Opinión | Tribuna
Año 2026, la migración
Los partidos de extrema derecha, Vox entre ellos, han sabido aprovechar el malestar ciudadano a través de presentar a los inmigrantes como culpables de nuestras cuitas

Llegada de migrantes a Canarias. / Antonio Sempere
La migración está incluida en ese paquete de problemas sociales ligados a la globalización, y también en España e incluso en nuestras islas convertidas en el principal punto de entrada irregular. Tiene una densidad presencial, una visibilidad y una capacidad de influir en la fisonomía de los grupos sociales, que nos demanda modelos de gestión de flujos humanos más eficaces que los parches que estamos aplicando hasta el momento. Ni el «buenismo» de las fronteras abiertas, ni una «amnistía» generalizada a los migrantes ya instalados. Pero tampoco la aplicación de las dominantes políticas xenófobas fruto de la deriva internacional, con la llegada de determinados gobiernos de partidos de cariz extremista.
La «problemática» de la inmigración no es nueva en Europa. En los últimos años, a la inmigración, que llegaban a nuestras fronteras en busca de una vida mejor, se ha sumado la de aquellos que llegaban y siguen huyendo de conflictos armados o del hambre. Como es lógico, ocupa y preocupa más la presencia de inmigrantes ilegales. Ni la UE ni sus estados miembros, especialmente los de la frontera sur, han sabido dar una solución adecuada. Y de aquellos polvos estos lodos, los partidos de extrema derecha, Vox entre ellos, han sabido aprovechar el malestar ciudadano a través de presentar a los inmigrantes, especialmente a los musulmanes, como culpables de nuestras cuitas.
En la denominada «emigración global» la inmensa mayoría de casos que abandonan su país lo hacen obligados por simples razones de supervivencia. Más aún, aunque emigran con intención de regresar lo más probable es que la vuelta a su país sea una simple utopía por la simple razón de que la situación en origen no solo no haya mejorado, sino que probablemente haya empeorado. Lo que debería ser una situación «transitoria» se convierte en permanente, lo que conlleva que tales personas no tengan patria ni sean ciudadanos de ningún sitio.
En referencia a los migrantes regularizados, bastantes de ellos con años de residencia, la opinión no siempre es positiva. Se ha creado una leyenda urbana de que tales migrantes (legales) saturan los servicios públicos. La mayoría de los migrantes con «papeles» llevan años, incluidas sus familias, residiendo entre nosotros. En su calidad de ciudadanos usan los servicios públicos (sanidad, educación…) y con frecuencia ocupan puestos de trabajo que los autóctonos no queremos, o no podemos hacer. Pero Vox, como todos los partidos xenófobos, practican el aforismo: «Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad». No en vano su líder, Santiago Abascal, ha afirmado: «Haremos lo posible para que los extranjeros, aunque tengan la nacionalidad, sean expulsados de España».
La presencia de migrantes ilegales conlleva que una determinada tipología empresarial/comercial considere que se debe de expulsar a los inmigrantes ilegales, entre otras razones porque generan inseguridad y delincuencia y abusan de los servicios públicos. Pero a su vez una parte considerable de migrantes ilegales son contratados por la facilidad del «contrato» con un salario bajo e inestable. Además de que la realidad «facilita» que se les puede «contratar» (?) sin ninguna contrapartida, sin horario y a precio de ganga.
En definitiva, aunque el debate social sobre la inmigración ha pasado por distintas fases, una reflexión informada sobre este importante aspecto de la realidad social sigue en gran medida brillando por su ausencia.
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