Opinión | Viento fresco
Abrigos baratos
Como hace frío y estamos en Rebajas, la ciudad se puebla de gente con abriguines asequibles, rebajados o a buen precio. Y ahí vamos todos, pasando frío hasta en el descuento

Rebajas en el textil. / efe
El otro día fui a la puerta del gimnasio solo para asegurarme de que sigue abierto. Me pareció imprudente volver a entrar, no voy desde principios de diciembre, que es ese punto del calendario donde estalla la Navidad y comienza el carrusel de reuniones de empresa, meriendas de amigos, cenas de compadres, almuerzos de conocidos y venga otra caña y un poco de jamón al centro y que si quieres turrón.
La cuota que uno paga al gimnasio ha de tomarse como dádiva benefactora que redunda en otros. Nada pone más en forma (mentalmente) que apuntarse a un gimnasio. Acudir y levantar pesas o andar en una cinta es ya otro cantar. Otro sudor, sería mejor decir.
Enero cuesta y la cuesta de enero no te pone en forma si la subes, más bien te deja exhausto y con poco ánimo quizá para afrontar febrero, que es mes frío, corto y carnavalero.
El año se abre ante nosotros como un horizonte al que no se le ve fin y uno parece un hamster pedaleando por ver si alcanza la primavera.
Llegan las rebajas y como hace frío se venden abrigos. La ciudad es una inmensa congregación de gente con abrigos baratos. La gente con abrigo nuevo se lanza a la calle para ver si se topan con conocidos para darles envidia; pero esos conocidos también llevan abrigo nuevo, así que disimulan y optan por hablar de otra cosa en vez de alabarse la adquisición abriguil y el buen gusto y el excelente olfato para las gangas. Tal vez se van a tomar un café. Pero no se quitan el abrigo. Como es barato, no quita mucho el frío. Se felicitan el año nuevo. No está muy claro hasta cuando hay que decir feliz año nuevo, propongo que hasta el quince de enero. Es una propuesta para que esta columna sea recordada, aunque lo que tendría que hacer es releer la «diatriba contra el deporte» de Mario Vargas Llosa contenida en ‘Los cuadernos de don Rigoberto’ para espantar la idea de escribir otro párrafo, de hacer deporte o de lanzarme a la calle con mi abrigo nuevo. No puedo decir que sea barato, me lo han traído los Reyes así que ignoro su precio. No su valor, que es mucho, ya hay que tener valor para ser abrigo mío, yo que soy caluroso, propenso a olvidarme prendas en cualquier sitio, a manchar los tejidos de ketchup o soja y a combinar los colores como un daltónico con convulsiones. Los comerciantes dan abrigo y calor al argumento de que no se vende nada en Rebajas, pero esto lo desmiente el número de bufandas que vemos también. Vamos a pasar frío hasta en el descuento.
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