, como si estuviera de invitado en casa de un desconocido, y me paso todo el tiempo inquieto, a la espera de los días templados, que para mí, no sé si también para usted que me lee acaso con un café calentito que le reconforta, se parecen mucho a la paz y la cordura que tanta falta nos están haciendo.
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