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Joan-Carles Martí
Adamuz: verdad antes que trinchera

Los bomberos trabajan en los vagones del Iryo siniestrado en Adamuz. / Manuel Murillo
Nunca se está listo para una tragedia que llega de golpe. Tampoco para la que se intuye. Uno cree que la previsión protege, pero no: el impacto desborda igual. Y cuando el accidente ocurre en transporte público —autobús, avión o tren—, el golpe se vuelve de todos. En Adamuz, además, el recuento de víctimas rompe cualquier distancia. De pronto aparece el inventario íntimo: el último viaje en AVE, el tramo por el que hemos pasado, el mensaje a quien está desplazándose. La vida se encoge en una noticia.
Y casi al mismo tiempo se activa otra maquinaria: la disputa. Se buscan culpables antes de conocer hechos. Se lanzan hipótesis con prisa. Se reparten responsabilidades por afinidad. Se convierte el dolor en argumento. La indignación es legítima; la especulación interesada, no. Menos aún cuando cada frase puede agrandar el ruido y reducir a las víctimas a un pie de página.
Venimos de meses en los que la catástrofe ha dejado lecciones duras; la dana, es memoria reciente. Conviene reconocer lo que funciona: ayuda inmediata, coordinación espontánea, mano tendida sin preguntar. Eso no es un gesto: debería ser norma. El problema es que dura poco. Pasan los días, se apagan los focos y regresa la lógica de trincheras: relato contra relato, acusación contra defensa, “lo tuyo” frente a “lo mío”. Esa dinámica degrada el debate y erosiona la confianza pública.
Precisamente por eso hace falta una respuesta institucional clara. Investigar no es un trámite: es un deber. Y rendir cuentas no es una caza: es una garantía. Si los primeros indicios apuntan a un suceso extraño —en recta, con visibilidad adecuada— la exigencia es mayor: datos, cronología, causas probables, medidas inmediatas. Los usuarios del AVE y de todos los demás servicios ferroviarios no necesitan consuelo retórico; necesitan certezas verificables.
Después vendrá el debate estructural: un modelo ferroviario que gira alrededor del centro y que, en cuanto falla un punto, contagia a toda la red. Ahí encaja el corredor mediterráneo: no como eslogan, sino como alternativa estratégica. Pero hoy toca lo básico: verdad, responsabilidad y respeto.
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