Opinión | El adarve
Quia nominor leo
¿Sería razonable y justo que otro país poderoso entrara por sorpresa y por la fuerza en territorio norteamericano, y secuestrasen al señor Donald Trump para juzgarlo en su país?

Donald Trump. / agencias
Fedro escribió una fábula titulada El León en Sociedad con la Vaca, la Cabra y la Oveja. En ella cuenta cómo una vaca, una cabra y una oveja formaron sociedad con un león para obtener provecho en la selva. La presa cazada fue dividida en cuatro partes por el león. Este tomó para sí la primera alegando que se llamaba león (quia nominor leo); la segunda porque era el socio más fuerte de los cuatro; la tercera porque, según él, valía más que sus tres socias y la cuarta también se la apropió advirtiendo que quien osara tocarla sufriría las consecuencias.
La historia de la fábula se ha repetido en Venezuela hace unos días. El señor Donald Trump ha secuestrado al presidente de un país soberano, lo ha trasladado al suyo, lo ha encarcelado y se ha apropiado del petróleo y de los minerales del país venezolano. Para hacerlo ha invocado una única razón: quia nominor leo (porque me llamo Donald). Y no lo ha hecho a escondidas. Lo ha televisado para el mundo entero porque quiere advertir de que lo hará cuantas veces le venga en gana.
Lo que ha hecho Donald Trump el pasado día tres de enero en Venezuela es algo propio de una selva, lugar en el que impera la ley del más fuerte. Trump se ha dicho: «Entro por tierra y por aire en un país soberano, bombardeo los lugares que me interese para conseguir mis objetivos, aunque haya víctimas mortales (que las hubo, más de 100 y otros tantos heridos), secuestro al presidente del país y a su esposa, los llevo por la fuerza a mi país, los esposo y encarcelo, televiso al mundo entero lo que estoy haciendo, los juzgo en los tribunales de mi país, me hago cargo del gobierno de la nación conquistada para conducirla por los derroteros que considere oportunos y me apropio de sus yacimientos petrolíferos y de todo lo que se me antoje». Es la selva.
Y, ¿por qué lo hace?, ¿por qué puede hacerlo? ¿Por qué podrá repetirlo? Porque es el más fuerte, porque tiene más armas, porque tiene más poder, porque tiene más fuerza bruta. No porque tenga más razón, ni más derecho, ni más respeto, ni más vergüenza, ni más ética.
Una operación de película que se preparó cuidadosamente durante meses, que contó (no me cabe la menor duda) con algún topo infiltrado en el gobierno, con la utilización de drones furtivos, con agentes de la CIA operando dentro del país desde el mes de agosto y con once helicópteros sobrevolando el cielo venezolano. Así consiguieron sin mayores dificultades el objetivo de la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, la diputada Cilia Flores.
No contaba ni con el mandato ni la anuencia de los organismos internacionales ni de las instancias nacionales que, de forma sorprendente, no han condenado severamente la invasión ni tomado medidas punitivas, dando por bueno el plan que se ha llevado a cabo, haciendo posible y probable que Trump vuelva a las andadas y que otros se animen a imitarlo. Por consiguiente: carta blanca para que los hechos se repitan en cualquier parte del mundo. De hecho, la amenaza ya se cierne, explícitamente, sobre Groenlandia (o la compra o la invade), que es parte de Dinamarca y de la Unión Europa. Y también sobre otros países como Colombia, México y Cuba.
A Donald Trump no le interesa la democracia en Venezuela, ni el sufrimiento de sus habitantes ni de sus millones de exiliados, no le importa acabar con una dictadura. De hecho, ha decidido entregar el poder a Delcy Rodríguez, no a Edmundo González ni a María Corina Machado, que recibió el Premio Nobel de la paz que Trump consideraba suyo y que ella, de forma indecente, quiere compartir con él. Ni se han mencionado las elecciones a corto plazo. Tiene el poder en sus manos y no lo soltará hasta que lo considere oportuno. El protagonismo de la transición no va a ser de los venezolanos sino de Donad Trump, al que solo le importa el petróleo de Venezuela (50 millones de barriles para empezar). Y no lo oculta. De hecho le exige a la nueva presidenta acceso «total» al petróleo del país. También le importan sus minerales, como el oro, el hierro, la bauxita, el níquel, el coltán… Es un ladrón que opera a la vista del mundo entero. Conseguir por la fuerza satisfacer estos intereses hace añicos el orden mundial y la justicia internacional. Es la ley de la selva.
Quienes se frotaron las manos por la caída del régimen de Maduro y flirtearon con Donald Trump (nuestra pusilánime y errática derecha) han tenido que soportar, probablemente desconcertados, que haya colocado en la presidencia a Delcy Rodríguez, vicepresidenta a la vez de Maduro y de Trump.
¿Sería razonable y justo que otro país poderoso, como China o Rusia, entrara por sorpresa y por la fuerza en territorio norteamericano, y secuestrasen al señor Donald Trump para juzgarlo en su país, acusándole, entre otros delitos, de secuestro del presidente de Venezuela y de la apropiación indebida de los bienes del país o por el asalto al Capitolio?
Al presidente Maduro se le acusa de cuatro delitos: conspiración narcoterrorista, conspiración para importar cocaína, posesión de armas y conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos contra Estados Unidos. Pero, ¿quién es EEUU para exigir responsabilidades al presidente de un país soberano? ¿No existe el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas?
Se invoca la doctrina Monroe, proclamada por el presidente James Monroe en 1823. Fue una política exterior de EEUU que declaraba que cualquier intervención europea en América sería vista como un acto hostil, estableciendo el hemisferio occidental como una esfera de influencia estadounidense y prohibiendo la colonización europea futura. Aunque se presentó como defensiva («América para los americanos»), se convirtió con el tiempo en una justificación para la hegemonía y la intervención de EEUU en América Latina, a pesar de que inicialmente EEUU no tenía la fuerza para imponerla unilateralmente, como se vio en el Corolario Roosevelt.
El Corolario Roosevelt (una extensión de la Doctrina Monroe) fue proclamado por el presidente Theodore Roosevelt en 1904, que establecía el derecho y deber de EEUU de intervenir en naciones latinoamericanas si no cumplían sus obligaciones financieras o eran inestables, actuando como «policía internacional» para evitar la intervención europea, justificando así el imperialismo estadounidense y la política del Gran Garrote (Big Stick).
Bajo la política del Gran Garrote se legitimó en la política externa estadounidense el uso de la fuerza como medio para defender los intereses, en el sentido más amplio, de los Estados Unidos, lo que ha dado lugar a numerosas intervenciones políticas y militares en todo el continente. Una triste y execrable historia.
Conocemos la solitaria firma de Donald Trump a fuerza de verla en las órdenes que nacen de su omnímoda voluntad («yo soy el rey», dice). Sorprende que este personaje narcisista, xenófobo, autoritario, mentiroso, misógino, pedófilo, faltón, megalómano, que está poniendo el mundo patas arriba y saltándose todas las leyes a la torera, haya sido elegido por más de setenta millones de personas. Y le han vuelto a votar después de un infortunado primer mandato, después de haber inspirado el asalto al capitolio y después de estar condenado por los jueces por 39 delitos. De forma casi inevitable me pregunto: ¿a qué escuela fueron los votantes de Donald Trump? ¿Aprendieron a pensar, a analizar con rigor la realidad? ¿Aprendieron valores que orienten éticamente su voto? Algo estamos haciendo mal en las escuelas.
El personaje resulta siniestro. En un mundo que también se está volviendo siniestro. El presidente de la FIFA le concede el primer premio de su organización por la paz. A un hombre pendenciero que no tiene escrúpulos, que amenaza, que bombardea, que expulsa y mata inmigrantes, que desata guerras de aranceles… Vivimos en un mundo desquiciado en el que un genocida entrega a a un delincuente su propuesta para que le den el premio Nobel de la Paz. ¿Por qué no secuestró al genocida Netanyahu cuando le tuvo tan a mano en la Casa Blanca? Porque el señor Netanyahu tiene una orden de detención por comportamiento criminal.
En todo este rocambolesco proceso, ¿qué papel desempeñan los valores, el respeto a las personas, a las libertades, a la justicia, a la paz, a los derechos humanos, a las leyes, a la democracia? Ninguno. Todos han sido pisoteados y despreciados impunemente.
Me pregunto con inquietud: ¿qué mundo estamos construyendo para nuestros hijos, para nuestros nietos?, ¿qué valores lo sustentan?, ¿qué comportamientos tienen los que gobiernan el mundo y qué efecto tienen sobre la ciudadanía? ¿Cómo se le puede decir a una persona que no debe apropiarse de los bienes del prójimo?, ¿con qué autoridad moral le explicamos a un niño que no puede quedarse por la fuerza con el balón de un compañero? Nos están llevando a la selva. Y debemos impedirlo.
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