Opinión | El ruido y la furia
Tipos ridículos

Imagen de Napoleón
De Julio César, que conquistó el mundo, se dice que medía un metro y medio, que era de complexión delgada, que estaba muy acomplejado por su calvicie y por eso se peinaba los cuatro pelos hacia delante y usaba siempre la corona de laurel, tratando de disimular el cráneo pelado.
Napoleón Bonaparte no era tan pequeñito como los caricaturistas ingleses lo pintaron, medía un metro y sesenta y ocho centímetros, lo que lo sitúa en el promedio de los hombres de su tiempo, pero tiraba a barrilete (pesaba unos noventa kilos) y su imagen, vestido siempre de granadero de la Guardia Imperial, incluyendo el sombrero bicornio, tenía algo de personaje de ópera bufa. Los rumores decían, además, que tenía un pene muy pequeño y le faltaba un testículo.
También se habla mucho de los genitales de Adolf Hitler, a quien al parecer también le faltaba un testículo como consecuencia de una alteración genética conocida como ‘síndrome de Kallmann’, vinculada al desarrollo sexual, que interfiere en la producción hormonal durante la pubertad, lo que reduce los niveles de testosterona y puede provocar que los órganos sexuales no se desarrollen por completo. A eso se añade el uniforme y el bigotito, que no precisan más aclaración, y completamos la caricatura.
Tengo la manía de imaginar a la gente en su infancia. Sobre todo cuando se trata de personas especialmente soberbias, coléricas, autoritarias, exigentes, malhumoradas, conjeturo sobre cómo serían siendo niños. Los imagino en el colegio, en la calle, acaso siempre solitarios, apartados, aislados en ese rincón desde donde empezaron a tramar su venganza contra la humanidad. Tengo la certeza de que toda esa gente que quiere el poder a toda costa, que hace lo que sea por mandar a todo el mundo, por imponer su voluntad por cualquier medio, esos que no tienen el más mínimo problema en llevar el mundo a la guerra, al desastre, fueron niños infelices, no queridos, sin amigos, sin juegos y sin risas.
Vistos desde lejos, desde esta distancia que siempre tienen con la gente, con el mundo donde la verdad de la vida se impone, los tipos que aspiran e incluso logran dominar el mundo son personajillos ridículos. Y de ahí debemos sacar una clara enseñanza. Debemos ser precavidos con los personajillos ridículos, esos seres que aprovechan que nosotros estamos haciendo chistes sobre ellos para hacerse con el poder y conducirnos a la catástrofe.
A lo mejor va siendo hora de dejar de hacer memes sobre Trump, sobre Putin, y empezar a tomarnos en serio la amenaza que representan. Por más ganas que nos dé echarnos unas risas a costa del pelo, de los morritos, de sus ridículas presencias de niños que no tuvieron amigos, de niños a los que nadie quiso.
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