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Opinión | Málaga de un vistazo

Odio sin fronteras

El discurso del odio, que antes se oía en círculos minoritarios, ahora se extiende en podcasts, mítines y parlamentos, tomando como blanco a los inmigrantes en Estados Unidos

Ofrendas florales durante una concentración por la muerte de Renee Good en Minneapolis (EE.UU.).

Ofrendas florales durante una concentración por la muerte de Renee Good en Minneapolis (EE.UU.). / eFE

El problema no es que se etiquete a un grupo de gente, raza o población con nombres despectivos hasta convertirlos en eso, reducirlos a ese concepto hasta el punto de cambiarles el nombre y llamarles siempre así, con esa etiqueta o mote a modo de insulto constante. Lo malo no es que se convierta a ese grupo o colectivo objetivo en algo despreciable, dañino y origen de todos los males. Lo malo, o lo peor, es que sabemos de sobra que es así como funciona y sin embargo sigue funcionando. Y no es por lo que se consigue con esa técnica, sino más bien por la cantidad de gente que está esperando convencerse de eso mismo, el problema -lo malo- es todos esos ya preparados para odiar en masa y que solo esperan la señal de arriba que les valide su visión del mundo y su odio.

Y ahora esa señal se ha activado en muchos sitios a la vez. Discursos que antes solo se escuchaban en pequeños círculos, ahora se propagan por todas partes, en podcast, publicaciones, mítines, entrevistas, incluso en parlamentos y congresos. El odio se ha empoderado. En EEUU los inmigrantes se han convertido en un blanco fácil y esa pseudo policía que los busca y captura ha reclutado a un montón de gente que disfruta su trabajo, porque les parece bien, porque están de acuerdo. De ahí a que una madre acabe muerta por tres disparos en la cabeza, uno por cada hijo que llorará por ella, hay un solo paso, y ya se ha dado. Basta con poner otra etiqueta que demonice lo que representa ella: una persona que se opone al odio. No era una madre, ni una persona con conciencia, era una terrorista que por lo visto merecía estar muerta.

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