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Opinión | La vida moderna merma

Unanimidad sin criterio

Un proyecto como poner esculturas gigantes en la entrada del Puerto de Málaga, que modifica de forma radical la percepción de un lugar neurálgico de la ciudad como la plaza de la Marina, no debería haber llegado tan lejos sin una discusión pública franca y transparente

Ginés Serrán, autor de las esculturas del Puerto de Málaga

Ginés Serrán, autor de las esculturas del Puerto de Málaga / La vida moderna merma

No deja de sorprenderme, y no en el buen sentido, cómo una ciudad que durante años ha trabajado con paciencia, criterio y altos estándares culturales, puede encontrarse, de repente, al borde de ejecutar un proyecto que raya en el absurdo más extremo. Me refiero, claro, al intento de instalar en la entrada del Puerto de Málaga un conjunto escultórico monumental de proporciones desmesuradas que, si algo no consigue, es integrarse con elegancia y sentido en el perfil urbano de nuestra ciudad.

El hecho de que estemos hablando de la instalación -por ahora pactada tan solo por seis meses, aunque la intención original era mucho más larga- de dos colosales figuras de Neptuno y Venus con sus correspondientes pedestales, leones y demás aderezos, en el acceso principal al recinto desde la Plaza de la Marina, nos sitúa ante un debate que va mucho más allá del mero gusto estético. 

Resulta chocante observar que, a estas alturas, la mayoría de voces políticas se rasguen las vestiduras ante lo que califican como una aberración estética o un despropósito visual. Pero lo verdaderamente desconcertante es que nadie dijera nada antes. Y es que hemos podido saber que este proyecto venía siendo conocido desde hace tiempo, que se tramitó con aprobaciones institucionales e incluso fue respaldado de forma unánime por el Consejo de la Autoridad Portuaria, órgano en el que estaban representadas diversas administraciones. Es decir, quienes hoy muestran sorpresa y desaprobación eran, no hace mucho, parte de quienes dieron luz verde, sin objeción apreciable, a algo que hoy provoca críticas por doquier. 

Parece que en nuestra ciudad existe una regla no escrita por la que es perfectamente aceptable permitir que decisiones de enorme trascendencia urbanística y cultural se tomen en comités técnicos, consejos cerrados o reuniones en los pasillos. En cambio, cuando esos mismos asuntos despegan y alcanzan la atención pública, se convierten en motivo de escándalo. Je. No deja de ser curioso -y un tanto lamentable- que el debate ciudadano, la crítica abierta y el escrutinio público solo aparezcan cuando la jaca ya ha salido de la cuadra.

Un proyecto de esta envergadura, que modifica de forma radical la percepción de un lugar neurálgico de la ciudad, no debería haber llegado tan lejos sin una discusión pública franca y transparente que incluyera al Ayuntamiento, a arquitectos, a historiadores del arte, a la ciudadanía y a las instituciones culturales que hoy se sorprenden cuando casualmente ya no tienen otra opción más que lamentar lo sucedido. 

Y es que la polémica ha trascendido nuestras fronteras al punto de que un diario internacional ha llegado a comparar esas esculturas gigantes con personajes de cómic o superhéroes, ridiculizando implícitamente la decisión de colocarlas justo donde la ciudad se asoma al mar, en el principal acceso al Puerto. Esta imagen internacional, en la que Neptuno se confunde con Aquaman y Venus con una figura salida de un cómic, no es un simple chascarrillo: es un reflejo de la percepción que se está construyendo fuera, mientras aquí muchos aún tratan de encajar las piezas de un rompecabezas que debería haberse evitado desde el principio. 

No basta con decir ahora que se trata solo de una exposición temporal, ni con proponer que se traslade a un lugar «con menor impacto». La ciudad no debería aceptar ni un minuto de aquello en un lugar tan estratégico y representativo. La temporalidad no es tabla de salvación ni excusa válida cuando el impacto visual y cultural de la obra es evidente. El hecho de que el debate se haya producido después de la aprobación general y no antes revela, a mi entender, humilde y modesto sin que nadie se ofenda, una alarmante dejadez institucional e ineficacia en la protección de nuestro paisaje urbano. Es vergonzoso que estemos reaccionando ahora a algo que debió ser cuestionado, debatido y, si no rechazado, al menos profundamente filtrado y consensuado mucho antes de alcanzar esta fase. 

Es comprensible que las instituciones que poseen competencia directa sobre el Puerto se apoyen en la normativa vigente para justificar sus decisiones. Pero excusas del tipo «legalmente no se podía hacer otra cosa» no resisten el más mínimo escrutinio ético si se comparan con la realidad de lo que supone esta intervención: la instauración de figuras monumentales que no responden a la identidad, la historia ni el entorno urbano de Málaga.

¿Cómo es posible que no se activaran mecanismos de control antes? ¿Cómo es posible que los síes se hayan sucedido sin que nadie levantara un ¿y si…? con algo de criterio? ¿Se supone que debemos aceptar como inevitable que una ciudad esté a merced de decisiones que, como esta, parecen haber sido tomadas por una persona y su criterio personal e individual sin conversación pública real? ¿Cómo es posible que en una ciudad donde se le retira a un bar el toldo por no estar diseñado acorde con el entorno se haya permitido semejante porquería?

Hoy la ciudadanía y muchas voces cualificadas reclaman públicamente la paralización definitiva de este proyecto. Y tienen razón. No se trata de decidir si esto puede estar seis meses en un emplazamiento tan destacado, se trata directamente de que no debería estar ni un minuto.

No podemos permitir que nuestra ciudad se convierta en un mero escaparate de ocurrencias monumentales. ¿En qué año vivimos? ¿Tenemos que comernos una idea, proyecto o simplemente cuestión personal de una o unas personas de tal cariz y fealdad porque ellos han sido puestos ahí para gestionar una institución? Como diría Sara Montiel a la salida de los juzgados: ¿Pero qué invento es esto? Si a usted o ustedes le gustan esas cosas, póngasela en su casa, pero no nos ataque visualmente de esa manera en un lugar por el que pasamos prácticamente a diario.

No podemos permitir que nuestra identidad urbana sea negociada sin transparencia ni diálogo. El hecho de que el debate se haya producido tarde no significa que deba cerrarse con un más vale tarde que nunca; significa, más bien, que han fallado colectivamente en algo tan esencial como la defensa del sentido común y del patrimonio urbano. 

Y no; no es solo cuestión de estética. Es cuestión de respeto a nuestra historia, de respeto a nuestra propia capacidad de decidir qué entra y qué no entra en los lugares simbólicos de Málaga. Que ahora la mayoría se apresure a decir «no era nuestra intención» o «no sabíamos muy bien cómo se iba a desarrollar» no exime de responsabilidad a quienes, con su voto o ausencia de crítica, contribuyeron al avance de este proyecto hasta colocarlo en el corazón de la ciudad.

La sorpresa generalizada no es ni convincente ni suficiente. Hemos llegado a un punto en el que debemos exigir, con firmeza, que este desaguisado se detenga de inmediato, que no prospere y que no se normalice. Qué vergüenza.

Viva Málaga.

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