Opinión | Tribuna
Baltasar Porras
El Cardenal Baltasar Porras, amigo desde los años sesenta, ha sido objeto de una medida similar al arresto domiciliario en Venezuela, tras una supuesta cercanía con el Papa Francisco

El cardenal Baltasar Porras
Poco antes de que Trump se llevara a Maduro en lo que parece un abrazo forzado, le retiraron el pasaporte al Cardenal Baltasar Porras de modo parecido a lo que es un arresto domiciliario. Supongo que dicho arresto nada tiene que ver con la pantomima que estamos ahora viviendo. Pero me vienen a la memoria acontecimientos que me apetece recordar. Conocí a Baltasar en Salamanca en los años sesenta y nos hicimos amigos. Vivíamos en el mismo Colegio Mayor y estudiábamos teología Lo hacíamos en la Universidad Pontificia y allá acudían selectos seminaristas latinoamericanos. Él era un joven elegante, hijo de una familia pudiente venezolana. Tengo que decir que en más de una ocasión le ayudé en los exámenes a los que teníamos que someternos. No vi en él ninguna inclinación intelectual. Era una persona amable y elegante Y con aires de finura. En una ocasión me llego a reprender por no haber limpiado bien una cafetera que me había dejado.
En los años sesenta del siglo pasado, y al calor del Concilio Vaticano Segundo, se daba una división clara entre los teólogos más doctrinales y los pastoralistas. Unos, más tradicionales, se mantenían firmes en la defensa de la ortodoxia del dogma. Los otros, optaban por rejuvenecer la vida de la iglesia, hacer inteligible la liturgia y acercarse al pueblo. Muchos se acercaron tanto, que enseguida se secularizaron y fundaron una cristiana familia. Baltasar, pastorialista, se fue a estudiar a Bélgica, la Meca entonces de la pastoral. Le perdí de vista.
Más tarde, me enteré de que le habían nombrado Obispo de su Venezuela natal. Y que fue escalando puestos: Arzobispo primero y luego Cardenal. Decían que era la mano derecha del Papa Francisco. Y si no me falla la memoria, debió de mediar en la semi-renuncia de Chaves hace ya años. Reaparece ahora de la forma descrita. Supongo, que por ser crítico con Maduro y eso dice a su favor. Veremos qué dice y hace ahora. La Iglesia ha sido muy hábil en ejercitar eso que, interesadamente, se llama prudencia. Solo que en los tiempos difíciles uno da la talla siendo valiente, huyendo de la rampante cobardía y llamando a las cosas por su nombre. O, lo que es lo mismo, poniendo el dedo en la llaga del Poder, lejos del nauseabundo politiqueo. Desde aquí le mando ese deseo y mi abrazo. Y si lo recibe me alegrará.
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