Opinión | Viento fresco
Tomando el café por la calle
Nunca le había visto la gracia. Pero el otro día probé. Antes muerto que desfasado. El resultado fue que me quemé, claro. Y dos manchas

Dos mujeres con café portátil haciendo un alto. / lap
Nunca le he visto mucho chiste a eso de ir tomando el café por la calle. Era cosa de las grandes ciudades, tipo Nueva York o Londres, la gente con prisa, con una vida estresante, aprovechando el trayecto a pie hacia el metro o el bus portando un café para llevar y dando sorbitos en los semáforos. Muy moderno. Muy incómodo. Sin asiento, sin interlocutor, sin bollo. Ahora también observo el fenómeno en mi ciudad. Desde hace mucho.
Me resulta admirable la coordinación que presentan estos viandantes cafeteros, que son capaces de andar y tragar a la vez. El café irá penetrando en su boca, esófago, estómago, arterias a la vez que estos órganos se mueven también; a la vez que mueven las piernas. Son como vehículos que van incrementando su tracción y velocidad a medida que les va entrando el combustible, la cafeína. La cafeína o el té y la leche desnatada o de almendras o soja y la sacarina o la estevia. Algunos llevan el vaso como enarbolándolo cual orgullosa bandera. Otros parecen estar dotados de un brazo mecánico que hace siempre y con una cadencia fija el mismo movimiento hacia la boca. Hay vasos que lucen la marca americana y cool. Otros son vasitos blancos sin logo. El otro día probé: dos manchas, tres paradas, incomodidad, gaznate quemado. Tengo que perfeccionarlo. Tengo incluso que meterme prisa y afanes perentorios y salir de casa con el tiempo justo para así tener que tomar el café andando por la calle.
Se empieza renunciando al saludable ratito de café en el café con los compañeros a media mañana y se acaba no dando los buenos días, si bien yo soy capaz de estar a la moda andarín cafetera y tomar luego otro café pausado. El resultado podría ser que me dejara la mañana en los cafés, pero en algún lado hay que dejársela. Una vez dijo el poeta Manuel Alcántara: «Me he dejado la vida en los periódicos pero en algún sitio tenía que dejármela». No me lo imagino apurando un café por la calle. Si lo hubiera hecho, tal vez no habría ido luego al Gijón a charlar con González Ruano, que también se hinchaba a café y con cada café escribía una columna, siete columnas, siete cafés, algunos días. Eso cuentan. O sea, se habría resentido el columnismo, la literatura, la prosa y hasta el sector hostelero. También la poesía. Demasiado resentimiento.
En estos tiempos ya todo te lo preparan también para llevar. O te lo llevan a casa. Con tanta gente pidiendo cosas a casa no me explico como también hay tanta gente por la calle. En un mundo que está a punto de arder. Como esos cafés callejeros.
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