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Opinión | La vida moderna merma

Málaga

Neptuno y el atentado estético que nadie pidió

Otra vez nos toman por resort temático con playa incluida con las esculturas monumentales de estética dudosa que van a instalar en el Puerto

Neptuno y el atentado estético que nadie 
pidió | LA VIDA MODERNA MERMA

Neptuno y el atentado estético que nadie pidió | LA VIDA MODERNA MERMA

Dicen que las ciudades, como las personas, se definen tanto por las cosas que hacen como por las que consienten. En Málaga tenemos una larga tradición de consentir con candor, quizá porque somos mediterráneos y, por tanto, poco dados al conflicto abierto. Pero una cosa es la buena educación y otra es que nos tomen por una suerte de resort temático con playa incluida, apto para selfies, despedidas de soltero y, por lo que parece, también para esculturas monumentales de estética dudosa y aspiración mitológica.

Si hace unos años celebrábamos haber recuperado el vínculo de la ciudad con su puerto, hoy pareciera que lo que se pretende es convertirlo en una especie de feria de muestras escultórica, a medio camino entre el parque de atracciones y el souvenir descomunal.

Se entiende que Málaga esté de moda y que eso excite la imaginación de muchos emprendedores culturales -expresión que permite nombrar lo que antes se llamaba simplemente artista o promotor-, pero uno no termina de comprender cómo, entre tanto proyecto razonable y la lupa gigante para casi todo, haya terminado colándose la idea de plantar un Neptuno y una Venus colosales a la entrada misma del Puerto, justo donde la ciudad se asoma a sí misma desde hace muchísimos años.

No es que la mitología clásica sea una mala compañía; al contrario, ofrece más dignidad que la mayoría de contenidos audiovisuales que consumimos estos días. El problema es que estas esculturas, más que recordar al canon grecolatino, evocan la imaginería de cierto parque temático estadounidense donde todo es más grande, más brillante y más rotundo, porque la sutileza allí se considera defecto de fábrica.

La cuestión, sin embargo, no es únicamente artística. Málaga no es una hoja en blanco sobre la que cualquiera pueda proyectar delirios monumentales con la esperanza de que, con el tiempo, aprendamos a quererlos o nos acordemos de ellos. Es una ciudad con historia, con textura y con un sentido estético que se ha ido construyendo a lo largo de siglos y que últimamente se intenta cuidar un poquito.

Resulta llamativo que quienes defienden que no se puede instalar un toldo de color inapropiado en el Centro Histórico para no romper la armonía cromática sean los mismos que parecen considerar aceptable -el silencio también es una aprobación en según qué casos- que, en la principal puerta marítima de la ciudad, se erijan esculturas descomunales que harían palidecer al mismísimo parque temático de Port Aventura. Uno empieza a sospechar que el control paisajístico, al igual que las multas de tráfico, funciona según criterios misteriosos e inescrutables.

A este respecto, la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo ha tenido el buen gusto -y el valor- de decir en voz alta lo que muchos pensaban en silencio: que lo que se pretende instalar no solo es desmesurado y estéticamente discutible, sino que además revela un profundo desconocimiento de la condición urbana del lugar.

El Puerto no es una parcela sobrante del extrarradio; es una de las primeras imágenes que la ciudad ofrece de sí misma. En otras palabras, es la cara que ponemos cuando abrimos la puerta a alguien. Y es lícito preguntarse si lo que Málaga desea transmitir al mundo es la impresión de ser una especie de parque temático mitológico, en el que Neptuno hace de portero y Venus posa para turistas.

No es justo cargar toda la culpa sobre el artista. Cada creador es libre de proponer lo que quiera; esa libertad es valiosa y debe preservarse. El problema reside en que alguien en Málaga ha considerado que aquello era una buena idea, que encajaba y que nos representaba. Uno imagina la escena y no puede evitar cierta inquietud: ¿de verdad nadie en la cadena de decisiones preguntó si aquello tenía sentido? ¿O sencillamente se asumió que a la ciudad, en su afán creativo, le sienta bien cualquier cosa siempre que sea lo bastante grande como para aparecer en un video promocional grabado con dron?

Todo esto sería anecdótico si no fuera porque afecta a algo más profundo: la percepción de Málaga sobre sí misma. Desde muchos flancos se lucha contra el estereotipo de ser una ciudad para turistas -porque en parte lo somos-, y lo hemos hecho con éxito. Hemos construido museos, recuperado patrimonio, consolidado instituciones culturales, atraído talento y demostrado que la cultura no es un complemento, sino una vocación seria aunque sea también base del turismo local de calidad. Por eso resulta doblemente doloroso volver ahora al tópico del parque de recreo mediterráneo, donde lo importante no es el significado sino la foto.

Y llegados a este punto, surge la inevitable reflexión sobre la capacidad de reacción de la ciudad frente a los despropósitos. Se nos dice que la Autoridad Portuaria es la competente, que la obra está cedida, que está aprobada y que poco o nada puede hacerse.

Pero uno no termina de creerse que una ciudad que regula el mobiliario urbano, que supervisa las fachadas, que autoriza terrazas y que limita los letreros luminosos sea absolutamente impotente ante la instalación de esculturas gigantescas en su propio corazón visual. Puede que legalmente no sea posible impedirlo, pero sí resulta razonable esperar que las instituciones públicas hablen, opinen, cuestionen y expongan con claridad que la ciudad no está para estas cosas de tan mal gusto.

Ojalá que este episodio sirva al menos para recordar que las ciudades no son solo espacios físicos, sino también paisajes mentales, símbolos compartidos y relatos colectivos. La belleza urbana no se improvisa, ni se impone, ni se monta por piezas como si fuera un decorado; se cultiva con paciencia, criterio y respeto.

La ciudad merece ese respeto. Y si no somos capaces de defenderlo, no podremos quejarnos el día en que nos despertemos descubriendo que vivimos en una versión mediterránea de Las Vegas, pero sin la ironía autoconsciente que, allí al menos, acompaña al exceso.

Que Neptuno nos coja confesados. Viva Málaga.

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