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Opinión | 360 grados

Contundente aviso de Moscú a Occidente

Tras el ataque a la residencia de Putin, Rusia respondió con el misil hipersónico Oreshnik, un arma imposible de interceptar que impactó en una instalación gasística cercana a Polonia

Vladimir Putin, presidente de Rusia.

Vladimir Putin, presidente de Rusia. / Mikhail Metzel / Zuma Press

Por fin llegó en forma de un misil hipersónico Oreshnik la respuesta que muchos en Rusia esperaban y muchos otros en Ucrania temían tras el ataque de Occidente a la residencia del presidente ruso, Vladimir Putin, en Valdai.

Ataque, este último, con casi segura participación de la CIA, como tantos otros, que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, negó que se hubiera producido, pero del que el Gobierno ruso ha ofrecido pruebas y que la propia prensa estadounidense, concretamente The New York Times, ha reconocido.

La única discusión es si el ataque tenía como objetivo la propia residencia de Putin y por tanto a su persona en el caso de que se encontrara allí, algo poco probable, o el centro de mando y control próximo. En cualquiera de los dos casos, una provocación a la que todos sabían que Moscú antes o después respondería.

El Oreshnik ahora utilizado es un misil balístico por el momento imposible de interceptar ya que puede alcanzar velocidades de hasta 12.300 kilómetros hora. Va equipado con un sistema de ojivas múltiples que puede lanzar desde el cuerpo principal.

Si se tiene en cuenta que una de las ojivas contiene a su vez de cuatro a seis municiones convencionales o nucleares que pueden dirigirse a distintos objetivos, se entenderá que es un arma temible.

Rusia la había empleado antes una sola vez, en noviembre de 2024, contra una planta militar en la ciudad ucraniana de Dnipró. Esta vez, sin embargo, el blanco era una enorme instalación gasística en la ciudad de Leópolis, muy cerca de Polonia, país por donde entra buena parte del material de la OTAN destinado a Ucrania. Lo que suena a claro aviso a Occidente.

Tras ese nuevo ataque, al que acompañaron lluvias de misiles rusos, como en días anteriores, sobre Kiev, Ucrania exigió una reunión urgente del Consejo de Seguridad.

También pidió una respuesta contundente de los Gobiernos de la UE y de la Organzación de Seguridad y Cooperación en Europa por el hecho de que el Oreshnik hubiera golpeado la región de Leópolis, lejos del frente y próxima a territorio de la UE.

La Alta Representante de Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea, Kaja Kallas, no perdió la oportunidad de acusar una vez más al presidente Putin de “no querer la paz”.

El recurso al Oreshnik era, según la política estonia, “una clara escalada” en el conflicto, por lo que Occidente debe “elevar el coste de la guerra para Moscú”.

¿Elevarlo, habría que preguntarse, cómo, con un nuevo paquete de sanciones contra Rusia como los diecinueve ya aprobados, que parecen haber dañado más a la propia UE que al país de Putin?

Frente a la tozudez de Kallas, algunos dirigentes de la UE parecen comprender finalmente que de nada sirve que la llamada Coalición de Voluntarios decida futuras medidas para el fin de la guerra sin contar con Moscú.

Así, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, reconoció el otro día que ha llegado el momento de que Europa hable con Rusia porque si sólo habla una de las partes como ocurrió el otro día en la reunión de la Coalición de Voluntarios en París, apenas se conseguirá nada.

Mientras que el canciller federal alemán, Friedrich Merz, admitió a su vez que al final hará falta que Rusia acepte lo que proponga Europa, algo de lo que, dijo, “estamos aún muy alejados”. El frente contrario a cualquier diálogo con Rusia empieza a resquebrajarse.

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