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Opinión | En corto

Groenlandia

De Groenlandia apenas sabíamos. Solo que estaba ahí, como una gran mancha blanca, una nada que reforzaba su naturaleza enigmática. En cierto modo nos intrigaba que aún fuera posible: una reserva de naturaleza casi intacta, con muy pocos pobladores cuyos derechos reconocidos les permitían sentirla como propia, sin que se les adivinara la menor intención de explotarla y consumirla. Es como si en ellos se hubiera suspendido -por un capricho de la evolución histórica favorecido por el clima inhóspito- el impulso depredador de la «condición humana». También en cierto modo suponía un milagro del derecho, pues solo el derecho mismo, en este caso el equilibrio de un régimen de autonomía bajo una pequeña potencia democrática avanzada, la preservaba tal cual. Era así la víctima perfecta para, además de echar mano a lo que haya bajo el hielo, doblegar a los fieles de semejantes valores.

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