Opinión | Miel, limón & vinagre
El español transversal
Santiago Segura, omnipresente en cine y televisión, ha logrado construir una exitosa carrera que abarca desde el humor gore hasta el familiar, pasando por su icónico personaje Torrente

El actor y director Santiago Segura posa durante el pase gráfico de la película ‘Padre no hay más que uno 5’ / efe
Chequeas la home de Netflix y ahí lo tienes, vestido de Papá Noel, por La Navidad en sus manos 2; te pasas por La 1 una mañana de fin de semana y escuchas su voz, locutando para el programa remember Viaje al centro de la tele; se toma uno las uvas acompañado por Chicote y Cristina Pedroche y se cuela payaseando y promocionando sus cosas, después de que le viéramos en alguna que otra escena del especial de José Mota para la pública; te pones Frankenstein, de Guillermo del Toro, y aparece en un cameo; investigas en la actualidad cinematográfica y te enteras de que en marzo estrenará una entrega más de su aparcada, durante años, saga Torrente con Torrente Presidente; abres X/Twitter y es trending topic (y dilapidado) por presentar los premios del controvertido creador de contenidos Ceciarmy. Santiago Segura, todo a la vez en todas partes, poliédrico como eufemismo y complejo, casi antitético, quizá las dos Españas en una sola, aspirante a la transversalidad absoluta.
Hoy, dicen, tiene 30 millones de euros en el banco, pero empezó trabajando como cliente secreto en concesarios de la Seat, haciendo bulto en programas de televisión y vendiendo enciclopedias puerta a puerta (logró despachar dos). Lo hizo para pagar el alquiler del piso de 45 metros cuadrados en que había vivido con sus padres (que se marcharon para residir más holgadamente en Leganés) y costearse sus primeros cortos bajo el paraguas de su productora, Amiguetes Entertainment. Parecía uno de esos buscavidas con morro de sus admiradas comedias de Ozores con Tony Leblanc; solo que lo suyo no era el humor inocentón sino el más gore y guarro: fan irredento del ínclito Jesús Franco y sus cochinadas, esos primeros cortos estaban protagonizados por el perturbado más asqueroso del cine español, Evilio (interpretado por él mismo, claro), aficionado a las colegialas y la tortura.
Películas de carcajada
El salto al mainstream llegó con El día de la bestia (Álex de la Iglesia, 1995), la cinta generacional que formó parte de ese cine español que volvía a acercarse al público sin esperar a que éste se aproximara. Y ahí Santiago fue un pivote: siempre provisto con la camiseta promocional de la película a estrenar, dispuesto a ser entrevistado por una cadena nacional o una radio pirata, el Fotogramas o un fanzine de colegas... Quien no se promociona, no existe.
La estrategia le sirvió para encumbrarse, ya por sí mismo, con otro nauseabundo personaje, el inspector José Luis Torrente, aglutinador de lo peor de la españolidad. Cinco, pronto seis, películas de carcajada («A mí me gusta Woody Allen pero solo me hace sonreír», dixit) que han reventado taquillas a base de incorrección política, decisiones de casting entre la epifanía y el oportunismo y humor zafio. Me lo dijo cuando estrenó Torrente 2: Misión en Marbella: «Esta película es la prueba de que cualquier idiota puede entrar en el mundillo del cine». Quizá, pero él no es cualquier idiota.
Cansado de las exigencias físicas de los filmes de Torrente (subidas y bajadas de peso exprés), buscó nuevos nichos de mercado. Y el antiguo doblador de películas porno (sí, también hizo eso; tan en serio se lo tomaba que una vez se desmayó de tanto jadear) lo encontró en una cinta argentina, Mamá se fue de viaje (Ariel Winograd, 2017), que le dio pie a pasarse al humor más transparente de todos, el familiar, el de Atresmedia, el de Padre no hay más que uno. Se mantenía el método (cameos, rollo amiguetil, humor directo y sin complicaciones, búsqueda desacomplejada del público masivo) pero las formas eran aseadas y la cosa era más traviesa que atrevida. Lo volvió a lograr: las cinco cintas familiares han generado cerca de 70 millones de euros en la taquilla, abriendo un mercado hasta ahora poco explotado por el cine español, el familiar.
Pero Segura siente que la industria a la que suele aportar grandes números, y cuyos muebles ha salvado en alguna ocasión, le desprecia, cuando no lo despacha con condescendencia. Ya lo dijo Enrique Cerezo: «A Santiago habría que darle un Goya todos los años». Pero no le dan ni uno. No creo que con Torrente Presidente vaya a cambiar la tendencia. El de Carabanchel lo tiene claro: «Hasta el Goya de honor, cuando esté a punto de fallecer (si se acuerdan), no espero absolutamente nada», declaró hace unas semanas. Me temo que está más cerca de que le den un Army y le aplaudan al recibirlo los youtubers que han llevado a la práctica online las enseñanzas de Torrente.
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