Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Panteísmo y juegos de manos

Fue don Salvador un fervoroso panteísta, un humano heterodoxo y autodidacta, coronado en Cuba como colorista ‘poeta de la raza’, amigo-enemigo de Rubén Darío

El poeta malagueño Salvador Rueda

El poeta malagueño Salvador Rueda / L.O

En la Introducción de ‘Los Baroja (Memorias Familiares)’ (1997) cuenta el antropólogo y escritor Julio Caro Baroja, amigo de Gerald Brenan y vecino de Churriana-Málaga, que la vida es "una sucesión de juegos de manos, que terminan siempre con lo mismo: con un escamoteo". Una certera metáfora. "La vejez –dice- no es (la fase) de los achaques, ni de los desengaños, ni la de la serenidad. No. Es la del asombro; un asombro que resulta difícil de expresar. Porque, evidentemente, a lo largo de la vida, ha experimentado uno muchas situaciones agradables y ha gozado de bienes maravillosos: pero todos se han ido. Como también los males. Todo pasa, como decía el viejo Heráclito, y en la vejez, al final, resulta que llega uno a sentirse ligeramente presocrático. Vuelve a los comienzos del pensamiento: tanteando. Sin optimismos absolutos ni pesimismos categóricos. Se tiene una idea ‘proteica’ de la vida. Se piensa que se ha sido un poco animal, otro poco vegetal… hasta mineral, sin perder la condición de neurosapasta, de modesto títere. ¿Por qué no se han roto los hilos? ¿Por qué el muñeco tampoco se ha roto todavía? Esto causa asombro".

"Qué educación más extraña –escribe el poeta malagueño Salvador Rueda Santos (1857-1933) en la rampa final del siglo XIX-, con catorce años aún no habían visto mis ojos un alfabeto, cuando ya sabía leer de corrido en las hojas de los árboles, en el caño de la fuente y en el brillante punto de un crepúsculo". A la cabecera del lecho mortuorio del poeta, una Victoria de Samotracia de escayola nos recuerda los firmes asideros que nos pueden proporcionar en la sucesión de juegos de manos de la existencia humana el legado de la cultura que nos amamanta. Cultura y naturaleza, ese viejo tema filosófico que bordaron los sofistas en el siglo V a. de C.

Y se me antoja que la escritora cordobesa María Chups Gómez es una especie de médium, descendiente de los alemanes de La Carlota, especialmente dotada para facilitar los juegos de manos vitales cosiendo con pericia los cristales rotos del espejo de la memoria. Su impronta amable y formal de restauradora de documentos gráficos del Archivo Capitular de la Mezquita de Córdoba, aficionada a la pintura y la escritura, también se podría haber labrado en otro tiempo una fama merecida en cenáculos ocultistas a la hora de restaurar con palabras, a modo de exoesqueleto y huellas nutricias, el devenir de algunos protagonistas de nuestro pasado literario, casi fotográficamente. Fue capaz de resucitar el espíritu de Emilia Pardo Bazán en su novela ‘La Pardo y los rusos’ (Algorfa, 2022), como transcribiendo fielmente los mensajes que le dictara Doña Emilia desde ultratumba a la vista del resultado literario.

Dos años después, consiguió que se materializase ante nuestros ojos la magia del poeta modernista de la Axarquía malagueña, Salvador Rueda y no pocas de sus miserias –sobre todo, las que arrastró en su vejez, en la época del asombro. Fue don Salvador un fervoroso panteísta, un humano heterodoxo y autodidacta, coronado en Cuba como colorista ‘poeta de la raza’, amigo-enemigo de Rubén Darío, partidario de la religión de las almas, el flamenco, el socialismo y el culto a las mujeres. Por eso se preguntaba el poeta y periodista gallego Curros Enríquez en 1911: "Ya nadie discute a Rueda como el primero de nuestros poetas vivos. No; ya no se discute al poeta, sino al pensador. Por pagano le tienen unos; por panteísta, otros; por cristiano, muchos; por materialista y anárquico, los menos. ¿Qué es, pues, Rueda".

Siendo María Chups (o Schütz, tal vez) una médium de raíces germánicas que suele llevar a cabo sus sortilegios en archivos, bibliotecas y retretes, revolviendo cartas y artículos amarillentos, se ha empeñado en sacar a Salvador Rueda, precisamente, de este ambiente fúnebre y de los grises debates eruditos y académicos. Y para que la confesión novelada del poeta sea creíble parece haberse apoderado de su voz, escribiendo con naturalidad prosas de aquellos tiempos. En cualquier caso, esta vida novelada de Salvador Rueda tiene dos componentes recurrentes en el pensamiento occidental, canonizados por Freud: sexo y muerte.

La pulsión sexual y el tabú correspondiente en una sociedad puritana es el hilo conductor de los seis capítulos de la primera parte, titulada ‘En el balneario’, con guiños a Thomas Mann y a Hermann Hesse y también de los cuatro capítulos de la segunda, ‘El extraño suceso’. Nuestra médium teje aquí una aventura sosegada de tintes detectivescos en torno a las actividades de una enigmática ‘secta de iluminados’ que brotó en la primavera de 1886 en la localidad de Tolox, en la Sierra de las Nieves malagueña. La sabiduría popular acuñó para ese momento la denominación de ‘los encuerichi’, en referencia directa a la desnudez que exhibían sus seguidores en sus animados rituales organizados por un falso clérigo libertino, don José, que predicaba el fin del mundo. Estos festejos habrían hecho las delicias de Torquemada y Quentin Tarantino, pues incluyen apariciones, drogas y despellejamientos en el medio rural. Como contrapunto de tanto oscurantismo, la amiga y confidente feminista de Salvador Rueda, Carmen de Burgos –un espíritu libre de la antigua sociedad pagana-, "luchó hasta la muerte contra una sociedad agonizante, lastrada por un cristianismo pacato y miserable, castigador de conciencias, opresor de la naturaleza expansiva, necesitada de placeres mundanos". El erotismo, la desnudez y el placer sexual no son pues motivos de vergüenza –ni siquiera para la timidez patológica del poeta-, sino ingredientes imprescindibles del cemento del Gran Todo, como dejó claro Rueda en su primera novela, ‘La cópula’ (1886)- o en sus sonetos reunidos en ‘Himno a la carne’ (1890), repudiados por obscenos por Juan Valera.

La pulsión de muerte, que no es más que el envés o incluso la raíz de la vida, preside los cuatro capítulos de la tercera parte, con encuentros, envidias, fobias y despedidas y, sobre todo, los cinco capítulos de la parte cuarta, consagrada al final de los días del poeta. Decae aquí la ficción para dar paso a la reflexión y los conceptos: la amistad, la enfermedad, la vejez, el valor del arte, el amor y el sentido de la vida. Recuerden nuestra condición de títeres asombrados a que nos remite Julio Caro Baroja. En cualquier caso, queda fuera de toda duda la importancia de la muerte y hasta la necrofilia en un poeta que llegó a describir los pormenores de su propio entierro, en la isla alicantina de Tabarca, en un escrito ante notario. Tanto, como su actitud reverencial ante las mujeres que transitan por las páginas de la novela como la citada Carmen de Burgos, la Colombine, Coral ‘la confitera’, ‘la encuerichi’ Micaela Merchán o su amor más sólido, la gallega Sofía Casanova, que le abandonó por un ruso que resultó ser polaco. Por otra parte, son numerosos (tal vez demasiados) los espíritus que convoca María Chups en su ceremonial de posesión en el Parnaso. Salvador Rueda necesita interlocutores para integrarse armónicamente en el Gran Todo y, en definitiva, aspirar a la inmortalidad. Piezas clave en este feliz encuentro son el rapsoda de Cártama, José González Marín, y Narciso Díaz Escovar, poeta, cronista de Málaga y abogado de los ‘encuerichi’.

El subtítulo del libro de María Chups es "confesiones de un viejo poeta". El personaje Salvador Rueda sabe que son los demás los destinatarios de su discurso, aunque no hay que perder de vista que, al ser una confesión, lo escribe para sí mismo. Así lo hizo Platón en la Carta VII y luego Cicerón, Séneca, Marco Aurelio, Abelardo, Montaigne, Santa Teresa o Rousseau. Dice San Agustín en sus ‘Confesiones’: "Recibe mis Confesiones, ya que tanto te interesas por ellas: obsérvame bien en este libro, a fin de no elogiarme más de lo que merezco; cree lo que allí se cuenta, no lo que dicen de mí los demás, sino lo que digo yo; estúdiame bien y mira lo que he sido en mi verdad cuando me encontraba abandonado a mis solas fuerzas". María Chups recoge en su libro este desafío, convirtiéndose en la portavoz autorizada del poeta. Pero, ¿nuestra médium dice la verdad? ¿hasta qué punto su transmisión textual, a través de la ficción, nos revela los matices de una vida sin expulsar de la escena las debilidades, pecados y dobleces del personaje? ¿de qué serviría confesar si no se ha delinquido? En resumen: ¿está Salvador Rueda realmente ‘en cueros’ en el libro que nos ocupa? ¿no es acaso la desnudez el estado que nos une a dioses y mortales? Eso de confesarse a calzón quitado y con cierta elegancia no está tan mal, mientras no perdamos nuestro asombro reverencial ante la vida. Aunque descubramos los hilos con los que nos mece y, en ocasiones, nos hace caer. Según María Chups, a Salvador Rueda no le importaba el trance de morir, sino porfiar para que su integración cabal en el Gran Todo no implicara la desaparición de los colores y, en particular, "la luz nacarada de la naturaleza". Comparto su inquietud. Dice el poeta: "La Tierra, por llanuras y montañas,/ bella explosión de amor llama a la vida;/ y es que del Sol la cópula encendida/ sembró una primavera en sus entrañas…" ¡Pasen y lean! Y que ustedes se asombren bien.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents