Opinión | Tribuna
Luces sobre Irán
La experiencia de las primaveras árabes recuerda que la caída de un régimen no equivale necesariamente a una transición exitosa

Cuerpos de víctimas de las protestas contra el régimen islámico en Irán que se han intensificado, con un saldo de más de 500 víctimas mortales, según HRANA. / EFE
Irán lleva semanas sumido en una ola de protestas sociales. El deterioro de las condiciones de vida, junto con el endurecimiento del control social, ha erosionado la legitimidad del régimen y alimentado una desafección persistente que la represión ya no logra contener.
Si este proceso desembocara en la caída del régimen de los ayatolás, el equilibrio regional se vería alterado. El eventual fin del apoyo financiero, militar y político de Teherán a los grupos terroristas abiertamente hostiles a Israel que integran el llamado Eje de la Resistencia -una constelación de actores articulados en torno a su liderazgo ideológico y material- debilitaría de forma notable su capacidad de coordinación y reduciría su proyección regional. El resultado no sería una pacificación inmediata de Oriente Medio, pero sí una disminución de la intensidad y de la coherencia estratégica de varios conflictos abiertos. Además, desde una perspectiva más global, permitiría abordar el programa nuclear iraní desde una lógica distinta, más orientada a la verificación y favorable a una reintegración gradual en el sistema internacional.
Ahora bien, todo ello está supeditado a la posibilidad de una transición exitosa. Irán carece hoy de una oposición interna articulada, cohesionada y con capacidad organizativa suficiente para conducir un proceso de cambio ordenado. Décadas de represión han fragmentado liderazgos, debilitado estructuras políticas y desplazado a buena parte de los referentes al exilio. Las llamadas a la movilización desde fuera -incluidas las de Reza Pahlaví, hijo del último sha derrocado por la Revolución Islámica de 1979- tienen valor simbólico pero no sustituyen la implantación efectiva en el territorio ni garantizan capacidad de Gobierno.
En este contexto, una caída abrupta del régimen entraña riesgos considerables. La falta de un marco básico para la transición podría traducirse en disputas internas por el poder, en un papel autónomo de los aparatos de seguridad y, en el peor de los casos, en un conflicto abierto. La experiencia de las primaveras árabes recuerda que la caída de un régimen no equivale necesariamente a una transición exitosa y que, sin actores organizados ni consensos básicos, el vacío político tiende a traducirse en inestabilidad prolongada, fragmentación y en muchos casos en violencia.
No obstante, por ahora la crisis iraní se desarrolla en la penumbra, tanto por el apagón impuesto por el régimen como por la limitada atención política y mediática que recibe en el exterior. En Occidente, donde los apoyos son escasos, dar visibilidad a la represión y respaldar a una sociedad que desafía un sistema teocrático es imperativo. Y no solo por razones de derechos humanos, sino también por las implicaciones que un eventual cambio en Irán tendría para la política regional e internacional, al incidir en la configuración de alianzas y en la no proliferación nuclear, con efectos potencialmente positivos sobre la seguridad de un orden internacional profundamente tensionado.
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