Opinión | Tribuna
Venezuela, ensayo general
La detención de Maduro en Caracas, orquestada con precisión, expone una compleja red de traiciones, complacencias y fallos que derivaron en un escenario sin guerra ni colapso político

Nicolás Maduro y Cilia Flores a su llegada en helicóptero a Nueva York / Kyle Mazza-CNP / Zuma Press
En la amanecida de Caracas, la detención de los Maduro fue una operación de precisión: coreografía cronometrada, resistencia mínima y resultados inmediatos. Todo parece apuntar a una combinación de traición interna, complacencia externa y fallos de inteligencia. No hubo épica. Tampoco sorpresa significativa.
Aunque Trump posee una acreditada capacidad para desconcertar y se distingue por su manejo de la incertidumbre, la ingeniería de la operación reveló solidez estructural en la forma y desasosiego en el fondo.
No fue guerra ni invasión. Tampoco un intento de restaurar la democracia. La legalidad internacional —vulnerada en lo sustancial— se esquivó en lo formal: acción policial bajo orden judicial, law enforcement contra un infractor internacional, evitando un despliegue militar prolongado en territorio venezolano.
No existió comunicación previa con el Capitolio. Se invocó la justicia para una acción con consecuencias globales y la fuerza quedó situada por encima del derecho. No se trata solo de un quebrantamiento estricto del derecho internacional, sino de algo más grave: su degradación práctica.
La neutralización inmediata de la seguridad de Maduro —incluidos efectivos cubanos, las llamadas “avispas negras”— dejó al descubierto la relación estratégica entre La Habana y Caracas, asentada en seguridad, inteligencia, energía y supervivencia política. Al mismo tiempo, evidenció la voluntad de Washington de judicializar el proceso y cerrarlo sin abrir un frente interno inmanejable.
Por ahora, se desconoce el número exacto de víctimas. Los bombardeos nocturnos sobre bases militares encontraron escasa resistencia, aunque aún no hay información completa sobre los daños ocasionados.
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La ausencia de guerra tras la “extracción” es el dato más incómodo y, al mismo tiempo, el más elocuente. No hubo conflicto abierto ni colapso político. Fue otra cosa: inteligencia, control del relato y dominio del tiempo político.
Las decisiones iniciales demostraron que no era el final del régimen chavista —marcado por ejecuciones extrajudiciales, torturas y crímenes de lesa humanidad— sino de un tránsito hacia una situación indefinida, con el chavismo conservando el orden armado y sin espacio para una oposición democrática efectiva. En un mundo sin regulador, el orden suele imponerse a la legitimidad.
Si el chavismo hubiera sido cercenado sin acuerdo, la violencia habría sido inmediata. La ausencia de intimidación resulta difícil de explicar y sugiere complicidades dentro del poder. Surgen preguntas inevitables: quién entregó a Maduro y qué se negoció.
Más inquietante que el pacto es la aceptación de su inevitabilidad, reflejo de un orden internacional que ha dejado de simular imparcialidad.
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Flanqueado por los dos arquitectos visibles de la operación —el general Dan Caine, al frente del componente militar, y Marco Rubio, como figura política emergente— Trump escenificó desde Palm Beach una exhibición de poder hemisférico. Presentó la captura como un acto de rendición de cuentas judicial, pero no tardó en deslizar el cambio de régimen, la administración temporal y el control económico. El mensaje fue inequívoco: puedo hacerlo y puedo repetirlo.
Sería ingenuo pensar que no existía una planificación previa. Por supuesto que la había. Lo revelador es que nadie se haya molestado siquiera en darle un barniz democrático. Ni una mención clara a elecciones, derechos humanos o soberanía. Ni siquiera la cortesía de fingir respeto por la legalidad internacional. En contraste, el petróleo aparece desde el primer momento como eje estratégico.
En este contexto emergen los Rodríguez. No como solución, sino como piezas de tránsito. Un escamoteo funcional. Su protagonismo puede aportar estabilidad inmediata, pero carece de viabilidad política sostenible. La advertencia de Trump ha sido categórica explícita; la respuesta de Delcy, casi teológica.
Enfrente, María Corina Machado encarna la legitimidad democrática, aunque carece del control de la fuerza. La paradoja es recurrente. Trump, la desdeñó, no por animadversión personal sino por un pragmatismo descarnado: no controla el Estado ni el Ejército: No ha tardado, sin embargo, en mostrar disposición a recibirla en la Casa Blanca
Que haya optado por la contención frente a la escalada militar refleja prudencia y aporta información relevante sobre el estado real de las cosas.
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Mientras tanto, Europa observa, pide garantías y acompaña, pero ya no arbitra. Cuando el poder decide sin pedir permiso, quedarse en la sala de espera también es una forma de desaparecer.
El objetivo declarado no es derrocar a un presunto narcoterrorista, sino liberar al pueblo. Sin embargo, el nuevo orden parece responder más a intereses petroleros que democráticos.
El futuro de Venezuela apunta al control del petróleo, una ocupación indefinida y la obediencia a Washington. Todo ello plantea serias dudas sobre la legitimidad y justicia de unos medios y fines, difícilmente justificables.
La captura de Maduro fue estratégica pero no supone un cambio de régimen. El país sigue gobernado por el ejército bolivariano, los aparatos paramilitares y la policía política, ahora sin cobertura legal ni respeto por el orden internacional.
El ensayo general está en marcha. Y sus efectos no se limitarán a Venezuela.
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